Capítulo 2 El contrato
El contrato
Christine llegó al edificio de Blackwell Industries a las siete y cuarenta y cinco. Había dormido apenas tres horas en el sofá del sótano, con la maleta ya medio hecha por si la echaban al final del día. El vestido negro del día anterior estaba planchado a medias; se había puesto un blazer prestado que le quedaba grande en los hombros. El corazón le latía tan fuerte que le dolía la garganta.
La misma recepcionista del día anterior la miró con una sonrisa apenas disimulada.
—Piso cuarenta y dos. El señor Blackwell la espera.
Subió sola. El ascensor olía a café caro y a su propio miedo. Cuando las puertas se abrieron, William ya estaba de pie junto a la mesa de cristal del área de recepción ejecutiva. Traje gris oscuro, corbata negra, expresión ilegible. A su lado, una mujer de unos cuarenta años con carpeta en mano y una chica joven de recursos humanos que no dejaba de mirarla de reojo.
—Puntual —dijo William. Ni buenos días, ni una sonrisa—. Firma esto y empezamos.
Le pusieron delante un contrato de dieciocho páginas. Christine intentó leer la primera. Letras pequeñas. Cláusulas. Condiciones de confidencialidad. Sueldo que casi le hizo llorar de alivio. Tres meses de prueba. Y al final, una frase que apenas rozó con la vista:
"La empleada se compromete a cumplir de forma inmediata, completa y sin cuestionamiento cualquiera de las instrucciones, órdenes o requerimientos formulados por el CEO, William Blackwell, dentro o fuera del horario laboral, siempre que se encuentren relacionados con las funciones del cargo o con el interés de la compañía."
No la leyó del todo. No tuvo tiempo. William le extendió el bolígrafo.
—Firma.
Firmó. Tres veces. En cada hoja marcada con una X. La mujer de recursos humanos retiró los papeles con una eficiencia fría.
—Bienvenida a Blackwell Industries, señorita Vale. El señor Blackwell le explicará sus funciones.
William se giró hacia el pasillo sin esperar respuesta.
—Ven.
Christine lo siguió. El tacón barato de sus zapatos resonaba demasiado fuerte contra el mármol. Pasaron frente a cubículos de cristal. Varias cabezas se levantaron. Alguien susurró. Otra persona soltó una risa corta que se cortó en seco cuando William miró de reojo.
Llegaron a una oficina pequeña, sin ventana, junto a la suya. Un escritorio vacío, un ordenador nuevo, una silla de respaldo bajo.
—Esta es tu jaula —dijo él, sin mirarla—. Vas a estar aquí. A la vista. Cada vez que abra la puerta de mi despacho, te veré. Cada vez que alguien pase, te verán a ti.
Christine apretó los labios. No contestó.
William se volvió entonces. La miró de arriba abajo con una lentitud deliberada, como si evaluara un objeto defectuoso.
—El blazer te queda ridículo. Quítatelo.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—El blazer. Quítatelo. Ahora.
Había firmado. Había firmado sin leer. Y él lo sabía. Christine se quitó el blazer con dedos torpes y lo dejó sobre la silla. El vestido negro, un poco arrugado, le marcaba las caderas y el pecho. Se sintió desnuda de inmediato.
William abrió la puerta de su despacho y, con voz alta y clara, lo suficiente para que lo escucharan las tres personas que pasaban por el pasillo, dijo:
—Señorita Vale, traiga café. Negro. Sin azúcar. Y procura no derramarlo. No quiero que manches la alfombra nueva —su voz rozaba la prepotencia.
Alguien se rió. Otra voz murmuró “la nueva”. Christine sintió el calor subirle por el cuello hasta las orejas. Bajó la cabeza y se dirigió a la cocina ejecutiva con las manos temblando.
Mientras esperaba que la cafetera terminara, William se quedó solo en su despacho. Cerró la puerta. Se sentó. Y el recuerdo lo golpeó sin permiso, como siempre lo hacía.
