Capítulo 4 Capítulo 2
Desperté sobresaltada, mi corazón latía desenfrenado mientras trataba de ubicarme. La habitación minúscula y el techo agrietado me devolvieron a la cruda realidad: La milicia me había secuestrado, por querer hacer una buena acción, pagué con mi libertad.
Me incorporé lentamente, cada músculo de mi cuerpo protestaba por la tensión acumulada. La luz del sol se colaba tímidamente por la ventana blindada, burlándose de mi encierro. ¿Qué hora sería? No recordaba haberme quedado dormida.
Me asomé a través de la cortina, por la posición del sol, caía la tarde. Había dormido demasiado.
Miré mi reflejo en el pequeño espejo del baño. Tenía ojeras profundas, el cabello enmarañado y la bata blanca del hospital manchada de sangre seca. No tuve fuerzas para desvestirme, de cualquier forma, ni siquiera tenía muda de ropa.
Abrí la llave del lavabo y me lavé la cara con agua helada. El contacto me hizo temblar, pero necesitaba despejarme. Tenía que pensar, encontrar una salida, descubrir lo que había ocurrido con mi padre, ¿sería él? Si era él tenía que avisarle… ¿Qué?
Hacía poco más de quince años que no lo veía, mis recuerdos de él eran borrosos, como si una parte de mí prefiriera mantenerme en la ignorancia. Mi mamá siempre evitó hablar de él, las escasas veces que lo hizo, la tristeza embargaba su voz. Decía que se lo arrebataron, que la dejó sola.
Lo único que recordaba perfectamente era esa charla: “Augusto Espinosa no está contento, Carlos, si Ferrer se entera, tampoco lo estará.”
En ese entonces era una niña que no entendía, pero esos nombres los llevé impregnados en la mente conforme crecía y cuando ambos criminales se hicieron de fama, supe que mi padre, un contador común y corriente, cometió un error que lo llevó a trabajar para ellos.
Y cuando nos informaron de su muerte en una explosión provocada por Espinosa y Ferrer… Mi mundo cambió radicalmente. Si estaba vivo, tenía que encontrarlo, necesitaba saber la verdad, quería respuestas.
Aunque quisiera avisarle que lo estaba buscando el gobierno, no habría servido de nada, desconocía su ubicación, teléfono, ¿y si él ni siquiera me reconocía?
Pero él, así como yo, estaba trabajando en contra de su voluntad. No merecía ser acusado de nada.
Un golpe seco en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Doctora Báez, el coronel Carabelli quiere verla.
Era la voz de Morales, su tono sonaba más… Gentil. Tragué saliva trabajosamente, mi garganta estaba seca, seguro tenía deshidratación.
—Estoy... Necesito un momento.
—No es una sugerencia, doctora —hubo un titubeo en su voz—. Tiene cinco minutos.
Enfadada, corrí a la puerta de entrada y la abre de un duro jalón, pero Morales se había ido. Sorpresivamente, en el suelo había varias mudas de ropa, un plato con comida y una jarra con agua. Sin pensarlo me empiné la jarra.
A pesar de tener límite de tiempo, tomé una ducha rápida, me sentía asqueada, sudorosa, si iba a enfrentarme a mi destino, al menos quería estar presentable. Mi cabello enmarañado no tenía solución sin cepillo, así que desistí de peinarlo, esperaba no ser el hazmerreír.
Llegué al final del pasillo y me encontré con Morales quien parecía venir de regreso, al verme, soltó un gruñido.
—Dije cinco minutos —su expresión era neutral, pero su tono; molesto—. Me gané un regaño por tu culpa.
Bien. No pensaba sentirme culpable, un regaño era lo mínimo que merecía después de haberme metido en este terrible aprieto.
La casa, ahora con luz diurna, parecía cada vez menos de descanso. Tenía aura militar, sí. Paredes blancas, puertas numeradas, señalamientos y alguno que otro soldado patrullando. Qué pésimo uso le dieron a la hermosa casa.
Morales se detuvo frente a la misma puerta de ayer. Tocó dos veces.
—Adelante —la voz grave de Jano resonó desde el interior, por alguna razón, me recorrió un escalofrío.
Esta vez presté más atención a la oficina: un escritorio sobrio, un mapa enorme colgado en la pared con varias marcas rojas, y una pequeña estantería llena de libros, mayormente de estrategia militar, algunos otros tenían portadas opacas y lisas.
Jano estaba de pie frente al mapa, su uniforme impecable a pesar de la hora temprana. Cuando se volteó, esos ojos verdes me atravesaron nuevamente.
—Tarde, doctora —su voz fue como un látigo—. Espero que no sea impuntual con los pacientes en urgencias.
—Le salvé la vida a uno de sus hombres —mascullé—. Creo que eso habla de mi trabajo.
No movió ni un solo músculo de su rostro, le sostuve la mirada lo más que pude, debo decir que fue un tiempo del que me sentí orgullosa, pero al final, mi miedo venció.
Aparté la mirada y, sin pedir permiso, tomé asiento.
Jano me imitó. Con movimientos firmes, pero elegantes, sacó una carpeta de un cajón y la abrió frente a mí.
—Esta es la lista de tareas que deberá cumplir mientras esté aquí.
Miré el papel. Era una lista detallada: Clasificar insumos médicos, realizar chequeos al personal, estar disponible para emergencias las veinticuatro horas, instruir a los soldados en primeros auxilios.
Tenía que ser una broma, esto era un trabajo de tiempo completo. Además, la última actividad me alarmó.
—¿Instruir en primeros auxilios? —levanté la vista—. Creía que los militares debían tener mínimos conocimientos de algo tan básico.
—Es fundamental, claro que tienen más que mínimos —recalcó la palabra— conocimientos, pero deben estar en constante aprendizaje.
Rodé los ojos y repasé la lista. No me sentía cómoda con eso.
—También es necesario que se familiarice con el equipo y los protocolos —su tono no admitía réplica—. Estará un buen rato, vaya acostumbrándose.
Me mordí el labio, duramente, el dolor fue agudo, probar el sabor de la sangre me ayudó a armarme de valor.
—Esto es un trabajo a tiempo completo, mis honorarios…
—Su trabajo es obedecer —La frialdad de sus palabras me golpeó—. Todos aquí tienen un salario, recibirá el suyo. Será lo que el gobierno crea conveniente.
Este no era el hombre que me había sostenido cuando casi me desmayé anoche. Este era el coronel, el cazador despiadado.
—No voy a hacerlo —las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. No voy a quedarme aquí como su prisionera.
Jano cerró la carpeta lentamente. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio. La distancia entre nosotros se redujo y pude oler su colonia, algo fresco y peligroso.
