La loba maldita

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CapĂ­tulo 6

Alina

No es la primera vez que alguien me dice que podrĂ­a morir, pero eso no hace que las palabras de Darius sean menos perturbadoras. Especialmente porque, dado el rumbo que ha tomado nuestra conversaciĂłn, no necesito pensar demasiado para entenderlo.

Luna llena... Pérdida de control... Es obvio.

En mi furia, maté a Jared.

Las imågenes fragmentadas en mi mente empiezan a tener sentido. Incluso con dolores agudos en mi cerebro, las dejo pasar e intento reconocer el rostro de Jared en medio del caos. Pero solo puedo ver su espalda mientras se acerca a una puerta... luego estå corriendo... y escucho el sonido de llaves tintineando frenéticamente... y luego grita...

—Lo matĂ© —concluyo en voz alta, y esa certeza me inunda con una mezcla de alivio y horror porque, aunque creo que merecĂ­a el final que tuvo, sĂ© las consecuencias de ello—. Yo... Yo lo hice de nuevo... MatĂ© a alguien... mientras estaba fuera de control...

Mis ojos arden y las lågrimas comienzan a fluir. No por Jared. Nunca sería por él. Lloro porque ya no puedo soportar esta maldición. Incluso ahora, estoy plagada de pesadillas donde veo los rostros de personas que no reconozco, pero sé que he matado a cada una de ellas, y por eso me atormentan. No los culpo.

Fue en ese accidente, en ese día cuando el Rey Ulric finalmente me encontró a mí y a mis padres, el día de mi primera transformación. Sucedió antes de lo esperado. Solo era una niña. Pero sucedió, y muchos murieron.

¿Qué quiere la diosa de mí? ¿Por qué eligió mantenerme viva? Si eligió a un hombre que intentaría matarme, ¿por qué fui yo quien lo mató?

El suelo se siente como si estuviera desapareciendo. Es como si me estuviera hundiendo en la tierra, siendo tragada lentamente por una boca invisible.

—Alina —Darius llama mi nombre por primera vez desde que nos conocimos, pero su voz profunda suena tan distante como un susurro—. Oye, Alina... Mírame.

Murmuré cosas que ni siquiera yo entendía.

Los sollozos escapan uno tras otro, hasta que las manos de Darius agarran mis brazos con un agarre firme pero sorprendentemente suave, devolviéndome al mundo real.

Aturdida, giro mi rostro hacia él y encuentro una mirada preocupada. No me suelta mientras empieza a hablar:

—CĂĄlmate y escĂșchame ahora.

Desesperada por apoyo, una de mis manos se extiende hacia él, agarrando sin querer la parte vendada de su brazo. Darius deja escapar un siseo entre dientes apretados y cierra los ojos con fuerza mientras un gemido de dolor mezclado con un gruñido llega a mis oídos, lo que me hace retirar mi mano de inmediato.

—Lo siento, yo...

AĂșn con los ojos cerrados, sacude la cabeza, desestimando mi disculpa.

—El castigo por matar a tu compañero es la muerte, y creo que incluso tĂș lo sabes —dice Darius—. Pero si tu compañero humano intentĂł matarte y lo hizo porque, segĂșn lo que me dijiste, alguien le asignĂł esa tarea, significa que esa misma persona irĂĄ a la casa y descubrirĂĄ lo que pasĂł. Es decir, si no lo han hecho ya.

No me siento mĂĄs tranquila, pero los sollozos han cesado. Es entonces cuando Darius me suelta y vuelve a hurgar en su bolsa. EstĂĄ buscando algo que aĂșn no ha encontrado.

—Esa persona vendrá a buscarte. Y cuando descubran lo que pasó, te cazarán. Necesitas venir conmigo a Norden.

—¿Por quĂ© haces esto, Darius? —Estoy temblando—. No tienes ninguna obligaciĂłn de ayudarme.

—¿Y quĂ©? Soy un rey, y puedo hacer lo que quiera. ÂżO prefieres quedarte aquĂ­ y morir por un crimen que no cometiste? No mataste a tu compañero por diversiĂłn, niña. Te estabas defendiendo de un imbĂ©cil, y espero que haya sufrido mucho en el proceso. —SonrĂ­e con satisfacciĂłn maliciosa mientras saca un frasco de su bolsa. Hay un lĂ­quido azul dentro del vidrio—. ÂĄEncontrĂ© esta mierda!

Sin darme tiempo para hablar, Darius se pone el frasco en la boca y rĂĄpidamente se pone de pie, luego... Âżempieza a bajarse los pantalones?

—¿QuĂ© significa esto? —pregunto desesperada, dividida entre el deseo de esconder mi rostro y la urgencia de estar atenta a sus prĂłximos movimientos, por no saber quĂ© pretende hacer Darius con esta locura repentina.

—No hay necesidad de avergonzarse. —Su voz suena graciosa porque todavía sostiene el frasco con los dientes. En un segundo, sus pantalones ya están en sus rodillas. Darius se deshace rápidamente de la prenda y la mete en su bolsa—. Todos los hombres son iguales debajo de su ropa.

Pero nunca he visto a un hombre desnudo antes, y no sé si no puedo dejar de mirar su cuerpo porque estoy asustada o porque realmente es muy guapo.