"Universidad de Ashford – siete años antes"
Era de madrugada. El coche de William, un Honda viejo que olía a libros y a ambientador barato, estaba aparcado detrás del edificio de ciencias. Christine se había subido al asiento trasero sin decir nada. Él temblaba tanto que casi no conseguía cerrar la puerta.
Ella se quitó el jersey negro de un solo movimiento. Debajo solo llevaba un sujetador blanco, un poco desgastado. William la miró como si estuviera viendo algo sagrado y prohibido al mismo tiempo. Ella se rió, suave, casi con lástima.
—No me mires así, Will. Voy a romperme si me miras así y creo que este es el momento menos adecuado para eso.
Él no contestó. Solo se inclinó y la besó. Torpe. Demasiado rápido. Demasiado hambriento. Christine le guió las manos hasta el cierre del sujetador. Cuando la tela cayó, William se quedó sin aire. Sus dedos —largos, nerviosos, de quien solo había tocado teclados y bolígrafos— rozaron sus pechos como si temiera que se deshicieran. Ella arqueó la espalda y murmuró su nombre, bajito, con esa voz tan dulce.
Se quitaron la ropa a empujones. El espacio era pequeño. Las rodillas de Christine rozaban el techo del coche. Cuando él entró en ella por primera vez, lo hizo con una lentitud desesperada, como si quisiera memorizar cada centímetro. Christine cerró los ojos. Él era diferente a los otros. No la sujetaba con fuerza. No le hablaba sucio. Solo la miraba, y en esa mirada había algo que ella no sabía soportar: ternura. Una ternura absurda, casi dolorosa.
William se corrió demasiado pronto, con un gemido ahogado contra su cuello, y se quedó temblando encima de ella. Después le besó la frente, el párpado, la comisura de los labios. Le susurró con voz ronca “te quiero” tres veces, como si al repetirlo pudiera hacerlo realidad.
Christine le acarició el pelo húmedo de sudor y sonrió. Esa sonrisa que él nunca aprendió a descifrar del todo.
—Eres demasiado bueno para esto —le dijo—. Demasiado bueno para mí. Yo no te merezco, Will...
En ese momento, William creyó que era un cumplido.
Ahora, siete años después, sentado en su despacho de cristal, recordaba cada detalle —el olor de su piel, el sonido que hizo cuando él entró, la forma en que le temblaron los muslos— y la ira le subía por la garganta como ácido. Ella lo había usado. Lo había follado como se folla a alguien que no importa. Y él se había creído especial.
La puerta se abrió. Christine entró con la taza de café. Las manos le temblaban un poco. Una gota se derramó sobre el platillo.
William la miró con desprecio.
—Deja eso en la mesa. Y limpia lo que has manchado.
Ella obedeció. Se arrodilló un segundo para recoger la gota con una servilleta. Desde el pasillo se oyó otra risa corta. William no hizo nada por silenciarla.
Cuando Christine se levantó, él habló en voz baja, solo para ella:
—Vas a aprender a no temblar. O a temblar solo cuando yo lo ordene. ¿Entendido?
Ella asintió. No se atrevió a mirarlo a los ojos. Está nueva versión de Will le resultaba demasiado dolorosa.
Mientras volvía a su escritorio vacío, Christine recordó, sin querer, cómo se había sentido aquella noche en el coche. No el sexo. No el orgasmo que apenas había fingido. Sino el momento después, cuando William le acariciaba el pelo con dedos torpes y le decía que era hermosa. Por un segundo —solo un segundo— había querido creerle. Había querido quedarse allí, envuelta en esa estupidez dulce que él le ofrecía. Pero sabía lo que era. Sabía lo que hacía con su cuerpo. Y no podía permitirse la debilidad de alguien que la mirara como si valiera algo más.
Ahora ese mismo hombre la tenía firmando contratos que no había leído y obligándola a quitarse la ropa delante de desconocidos
.
Christine se sentó. Encendió el ordenador. Y esperó con amarga resignación la siguiente orden.
