Capítulo 7 Capítulo 3
Al otro día comencé el inventario de insumos, tenían bastante material desorganizado, casi parecía de hospital, decidí organizar por partes, hoy no terminaría.
Me enfoqué en clasificar todo meticulosamente: analgésicos, antiinflamatorios, antibióticos, material de sutura, vendajes. Cada caja que abría, cada frasco que revisaba me recordaba mi vida en el hospital. Mi vida real, la que había quedado suspendida por culpa de estos hombres.
¿Ramsés me habría buscado? Probablemente no. Seguro ya estaba revolcándose sin culpa con la interna, aprovechando mi ausencia para tener la cama libre. La imagen me revolvió el estómago, aunque no sabía si era por la rabia o por el hambre.
El hambre.
Mi estómago gruñó violentamente, protestando por el segundo día sin alimento. Apreté los dientes e intenté ignorarlo. Más tarde, Morales me mostró el consultorio. Al contrario del almacén, este estaba limpio, acomodado, daba un aspecto de paz.
Era pequeño pero funcional: una camilla de exploración, un escritorio, un archivero y un pequeño lavabo en la esquina. Saber que el doctor que apenas hace dos días daba consulta aquí ahora estaba muerto, fue extraño. No lo conocí, pero un extraño peso cayó sobre mi pecho. ¿Yo podría morir? No se mencionó nada de salir a campo, pero la idea de que podrían atacarnos cruzó por mi mente y me revolvió el estómago.
—¿Cómo murió? —pregunté a Morales antes de que se fuera.
Me miró con expresión sombría.
—Durante la redada —se aclaró la garganta—. Una bala perdida en la cabeza.
Organicé las notas, los expedientes y demás formatos necesarios. No había mucho papeleo, así que deduje que no llevaban mucho tiempo encuartelados. El coronel mencionó que la operación llevaba años, pero a juzgar por el casi nulo expediente médico de los soldados, pareciera que, al menos en ese lugar, no llevaban más de un mes.
Mis primeras consultas fueron largas. Tenía que conocer bien a los pacientes, hacer un historial completo. Me resultaba difícil mirarlos con empatía cuando todos eran partícipes de mi secuestro, pero me convencí de que mi trabajo tenía que separarlo de los sentimientos.
El primer soldado tenía una vieja herida de metralla en el hombro que no había sanado bien. Le receté antibióticos y le indiqué que volviera en tres días. El segundo se quejaba de dolor de espalda crónico. Mala postura durante las guardias nocturnas.
Entre consulta y consulta, mi estómago rugía cada vez más fuerte. Para cuando terminé las consultas del día, estaba mareada. El mundo se balanceaba ligeramente, pero me negué a reconocerlo. Esto era una batalla de voluntades entre el coronel y yo, y no pensaba perder.
El sueño camufló el hambre por un par de horas, pero fue un sueño inquieto, plagado de pesadillas donde Ramsés se reía de mí mientras hombres enmascarados me arrastraban hacia el bosque.
Al otro día, mi energía estaba por los suelos, trataba de disfrazar el hambre con agua, pero en algún momento dejó de ser suficiente. Cada vez que me ponía de pie, veía manchas negras en mi visión periférica. Tuve que sentarme varias veces, fingiendo que revisaba expedientes cuando en realidad solo intentaba no desmayarme.
—Doctora, ¿se encuentra bien? —preguntó el soldado al que revisaba, supuestamente, tenía dolor de cabeza desde hace una semana.
Asentí levemente mientras tomaba su presión.
—¿Ha tenido algún golpe reciente? ¿Caídas?
—No, doctora.
Podría ser tensión muscular, migraña, o algo más serio. Necesitaba hacerle más preguntas, pero de pronto las palabras del soldado comenzaron a sonar lejanas, como si estuviera bajo el agua.
—¿Doctora?
Mi visión se tornó borrosa, intenté mover el brazo, pero todo se volvió negro.
Cuando abrí los ojos, lo primero que percibí fue el techo blanco, no era el de mi habitación. Parpadeé varias veces tratando de enfocar la vista. Estaba en una cama diferente, más grande. Había un suero conectado a mi brazo izquierdo y una sensación de pesadez en todo mi cuerpo.
—Oh, despertaste más rápido de lo que creí.
Esa voz femenina me hizo girar la cabeza. Una mujer de tal vez mi edad estaba sentada en una silla junto a la cama. Tenía el cabello castaño recogido en una cola de caballo, rostro amable y una sonrisa cálida que contrastaba con el entorno militar.
—¿Dónde...?
—Estás en la enfermería —dijo con suavidad—. Te desmayaste.
Intenté incorporarme, pero ella me detuvo con un gesto.
—Tranquila, tres días sin comer no son cualquier cosa.
—¿Cómo sabes...?
—Todos lo sabemos —su tono no era de juicio, sino de comprensión—. El coronel te trajo en brazos, estaba bastante preocupado —dijo como si fuera algo raro—. Soy la única que sabe poner suero, el doctor me enseñó antes de…
Suspiró a modo de respuesta, no supe qué responder. En realidad, mi mente estaba procesando el hecho de que el coronel me cargó hasta acá, el mismo hombre que me dejó una hora atorada en la ventana.
—Sí, eh… Lo siento —respondí distraídamente, poco a poco, mi visión se volvió más nítida—. ¿Eres estudiante o algo así?
—Ay, no, aunque gracias por verme de la edad de un estudiante —a pesar de mi estado, no pude evitar una pequeña sonrisa ante su humor—. Soy Ana Cartas, además de militar, me encargo de la cocina.
—Ya veo, déjame decirte que la única vez que estuve a punto de probar bocado, la comida olía deliciosa.
Ana se inclinó hacia adelante, su expresión volviéndose seria.
—Es deliciosa, es una ofensa que no quieras probarla.
Me incorporé lentamente, al contrario de lo que creí, no fue difícil.
—Fue por un juego de poder que, evidentemente, perdí.
—No fue lo más inteligente, ¿cierto? —su ceja arqueada me hizo sentir ridícula—. Te servirá de aprendizaje.
—Claro —respondí, sarcástica—. Aprendí que, en este país, la milicia y el crimen no actúan tan diferentes. No importa lo que haga, estoy a merced del líder.
