La luna me pidió un hijo para el Alfa

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Capítulo 7 7

CAPÍTULO 7

—¿Usted está loca? ¡Yo no puedo darle un hijo al Alfa! —Amelia refutó con ímpetu, sus palabras salieron llenas de incredulidad—. ¡Soy una esclava!

Retrocedió de inmediato, como si la presencia de Catalina pesará por ser la Luna dándole una orden incoherente.

Sus ojos abiertos se reflejaban una gran sorpresa.

Catalina, en cambio, mantuvo la calma. Sus manos temblaban sobre la mesa, y su voz, aunque suave, estaba teñida de súplica.

—Por favor, ayudarías a la manada, al Alfa y a mi.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, refleji de su desesperación, se levantó rápidamente de la mesa y tomó las manos de Amelia.

La loba estaba temblando, Amelia sintió el frío de su cuerpo, como si la sombra de la muerte la acechara.

—No puede pedirme algo así… —susurró Amelia, apartándose brusca y alejándose de la luna de la manada.

Catalina intento acercarse pero un dolor la atravesó en el pecho.

Su rostro palideció y, antes de que Amelia pudiera reaccionar, cayó de rodillas al suelo, sujetándose el pecho con ambas manos.

—¡Catalina! —Amelia lanzó un grito desesperado buscando ayuda.

El sonido de pasos apresurados resonó por la casa. Un lobo corrió hacia ellas y tomó a Catalina en sus brazos, llevándola a su habitación con urgencia. Amelia se quedó atrás, con las manos temblorosas, sintiendo el peso de las palabras de aquella propuesta.

El médico llegó minutos después. La revisó en silencio, su rostro cada vez más sombrío. Finalmente, se enderezó y exhaló un suspiro pesado.

—La enfermedad ha avanzado más de lo que imaginaba… —murmuró.

Amelia sintió que el aire se le escapaba.

—¿Cuánto le queda?

El médico la miró con tristeza.

—Unos meses… quizá un año, si tiene suerte.

Los ojos de Amelia se llenaron de lágrimas, la enfermedad de la Luna estaba ganando la batalla.

Cuando entró a la habitación de Catalina, la loba se veía débil acostada en la cama. Su piel estaba blanca como la sabana, su mirada vacia

—Dime la verdad… ¿cuánto me queda? —preguntó Catalina, con voz apenas audible.

Amelia titubeó. Quiso mentirle, decirle que todo estaría bien, que aún tenía tiempo. Pero Catalina la miraba con una firme, como si ya supiera la respuesta.

—Un par de meses… quizás un año.

Catalina asintió lentamente. Lo sabía y estaba resignada.

—Lo sabía… —susurró, dejando escapar un suspiro. Sus ojos, llenos de lágrimas, se volvieron a Amelia—. Entonces, por favor… concédeme mi último deseo. Dale un hijo al Alfa.

Amelia negó con la cabeza de inmediato, un escalofrío recorrió su espalda.

—No puedo…

—Te lo suplico. Quiero ser madre, aunque sea a través de ti.

Amelia se lleno de miedo, no podía con el peso de esta misión.

No podía hacerlo. No cuando su corazón se aceleraba cada vez que veía a Matthew, cuando su piel ardía deseandolo.

Lo que Catalina le pedía no solo iba en contra de sus principios, sino también de sus propios sentimientos.

—No puedo —repitió, con la voz quebrada.

Catalina cerró los ojos por un momento, procesando la negativa que no esperaba, cuando volvió a abrirlos, su expresión era fría

—Vete… llama a Susana. Quiero que ella se quede a mi lado. Y no le digas nada a Matthew.

Amelia solo pudo decir si con la cabeza y cerrar la puerta de la habitación.


Amelia decidió tomar un bajo de agua para calmar sus nervios, sentía su corazón latir a gran velocidad y sus piernas temblar como gelatina.

Llegó a la cocina y se sirvió un vaso de agua, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo.

—Tengo envidia de esa agua que puede explorar tu boca.

El susurro detrás de ella la hizo sobresaltarse. Antes de que pudiera reaccionar, sintió un pellizco en su costado.

—¡Phillipe! —exclamó, girándose de inmediato.

El lobo le sonrió con arrogancia, inclinándose sobre ella con descaro.

—El Alfa me ordenó que no se acerque a mí —gruñó Amelia, dando un paso atrás.

