Capítulo 3 Capítulo 1b
—Siéntese, doctora Báez —sentí un ligero empujón, era el hombre castaño—. Déjenos, Morales, muchas gracias.
Su tono de voz era grave, controlado. Escuché la puerta cerrarse, pero seguí de pie, mis pies estaban clavados.
—Quiero irme —mi voz fue un susurro—. Hice lo que pidieron, por favor.
Una sonrisa mínima curvó la comisura de sus labios.
—Me temo que eso no es posible —se puso de pie y se acercó a mí con la mano extendida—. Soy el coronel Jano Carabelli. Y es mi deber informarle que, al conocer el rostro de mis hombres, no puedo dejarla ir.
El mundo dio un giro, no sabía si para mal o para bien.
—¿Coronel? —el título resonaba en mi cabeza— ¿Son militares?
—Fuerzas especiales. Operación clasificada —al ver que no estreché su mano, caminó alrededor del escritorio, todos sus movimientos parecían calculados—. Nuestro médico murió hace un par de horas durante una redada, el plan era traer a otro en unos días, pero usted se reclutó sola, ¡Felicidades!
—¡Me secuestraron! —exclamé enfadada—. Dijeron que podían regresarme.
—La operación es clasificada, nadie debe conocer lo que hacemos ni quienes somos, usted sola se metió en esta situación.
—No se atreva a culparme, nadie me dijo lo que ocurría, creí que una vez terminado el trabajo me matarían —la ira me invadió, burbujeaba en mi estómago—. ¿Qué creía que pensaría después de ser amenazada con armas? Vi la oportunidad de pelear y la tomé.
Jano me miró, fue tan intensa, que me sentí vulnerable, pude jurar que leía mi mente, que conocía hasta mi más oscuro secreto. A pesar de querer encogerme, me obligué a mantener la cabeza erguida, sin embargo, mis piernas flaquearon y perdí el equilibrio.
Tan rápido como un relámpago, el coronel me sostuvo antes de caer. Su tacto cálido me estremeció, no pude evitar sentir un cosquilleo recorrer mi brazo. Inmediatamente me separé de él.
—Estoy bien —no pude mirarlo a los ojos—. Solo… Déjeme.
Tomé asiento, de pronto el cansancio acumulado cayendo sobre mis hombros.
Durante un par de minutos nos quedamos en silencio, él observándome desde detrás del escritorio, yo evitándolo y tratando de no caer dormida en ese momento.
—¿No hay forma de poder irme?
—La misión es muy importante, lo único que puede hacer es rezar para que la cumplamos pronto.
A pesar de sentirme frustrada, me di cuenta de que al menos me tocó con gente del gobierno, habría sido peor terminar con un cartel.
—¿Cuál es su misión? —cuestioné, agotada.
Los ojos verdes de Jano brillaron con algo oscuro, peligroso. Tardó unos segundos en responder.
—Cazar a los dos criminales más peligrosos del país. Augusto Espinosa y Santiago Ferrer.
El aire abandonó mis pulmones, el mundo se derrumbó a mis pies. Conocía esos nombres, dios, los conocía demasiado bien. Fueron los hombres que asesinaron a mi padre.
Cambiamos de nombre, vivienda y dejamos atrás a nuestros conocidos para evitar que también nos mataran a nosotras.
El coronel me miraba fijamente, me obligué a mantener una expresión neutral, aunque por dentro me estaba quemando. Mi padre fue el contador de ambos, según palabras de mi madre, fue reclutado a la fuerza, al negarse a seguir trabajando para ellos, se deshicieron de él.
Hacía más de quince años que eso ocurrió.
El rostro de Jano se endureció al notar el mínimo cambio en mí, por dios santo, el coronel era malditamente bueno, con razón tenía el cargo en el que estaba.
—¿Los conoce?
—Todos los conocemos —mentí, mi voz murmurando—. Han sido noticia un par de veces y usted mismo lo dijo, son de los más peligrosos.
El silencio se extendió entre nosotros como una hoja de bisturí. Mis palabras eran reales, hace un par de años, ambos desataron el terror en el país cuando se enfrentaron uno contra el otro, mucha gente murió en fuego cruzado. Y ahora resultaba que trabajaban juntos.
—Bien. Entonces entiende la importancia de esta operación—se cruzó de brazos—. A partir de ahora, vivirá aquí. Atenderá a mis hombres —se inclinó ligeramente hacia adelante, amenazador—. Intente escapar, y las consecuencias serán severas. ¿Queda claro?
Lo miré era un hombre común y corriente, pero era un cazador, alguien despiadado con el enemigo, no querría ser su enemigo.
Lo miré lo más duramente que pude y asentí.
Jano se puso de pie, abrió la puerta y descubrió al de cabello castaño al otro lado.
—Morales, asígnenle a la doctora una habitación, ayúdala a conseguir lo que haga falta.
Di unos pasos para alejarme, pero la voz dura del coronel me detuvo.
—Espere —un escalofrío me recorrió—. Buscamos a este hombre, es quien nos llevará a ambos hombres. Si alguna vez se lo cruzó en la calle, agradeceríamos que nos dijera donde. Cualquier pista es de utilidad.
Me extendió una fotografía bastante cuidada, al verla, sentí que moriría: Era mi padre. Las arrugas lo hacían ver mayor, su mirada apagada distaba mucho de lo que recordaba de él.
Pero estaba vivo. Malditamente vivo.
Necesité de toda mi fuerza de voluntad para no mover ni un músculo. Tragué saliva y miré directamente al coronel.
—Jamás lo he visto.
Salí de la oficina con las piernas temblorosas y el estómago revuelto. El pasillo parecía hacerse cada vez más pequeño, en cualquier momento me asfixiaría. Mis hombros pesaban y el dolor en mi pecho se volvía insoportable.
En una sola noche, había perdido todo: mi prometido, mi libertad, mi futuro.
Y ahora estaba atrapada en el corazón de la operación que me tiró en la cara una verdad: Mi padre estaba vivo. Después de quince años creyéndolo muerto…
Morales me mostró la habitación, era minúscula, al menos la ventana era amplia.
La puerta se cerró tras de mí con un clic definitivo, firmando mi sentencia.
Esperé un par de segundos para que el soldado se alejara, todavía me asomé para verificar que nadie estuviera espiando. No era tan tonta como para querer escapar por la puerta de entrada, pero correr hacia el bosque en medio de la noche a través de mi ventana no sonaba tan descabellado.
Intenté abrir la ventana, pero estaba trabada, golpeé, empujé, incluso intenté romperla, pero fue imposible, ¿era blindado? Increíble, de verdad que construyeron este lugar pensando en todo.
Tenía un baño con regadera y excusado, la ventana de ahí sí abría, pero era tan angosta, que apenas un niño bajo de peso cabría.
No tenía teléfono, ni ropa, ni nada. Estaba sola.
Me acosté sobre la cama, el oscuro techo me devolvió la mirada. Y entonces rompí en llanto, dejé que mis sollozos desahogaran la traición, el dolor. No había sido suficiente, ¿qué hice mal? Siempre me esforcé por ser la chica buena, pero de nada había servido.
Soñaba con una vida de ensueño, un marido ejemplar, que se enorgulleciera de mi trabajo ayudando a las personas, que me hiciera sentir valiosa. Quería una casa, una familia… Solo quería ser feliz. Y lo estaba logrando, de verdad sentía que estaba viviendo la vida de mis sueños.
Pero en pocas horas mi vida se convirtió en pesadilla.
