LA ESPOSA SUSTITUTA DEL IMPERIO ROMANO

Download <LA ESPOSA SUSTITUTA DEL IMPERI...> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 5 5

—Dime quién eras antes de que te vistieran como mi esposa.

Livia seguía atrapada entre el cuerpo de Marco y la pared baja del patio. La mano de él descansaba en su cintura, firme sin apretarla. Bastaba un movimiento para apartarse.

No lo hizo.

—No sé qué quieres oír.

—Algo que no pertenezca a Octavia.

La respuesta eliminó cualquier refugio.

Marco ya no hablaba de sospechas. Había visto sus manos, su forma de caer, el miedo con el que medía cada puerta. Quizá todavía ignoraba su nombre y el lugar exacto del que la habían sacado, pero sabía que la mujer frente a él no era la prometida que Roma esperaba.

Livia bajó la mirada hacia la mano que él mantenía en su costado.

—Suéltame.

Marco obedeció de inmediato.

Aquello la irritó más de lo razonable. Una parte de ella había esperado resistencia. Otra, peor, había sentido la pérdida del calor.

—Ahora habla —dijo él.

—¿Vas a entregarme?

—No he decidido qué voy a hacer.

—Entonces tampoco he decidido qué voy a decirte.

Marco recogió la espada de madera.

—Negociar mientras tiemblas es una habilidad extraña.

—Temblar no significa estar vencida.

Él la miró con una atención que le recorrió la piel.

—No. Eso ya lo entendí.

Livia dejó la espada en el suelo.

—No elegí esta boda.

—Eso también lo entendí.

—Me dijeron que si me negaba moriría antes del anochecer.

Marco no se movió.

La rabia apareció primero en su mandíbula y después en la forma en que cerró la mano alrededor de la espada.

—¿Quién?

—No.

—Necesito un nombre.

—Yo necesito seguir viva.

—Si alguien dentro de esta casa te amenazó...

—No fue dentro de tu casa.

—Pero te trajeron hasta ella.

Livia sostuvo su mirada.

—Y ahora estoy bajo tu techo. Eso no significa que esté a salvo.

La frase lo golpeó. Marco no intentó negarla.

—No —admitió—. Todavía no.

El silencio entre ambos cambió. Ya no era el de un interrogatorio. Era el de dos personas midiendo cuánto podían dar sin quedar indefensas.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

Livia pensó en Tertia, en los guardias, en la promesa de que su nombre debía desaparecer bajo el velo.

—No puedo decírtelo.

—¿Porque no confías en mí?

—Porque no conozco el precio de hacerlo.

Marco dejó la espada.

—Entonces dame otra verdad.

—¿Cuál?

—Una que no pueda utilizar contra ti.

Livia quiso reír. En Roma cualquier verdad podía usarse contra alguien.

Sin embargo, recordó el templo familiar, la placa que había visto esa mañana al pasar por un corredor lateral. Recordó también la forma en que Marco hablaba de obligaciones, como si él mismo llevara años encerrado en una vida que otros eligieron.

—Aprendí a caer porque nadie me levantaba —dijo.

Marco no apartó la mirada.

—Eso no es suficiente.

—Es más de lo que te debía ayer.

Él se acercó un paso.

—Ayer eras mi esposa.

—Ayer era una desconocida con tu anillo.

—Hoy también.

—Entonces no ha cambiado tanto.

—Ha cambiado que ahora sé que mientes.

Livia sintió la espalda contra la piedra.

Marco se detuvo frente a ella, dejando apenas un espacio entre ambos. No la tocó. La cercanía era suficiente.

—¿Y eso te decepciona? —preguntó.

—Me enfurece.

—¿Porque te engañé o porque te gusta más esta versión?

Los ojos de Marco descendieron hasta su boca.

—No juegues con algo que no entiendes.

—Explícamelo.

—No aquí.

—¿En la habitación?

La provocación salió antes de que pudiera detenerla.

Marco la observó con una intensidad que le quitó el aire.

—Si entrara contigo ahora, olvidaríamos durante un rato que no sé quién eres.

Livia sintió calor bajo la túnica.

—Tal vez eso sería conveniente.

—No para mí.

—¿Por qué?

Marco levantó una mano y rozó con el pulgar la línea de su mandíbula.

—Porque empezaría a desear una respuesta que no tendría derecho a pedirte.

Livia no se apartó.

El contacto era ligero, pero su cuerpo lo recibió como una orden distinta a todas las anteriores. No imponía. Esperaba.

—No me beses —murmuró.

—No pensaba hacerlo.

—Mientes peor que yo.

La boca de Marco se curvó apenas.

—Eso sí me ofende.

La campana del atrio interrumpió el momento.

Livia retrocedió de inmediato.

Marco dejó caer la mano.

—Esto no ha terminado.

—Nada en esta casa parece terminar.

—Entonces empieza por no huir de mí.

—No prometo cosas que otros puedan convertir en cadenas.

Marco recogió la espada de madera y se la entregó.

—Guárdala.

—¿Para qué?

—Para que la próxima vez no tengas que fingir que no sabes defenderte.

Al caer la tarde, Livia encontró a Marco en el pequeño templo familiar.

Él permanecía frente a una placa de piedra con el nombre de su padre. Sin armadura, sin soldados y sin la expresión cerrada que utilizaba ante otros, parecía más joven.

—No quería interrumpir.

—Ya lo hiciste.

Livia giró hacia la salida.

—Qué amable.

—No dije que te fueras.

Se quedó.

Marco miró la placa.

—Murió cuando yo tenía doce años.

—Lo siento.

—Yo también. Aunque nunca supe si él lo habría sentido por mí.

Livia lo observó.

—¿No eran cercanos?

—Pasé mi infancia intentando merecer su aprobación. Después pasé mi juventud fingiendo que ya no me importaba.

—¿Funcionó?

—No.

La honestidad la desarmó.

Livia bajó la vista hacia sus propias manos.

—Mi madre desapareció cuando yo tenía diez años.

Marco giró.

—¿Desapareció?

—La vendieron. Corrí detrás del carro hasta que un soldado me tiró al suelo.

No añadió nada más. No explicó quién la había poseído ni cómo había terminado convertida en Octavia.

Marco tampoco preguntó.

—Ahora entiendo cómo aprendiste a caer.

Livia soltó una risa sin alegría.

—A veces una herida sirve para más de una lección.

Él se acercó.

—No voy a entregarte esta noche.

—Eso no es una promesa muy tranquilizadora.

—Es la única que puedo darte sin mentir.

Antes de que ella respondiera, Mara apareció en la entrada, pálida y sin aliento.

—General, ha llegado un mensajero de Ostia.

Marco se tensó.

—¿Qué trae?

Mara miró a Livia antes de contestar.

—Noticias de Lady Octavia.

Livia sintió que el templo se hacía más pequeño.

Marco no apartó los ojos de ella.

—Que espere —ordenó—. Primero quiero saber por qué mi esposa parece temer que Octavia siga viva.

Vorig hoofdstuk
Volgend hoofdstuk