Capítulo 6 Capítulo 2b
¡No! Intenté volver, sin embargo, estaba atorada, no podía salir de ninguna manera. Mi respiración se agitó mientras me lastimaba en un intento por zafarme de la ventana, mi pulso hacía eco en mis oídos.
—¡Un momento!
—Ábrame, doctora.
Oh, lo que faltaba, era la voz del coronel. Me removí más enérgicamente, pero fue imposible. Los golpes en la puerta incrementaron a tal punto, que supe que derribarían la puerta.
Cuando el coronel entró, me encontró en plena movida. Su mirada cambió radicalmente de confusión y enojo a una pizca de burla.
—Puedo explicarlo —dije en un hilo de voz.
—No necesito explicación —hizo una mueca—. ¿De verdad creyó que cabría por ahí?
La primera vez que vi la ventana, no. Pero en mi desesperación quise engañarme con que sí cabría.
—¿Qué habría hecho usted en mi lugar?
El hombre se encogió de hombros, luego se cruzó de brazos, analizando la situación, la forma en que sus poderosos músculos se contrajeron lo hicieron ver tan atractivo que, por un microsegundo, olvidé que estaba atrapada.
Se acercó un paso, luego otro y finalmente quedamos bastante cerca, sin embargo, no hizo ademán de ayudarme.
—¿Viene a regodearse o va a ayudarme?
Intenté por enésima vez, desatorarme, pero estaba cansada, además de lastimada, sentía el marco de la ventana clavarse en mi piel.
—No quiso comer —dijo ignorando mi pregunta—. Matarse de hambre no le va a servir de nada, solo nos complica todo.
Esta vez, decidí ignorarlo. Me centré en tratar de volver a meter mi cadera, sentía la presión del marco en mi hueso, el dolor fue agudo, pero soportable, no se estaba logrando.
—Al parecer, necesito comer menos.
Me di por vencida, no había forma. La lógica me decía que, si pude salir, podía entrar, pero mi cuerpo no cooperaba.
—Le dije explícitamente que no intentara escapar.
—Y yo le dije explícitamente que no quería estar aquí.
—Hay situaciones mucho más importantes que sus deseos o los míos —su voz tan calmada me provocó pánico, sonaba como una amenaza—. Usted lo dijo, son criminales peligrosos, si logramos atraparlos, toda su operación caerá, el país podría respirar una vez más. Alégrese, podrá hacer un bien, ¿no dormiría más tranquila sabiendo que están tras las rejas?
Tenía un punto, uno muy bueno, pero no quería aceptar quedarme ahí. Tenía un trabajo como residente, tenía pacientes, tenía una vida que se había detenido. Sí, mi mundo se vino abajo con la traición de Ramsés, pero necesitaba hablarlo con él. No lo perdonaría, pero mi herida necesitaba una explicación y estando encerrada, no la recibiría.
—¿Ha pensado que tal vez algunos de los hombres de Ferrer están por obligación? —dije en un murmullo—. Tal vez están ahí bajo amenaza.
—Ah, sí, claro que sí.
—Bien, pues yo soy como ellos —ignoré su sarcasmo—. La diferencia es que, en mi caso, se supone que ustedes son los buenos.
Ambos nos miramos duramente por unos segundos, me sentía un poco ridícula atrapada en la ventana, pero mi ira era mucho mayor.
—Piense lo que quiera, mátese de hambre si quiere, pero recuerde que las huelgas de hambre no suelen ser exitosas.
—No tengo hambre —espeté—. Resulta, que estoy haciendo ayuno intermitente.
Justo en ese momento, mi estómago jugó una mala pasada y gruñó en protesta. El coronel sonrió cruelmente, como un cazador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria.
—Muy convincente.
Se dio la vuelta firmemente, pero lo detuve.
—¡Espere! —su zancada alcanzó la puerta—. ¿No va a ayudarme?
Giró la cabeza y me miró sobre su hombre, un brillo peligroso en su mirada.
—Usted se metió, estoy seguro de que podrá salir sin mi ayuda.
Maldito hombre, grosero, poco cortés, era un cabrón. Solté un grito de enojo y frustración, tardé cerca de una hora en lograr salir, al final, mis manos estaban mullidas y mi cadera dolía.
Jamás perdonaría al coronel. Lo odiaba, sentía una rabia descomunal, pero no entendía la razón, varios de sus puntos eran lógicos. Excepto que, yo no era un soldado, tampoco un héroe, siempre fui la chica obediente que necesitaba agradar, pero eso solo me condujo a la mierda.
Podría proponerle que me dejara ir, no diría una palabra de lo ocurrido, podría jurarle que me olvidaría de este suceso para siempre.
Pero él jamás lo aceptaría, llevaba un día de conocerlo, pero ya sabía que ese hombre era rígido como el hierro.
No sabía su historia, pero no me importaba, desde el momento en que me retuvo en contra de mi voluntad, se había convertido en un enemigo. La milicia existía para proteger a los civiles, pero estaban haciendo todo lo contrario conmigo. En este momento, demostraban ser tan malos como el clan Espinosa-Ferrer.
El coronel tenía razón, lo único que podía hacer era rezar por que su misión terminara pronto, pero eso significaría que papá podía terminar preso, o peor; muerto. No soportaría enterarme dos veces de su muerte.
