Capítulo 4
Elizabeth entrecerró los ojos, a punto de hablar.
De repente, Isabella tiró con rapidez del brazo de Sophia e intentó parecer totalmente inocente mientras decía:
—Mamá, no hace falta llamar a seguridad, ¿verdad? Es joven. Seguro que solo perdió la cabeza un segundo y se metió aquí hecha una furia.
Luego se dio la vuelta y caminó unos pasos hacia Elizabeth, con aquella falsa gracia.
—Oye, chica, ya deberías irte. Este de verdad no es tu lugar.
—¿Ah, sí? —La sonrisa de Elizabeth se suavizó, pero en su voz había un frío capaz de morder—. Y para que quede claro: la que no pertenece aquí eres tú.
Después de tantos años, Elizabeth no esperaba que fuera aún más descarada.
Ahora sus trucos eran más profundos. Interpretaba a la inocente mejor que nunca.
—¿Cómo puedes decir eso? —A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas, intentando parecer destrozada—. Yo solo trataba de ayudarte.
Elizabeth soltó una risa helada, demasiado cansada como para fingir cortesía con ella.
¡Paf!
Sin previo aviso, Elizabeth descargó un golpe con fuerza y le estampó una bofetada seca en plena cara a Isabella, dejándola en el suelo.
El salón quedó en un silencio sepulcral.
¿De verdad esa loca le había puesto una mano encima a la hija de los Kaiser?
—¡Ah! —Isabella se agarró la cara, con los ojos muy abiertos por el dolor y el pánico. El labio se le hinchó al instante; saliva manchada de sangre le escurrió mientras las lágrimas se le acumulaban en los ojos. Se arrastró hacia atrás, aterrada.
—¡Maldita perra! —gritó Sophia, furiosa y en shock. Se lanzó hacia delante y levantó la mano, lista para abofetearla—. ¿De dónde demonios saliste? ¡¿Cómo te atreves a golpear a mi hija?! ¡Descarada, sinvergüenza...!
—¿Pero qué demonios estás haciendo? —Victor miró a Elizabeth, completamente atónito.
La sonrisa de Elizabeth no se movió, pero sus ojos se volvieron de hielo. Giró el cuerpo, esquivó la mano de Sophia con facilidad y, acto seguido, le devolvió una bofetada que le volteó la cara.
Aquella segunda bofetada dejó a todos en la sala totalmente paralizados.
—¡Tú... tú te atreviste a pegarme! —Sophia se llevó la mano a la mejilla, temblando de rabia.
Había sido la señora Kaiser durante más de una década, mimada y respetada. Nadie se había atrevido jamás a ponerle un dedo encima.
¿Que una don nadie que apareció de la nada la abofeteara? Era como desnudarla y exhibirla en público. La furia le estalló y la lógica se le fue por la ventana.
Sophia volvió a lanzarse contra Elizabeth, pero fue inútil. Elizabeth resopló con desprecio y luego le dio una patada contundente, mandándola a volar fuera del escenario.
Se oyó un crujido tenue de hueso.
—¡Aaaah! —chilló Sophia—. ¡La espalda... la pierna!
—¡Sophia! —gritó Lucas, presa del pánico.
Corrió hacia ella, la ayudó a incorporarse y revisó frenéticamente sus heridas.
—¡¿Estás bien?!
Mientras tanto, Isabella por fin reaccionó. Se limpió la boca torpemente con una toalla y miró a Elizabeth con reproche y tristeza.
—Ya lo entiendo... Tú también quieres a Victor, ¿verdad?
—Me haré a un lado y te lo dejaré. Solo, por favor... deja que mi mamá y yo nos vayamos, ¿sí?
Sus sollozos lastimeros le apretaron el corazón a Victor.
—Elizabeth, no digas esas tonterías. ¡Una lunática como ella ni siquiera me merece!
—Quiero estar contigo, pero no puedo seguir viendo cómo lastiman a mi mamá...
Y así, Isabella se desplomó en sus brazos, y los dos se aferraron el uno al otro.
Para los de afuera, ella se veía frágil y desdichada: la pobre víctima perfecta. Pero Elizabeth ya estaba harta de la actuación. Harta de verdad.
Elizabeth ni siquiera estaba segura de poder contenerse y no soltar otra bofetada si Isabella seguía con eso.
—Ya basta —se burló Elizabeth—. Charlotte, deja el numerito de inocente. ¿Crees que hacerte la pobrecita cambia el hecho de que no eres más que una ladrona asquerosa?
Sí, que nadie se dejara engañar: ella y Sophia eran tal para cual, ambas consentidas y siniestras hasta la médula.
No era ninguna dulce chica llamada Isabella.
Era Charlotte Murray.