—Esta es mi casa, Amelia. Y no puedes evitarme… menos cuando tu aroma me enloquece.

Antes de que pudiera alejarse, Phillipe la sujetó con fuerza del brazo y trató de besarla.

El asco y la ira explotaron dentro de Amelia. Su instinto actuó antes que su mente, y su mano se alzó con rapidez, impactando con fuerza contra la mejilla de Phillipe. Las marcas de sus garras quedaron grabadas en su piel.

—¡No se atreva a intentarlo de nuevo!

Phillipe no se inmutó. En lugar de eso, la sujetó con más fuerza, su mirada oscurecida por el deseo y la rabia.

—Yo siempre obtengo lo que quiero, Amelia. Y tú vas a ser mía, no importa lo que tenga que hacer.

La lucha entre ellos se intensificó hasta que un estruendo los interrumpió.

—¡¿Qué demonios haces con ella?!

Matthew apareció en la cocina, su rostro rojo de furia.

—Creo que te ordené específicamente que no te acercaras a Amelia.

Phillipe soltó a Amelia con una sonrisa burlona.

—¿Por qué la proteges tanto? Es solo una esclava. Yo soy un lobo de sangre fuerte, y ella… ella es como el suelo de esta casa, está aquí para satisfacer mis necesidades.

El rugido de Matthew resonó en la cocina antes de que su puño impactara contra la mandíbula de Phillipe.

Phillipe cayó sobre el mesón, pero se levantó de inmediato, tomando una sartén y golpeando a Matthew en la cabeza. La sangre comenzó a brotar de la herida.

Amelia gritó y corrió hacia Matthew, pero este no se detendria. Con un movimiento rápido, agarró a Phillipe del cuello y lo empujó hacia la puerta.

—¡Lárgate de mi casa! —su voz retumbó con autoridad—. He soportado tus estupideces toda mi vida, pero ya no más. Te quiero fuera… hoy mismo.

Phillipe escupió al suelo y se marchó.

Amelia ayudó a Matthew a sentarse en el estudio. Tomó el botiquín y comenzó a limpiar su herida con manos temblorosas.

—Gracias por lo que hizo, pero… es su hermano.

Matthew suspiró, cerrando los ojos por un momento.

—Eso no le da derecho a comportarse como un imbécil sin moral. No me importa que seas una esclava, Amelia… eres una Loba y mereces respeto.

Ella empezó a curar su herida, el Lobo hacia gestos de dolor.

Amelia sonrió.

—El Gran Alfa poderoso… ¿temiendo un poco de alcohol? Eso me hace sentir poderosa.

Matthew soltó una risa baja. Sus ojos se encontraron con los de Amelia, y en un impulso, la tomó del cuello y la atrajo hacia él.

El beso fue intenso. Amelia sintió que su mundo se reducía a ese momento. Su piel ardía, su cuerpo reaccionaba como si fuera fuego contra fuego.

Sin más, se sento sobre las piernas del Alfa, este empezó a devorar su boca, y después sus labios empezaron a recorrer su cuello.

Amelia temblaba, estaba excitada y un par de gemidos tímidos empezaron a salir de sus labios.

El Alfa empezó a quitar el listón blanco de la parte delantera del corset de Amelia, y lentamente bajo el vestido, dándole libertad a sus pechos.

Con el dedo índice, recorrió la mitad de ellos y con delicadeza metió uno de ellos en su boca.

Amelia respiraba agitada, no podía apartar la mirada del Alfa, que empezó a acariciar su pierna y subir aún más su mano, además la sensación de la boca del lobo succionando su pecho, era exquisita.

Quiso dejarse llevar por este deseo que la estaba consumiendo, pero entonces, su mirada se posó sobre el escritorio. Ahí, en un portarretratos dorado, estaba la imagen de Catalina y Matthew el día de la boda.

La culpa la golpeó como una ola helada.

Se apartó de inmediato, acomodándose la ropa con torpeza.

—Esto no está bien…

Matthew desvió la mirada, suspirando observo su masculinidad erecta bajo su pantalón, Amelia provocaba todo esto en el.

—Tienes razón —murmuró—. Lo mejor es alejarnos… Por eso, te daré la libertad.

La declaración la tomó por sorpresa. Sus ojos se abrieron de

par en par.

Matthew la miró con intensidad seguro de su decisión.

—Mañana serás libre.

Ella sintió su corazón detenerse. Pero… ¿era eso lo que realmente quería?

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