La luna me pidió un hijo para el Alfa

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Capítulo 6 6

Capítulo 6

Desde aquel beso, Amelia ha intentado por todos los medios evitar a Matthew. Pero él no se lo ha puesto fácil.

El Alfa busca acercarse, necesita explicaciones, justificaciones, algo que calme la culpa que lo carcome, sentir que este sentimiento que llena su pecho no es solo suyo.

Pero no hay excusa válida para su comportamiento. Lo sabe, ha roto sus promesas.

En la noche,

La luz de la luna llena entra por la ventana de su habitación , directamente a su cama, el frío de una noche helada hace que el Alfa despierte de inmediato.

Matthew se sienta en la cama, el cuerpo empapado en sudor. Sus músculos están tensos, su pecho sube y baja con respiraciones irregulares.

—¿Te sientes bien? —pregunta Catalina con el ceño fruncido, su voz llena inquietud mientras le da un par de caricias en la espalda.

Él se pasa una mano por el rostro, observa su mano húmeda por el sudor que cae por su frente y se toma unos segundos antes de responder.

¿Cómo le explica que acaba de soñar con Amelia?

Desde ese beso tierno y lleno de intensidad, cada noche, su mente lo traiciona. En sus sueños, Amelia está entre sus brazos, su piel tibia presionándose contra la suya.

Sus pechos contra su abdomen, sus labios carnosos entre abiertos buscando los suyos.

La imagina gimiendo su nombre, entregándose a él sin miedo ni reservas.

Todo es tan real.

Ese deseo lo consume. Lo atormenta. Es una locura, siente que está fallando a sus propios principios y en especial a su palabra.

Aprieta los dientes y responde con voz rasposa:

—Estoy a pocas horas de mi celo —dice, desabrochando la camisa de su pijama con dedos temblorosos—. Es normal sentir este calor que me quema en cuerpo.

Catalina lo observa en silencio mientras él se levanta y camina hacia la mesa para servirse un vaso de agua.

Lo bebe de un solo trago, esperando que el líquido helado apague el fuego que lo devora desde dentro.

Pero nada funciona, Amelia es la única su podría apagar ese fuego.

Sabe que su celo se avecina y que perderá el control de su cuerpo. Que en cuanto Amelia esté cerca, su lobo la querrá reclamar. Y eso no puede suceder.

No después de la promesa que hizo a su esposa.

Catalina sigue observándolo desde la cama. Sus ojos reflejan algo más que preocupación. Sospecha, el dolor de saber que el deseo del Alfa no es para ella, aunque finge ignorancia.

Él desvía la mirada y recuerda el pasado mientras se acerca a la ventana y recibe el viento frío.

Su pasado tiene un nombre, el nombre de una loba:

Greta, la loba bruja

Catalina desde cachorros fue elegida para ser su Luna, de linaje, entrenada para ocupar ese lugar.

Pero antes de poder sellar el trato, hubo otra.

Matthew la conoció cuando aún era joven e ingenuo, cuando creía que el amor podía desafiar cualquier barrera.

Greta.

La vio por primera vez bañándose en el río. Su piel morena resplandecía bajo el sol, el agua acariciando cada curva de su cuerpo. Su cabello negro caía en ondas húmedas sobre sus hombros. Sus ojos… sus ojos eran dos esmeraldas brillantes que parecían conocer todos sus secretos.

Matthew se escondió entre los arbustos, incapaz de apartar la mirada. Pero ella lo descubrió.

—Si vas a espiarme, hazlo bien —le dijo con una sonrisa traviesa antes de salir del agua completamente desnuda.

Desde ese día, quedó atrapado en su hechizo, en la pasión que transpiraba la sensualidad de aquella loba.

Greta era una loba bruja, y su amor por ella era un sacrilegio, nadie aceptaría que un Alfa se enamorara de una hechicera.

Las brujas eran peligrosas. Manipuladoras. Traicioneras. Así le habían enseñado. Pero él no lo creyó. No cuando sus manos tocaban su piel, cuando su risa llenaba sus noches de vida.

—Huye conmigo —le susurraba ella en la oscuridad—. No necesitamos a la manada. Solo nos necesitamos el uno al otro.