Los mĂșsculos de sus muslos parecen tan firmes como los de su abdomen, con cicatrices tan pequeñas y delgadas que apenas se pueden ver, pero la virilidad entre sus piernas capta mi atenciĂłn hasta el punto de sentirme avergonzada por no poder apartar la mirada. Darius, por otro lado, no parece molesto al saber que estoy mirando una parte tan especĂ­fica de su cuerpo.

Inconscientemente, presiono mis rodillas juntas. ¿Qué es esta cålida sensación en mi vientre?

—Quiero que montes sobre mí —dice, y mi corazón da un vuelco.

—¿Q-QUÉ?!

—En mi espalda. ÂżEn quĂ© estabas pensando? —PodrĂ­a jurar que hay una sonrisa en sus labios mientras se quita las botas y las guarda en la bolsa.

¿No me va a pedir también su camisa, verdad?

DĂĄndome otro susto (parece que disfruta asustĂĄndome), Darius comienza a transformarse.

Sus uñas humanas empiezan a alargarse, transformåndose en garras afiladas y letales. Pero no veo ni escucho señales de que Darius esté sufriendo mientras sus brazos y piernas se remodelan y estiran.

Sus mĂșsculos se contorsionan, abultĂĄndose y aumentando en tamaño y densidad mientras su columna vertebral se curva y se extiende, formando una cola peluda. Darius ahora estĂĄ cubierto de un espeso pelaje negro, muy parecido a su cabello desaliñado. El rostro se alarga y se estrecha, tomando la forma de un hocico lupino, y sus dientes se transforman en colmillos afilados.

Finalmente, Darius se convierte en una criatura hĂ­brida, parte hombre y parte lobo.

Escupe el frasco, que aĂșn estaba en su boca, en la palma de su mano derecha. La otra mano estĂĄ extendida hacia mĂ­.

—Ven. Te ayudarĂ© a subir.

Estoy demasiado impresionada. La forma de lobo de Darius es tan grande e imponente... Definitivamente es un Rey LicĂĄntropo.

Alterno mi mirada entre las almohadillas negras en la mano de Darius y sus ojos amarillos, que me miran expectantes.

—¿Vendrás conmigo, verdad? Puedo salvarte.

Algo en la voz de Darius me hace sentir que puedo confiar en Ă©l. Tal vez sea el cĂĄlido almizcle que emana de su cuerpo lo que tambiĂ©n ayuda a crear esa impresiĂłn, pero despuĂ©s de todo lo que ha pasado... No quiero morir, y si Ă©l me ha cuidado hasta ahora, acompañarlo es mi mejor opciĂłn, la Ășnica opciĂłn.

Es como si una fuerza invisible me empujara hacia él, levantando mi brazo hasta que mi mano descansa en la de Darius, que ahora es tan grande que mis dedos apenas pueden cerrarse alrededor de la suya.

Me levanto lentamente. Él me sostiene mientras siento que mis piernas flaquean. Su mano logra sujetar una parte de mi brazo, pero una vez que estoy estable, Darius me suelta. Inmediatamente bajo el dobladillo de la camisa, tratando de cubrir mis piernas.

—IrĂ© contigo —digo finalmente. Esta puede ser la decisiĂłn mĂĄs importante que he tomado hasta hoy.

—Sube.

Darius se baja al suelo en cuatro patas y pråcticamente se acuesta. También me hace el favor de girar la cabeza en la dirección opuesta.

Me acerco a él con cautela y dejo que una mano se deslice sobre su espeso pelaje. Luego monto su espalda, pero mis piernas presionan contra su cintura con mås fuerza de la que deberían porque, al no llevar nada mås que una camisa, el pelaje negro me hace cosquillas en el lugar mås inconveniente.

Darius gruñe, y mi rostro se pone muy caliente.

—¿T-te hice daño? —pregunto, aflojando inmediatamente el agarre de mis piernas. El aroma de Darius parece mĂĄs fuerte, pero de una manera diferente a cuando se enojĂł antes.

—No. Pero ten cuidado, niña —dice en un tono ronco—. Solo agĂĄrrate lo suficiente para no caerte. Cualquier cosa mĂĄs que eso puede ser un poco... complicada.

Prefiero no preguntar qué quiso decir Darius con eso porque toda esta situación ya es demasiado complicada.

Se pone de pie. Hago mi mejor esfuerzo para no apretarlo de nuevo, agarrĂĄndome a un poco de pelaje entre sus omĂłplatos.

Darius recoge la mochila y me la entrega. La coloco en mi regazo. Luego agarra el ciervo con la boca, murmurando algo sobre odiar desperdiciar comida.

Sacude el frasco en el suelo. Un humo maloliente se eleva instantåneamente. Deduzco que esto estå destinado a dificultar el rastreo porque ese olor volvería loco a cualquier licåntropo después de inhalarlo.

—Vamos, niña.

Darius comienza a correr, y es tan råpido como el viento. Necesito inclinar mi cuerpo y pråcticamente acostarme sobre su espalda. Pero él se mantiene firme en su carrera, facilitåndome las cosas.

En poco tiempo, todo lo que conocía queda atrås, y esta pequeña llama de esperanza que se enciende en mi corazón es diferente. Se siente real, duradera.

Tratando de evitar que se apague, dejo que Darius me lleve a su reino, a Norden, mĂĄs allĂĄ del Bosque Oscuro.

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