Y Matthew lo consideró.

Por ella, habría renunciado a todo, incluso a su título de líder de Luna roja, el honor más grande para cualquier lobo.

Hasta que su padre enfermó al enterarse de la relación prohibida.

Cuando el Alfa mayor descubrió que su hijo quería abandonar su deber por una bruja, su cuerpo se quebró como si la noticia le hubiese drenado la vida.

—Si te vas con ella —le dijo con la voz débil, los ojos hundidos y apagados—, deja de llamarte mi hijo, para mí dejaras de existir, y en tu conciencia cargaras con mi muerte.

Matthew sintió su mundo derrumbarse.

¿Cómo podía abandonarlo en su lecho de muerte? ¿Cómo podía darle la espalda a la manada que lo necesitaba?

Si su padre moría y todo apuntaba que sería así, su manada estaría desprotegida de los ataques enemigos.

Tomo la unica decisión honorable, la que le señalo su carácter, casarse con Catalina, su Luna elegida.

El día de su boda con Catalina, Greta apareció en su habitación. Su piel resplandecía con el mismo magnetismo de siempre, pero su mirada reflejaba desesperación.

—Todavía podemos escapar —susurró—. Matthew, dime que me amas.

Y él la amaba. la diosa Luna sabe, cuánto la amaba.

Pero cuando miró a Catalina, con su vestido blanco y su expresión serena, algo dentro de él se rompió.

No podía hacerlo.

—Lo siento.

Le devolvió a Greta la pulsera roja que ella le había dado como símbolo de su amor.

Los ojos de la loba se llenaron de furia. Su magia crepitó en el aire.

—¡Te maldigo, Catalina! —rugió con una voz que parecía rasgar el universo—. La muerte te acechará cada día de tu vida, y la vergüenza caerá sobre el futuro Alfa.

Y así fue.

La enfermedad de Catalina comenzó el mismo día de la boda. Su piel perdió el color, su cuerpo se debilitó.

Días después, el Alfa mayor murió.

Matthew selló su destino en ese momento.

—Juro que nunca amaré a otra y respetaré nuestra unión.

Le prometio a Catalina mientras tomaba su mano y sentía que el amor que sentía por Greta desaparecía convirtiéndose en rechazo.

Y cumplió su promesa.

No por amor.

Por culpa.

Un pedido inesperado


A la mañana siguiente, Amelia ayuda a Catalina a salir al jardín. El sol brilla con fuerza, y la luz matinal acaricia la piel pálida de la Luna.

Desayunan juntas. Con el tiempo, han desarrollado un lazo de confianza. Catalina es buena con ella. La trata con respeto.

Pero eso solo hace que Amelia se sienta más miserable.

No debería encariñarse con ella.

—¿Aún eres virgen?

La pregunta la toma por sorpresa.

Amelia abre los ojos con incredulidad y siente cómo la sangre sube a su rostro.

—Eso no es asunto suyo.

Catalina sonríe con suavidad.

—Lo eres —afirma—. Lo veo en tu mirada. Es la misma que yo tengo.

Amelia aparta la vista, incómoda. Intenta tomar su vaso de agua, pero sus manos tiemblan y el líquido se derrama sobre la mesa.

—Soy su esclava, no su amiga —murmura—. No debería hablar de estos asuntos conmigo.

Pero Catalina toma su mano con firmeza.

—Escúchame bien, Amelia —su voz es suave, pero cargada de un peso que la hace sonar como una súplica—. Yo nunca podré darle un hijo a Matthew. Y su honor está en boca de todos. ¿Lo sabes?

Amelia asiente en silencio. Ha escuchado los rumores. Toda la manada ha escuchado los rumores.

El Alfa de la manada Luna Roja. Un lobo fuerte, imponente. Pero incapaz de engendrar un heredero

Para un Alfa es un deshonor, nadie tomara la excusa de su promesa y su esposa enferma, pues puede tomar una concubina para que le dé un hijo, pero desconocen

los principales de Matthew.

Catalina aprieta su mano con más fuerza.

—Necesita un hijo… y quiero que seas tú quien se lo dé.

El estómago de Amelia se revuelve.

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