La Curvy y el heredero mafioso

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Capítulo 5 Capítulo 5: Nadie es tan perfecto

POV: Drea Sorrentino

​El sonido del fragmento de mármol golpeando el suelo resonó en el estudio como un disparo.

​Me quedé sin aliento. Mi espalda seguía ardiendo allí donde su pecho había presionado contra mí unos segundos antes. El olor a su colonia —una mezcla embriagadora de cedro y algo cítrico— me tenía la mente completamente nublada.

​Rápidamente, di un paso lateral, escapando de la prisión que formaban sus brazos y la mesa de trabajo. Mis manos temblaban tanto que tuve que apretar el cincel y el mazo para no dejarlos caer de forma patética.

​—Yo... creo que ya entendiste el punto —murmuré, manteniendo la vista fija en el ala del ángel de piedra. Ni siquiera me atrevía a mirarlo. Estaba segura de que mi cara tenía el color de un tomate maduro.

​Valentino no me siguió. En lugar de acorralarme de nuevo con esa presencia oscura y depredadora que me había paralizado, retrocedió. Cuando finalmente me armé de valor para alzar la vista, me encontré con algo que me descolocó por completo.

​Su postura relajada. Sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro. Y una sonrisa... suave. Galante. Como si de repente alguien hubiera cambiado al chico malo de la academia por un caballero de otra época.

​—Lo entendí a la perfección —dijo, su voz profunda perdiendo el filo cortante y adoptando un tono que casi parecía terciopelo—. Tienes un talento excepcional, Gordita.

​Me congelé.

​La palabra me golpeó como un balde de agua helada. Gordita. Durante un segundo, todos mis traumas de la preparatoria volvieron a golpearme. Esperé la risa burlona. Esperé que mirara a la puerta, donde seguramente estarían sus amigos de la élite listos para soltar una carcajada por haberme creído el juego.

​Apreté los labios, sintiendo el escozor de las lágrimas en los ojos, y dejé las herramientas sobre la mesa con brusquedad.

​—No tienes que burlarte —dije, mi voz temblando a pesar de mis esfuerzos por sonar digna—. Ya te ayudé con la técnica. Me voy.

​Agarré mi cuaderno de bocetos contra mi pecho, lista para huir, pero él fue más rápido. Se interpuso en mi camino antes de que pudiera dar tres pasos hacia la salida, pero mantuvo una distancia respetuosa. No intentó tocarme esta vez.

​—Ey, ey... fermati —dijo suavemente, levantando ambas manos en señal de rendición. Su ceño estaba fruncido, y sus ojos ámbar me miraban con lo que parecía una preocupación genuina—. No me estoy burlando de ti, Drea. Te lo juro.

​—Me llamaste gordita —le reproché, odiando lo vulnerable que sonaba.

​Valentino ladeó la cabeza, y esa sonrisa suave y arrebatadora volvió a sus labios.

​—En italiano, usar un diminutivo no es un insulto, es un término de cariño. —Dio medio paso hacia mí, mirándome con una intensidad que me hizo tragar saliva—. Y para que quede claro, no lo dije como un defecto. Las mujeres que parecen un suspiro a punto de romperse me aburren. Tú tienes presencia. Eres real.

​El corazón me dio un vuelco. Nadie que no fuera mi madre o mi padre me había hablado de mi cuerpo sin que sonara a una crítica disfrazada. Y que lo hiciera él... Valentino Bortolotti, el chico que podía tener a cualquier supermodelo europea con solo chasquear los dedos, me dejó sin defensas.

​Me miraba como si fuera... valiosa. Como si estuviera frente a una de esas damas de las novelas románticas que yo leía a escondidas bajo las sábanas.

​—Yo... —balbuceé, bajando la mirada hacia mis zapatos desgastados—. De todos modos... ya es tarde. El guardia cerrará el edificio pronto.

​—Tienes razón. —Valentino se giró, tomó un paño limpio de su estación y se limpió el polvo de las manos. Luego, caminó hacia el perchero y descolgó mi abrigo, un chaquetón gris que era dos tallas más grande que la mía—. Permíteme.

​Me quedé inmóvil, parpadeando con incredulidad mientras él sostenía el abrigo abierto para mí. Era un gesto tan educado, tan caballeroso, que sentí que había caído en un universo paralelo.

​Con timidez, me di la vuelta y deslicé mis brazos por las mangas. Valentino acomodó la tela sobre mis hombros. Sus dedos rozaron la nuca de mi cuello, justo donde mi cabello se había escapado del moño. Fue un roce levísimo, inocente, pero dejó un rastro de fuego sobre mi piel.

​—Gracias por tu ayuda hoy, Drea —murmuró a mi espalda. Luego, se adelantó para abrir la pesada puerta de madera del estudio, cediéndome el paso.

​Caminamos juntos por los pasillos vacíos de la academia. Yo iba abrazada a mi cuaderno, sintiéndome diminuta junto a su altura imponente, y al mismo tiempo, extrañamente protegida. Él no intentó forzar una conversación. Solo me acompañó en silencio, ajustando sus zancadas largas a mis pasos más cortos.

​Al llegar a las grandes puertas de la entrada principal, el aire frío de la noche florentina nos golpeó el rostro. La ciudad estaba iluminada, hermosa y melancólica.

​—¿Te recogen o tomas el tranvía? —preguntó, deteniéndose en el primer escalón.

​—Tomo el tranvía. La parada está a un par de calles.

​Valentino asintió. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo y me sonrió de esa forma que hacía que las rodillas me temblaran. No había malicia. No había peligro. Solo... encanto. Un encanto puro y clásico.

​—Que tengas buenas noches, Gordita —dijo. Su voz arrastró las sílabas del apodo, dándole una cadencia cantarina y dulce que desarmó cualquier rastro de mi indignación anterior—. Nos vemos en clase.

​No me ofreció llevarme. No intentó pasarse de la raya. Simplemente hizo una leve inclinación de cabeza, como un caballero despidiéndose de una dama, y caminó en dirección opuesta, hacia el estacionamiento donde sabía que dejaba su coche deportivo.

​Me quedé de pie en la escalinata, apretando el cuaderno contra mi pecho, sintiendo que el corazón me latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.

​Clara se equivocaba. Valentino no era un depredador, ni un cretino arrogante. Había sido respetuoso, galante e increíblemente dulce. Era como un príncipe de un cuento de hadas que de repente había decidido fijarse en la chica que siempre se sentaba al fondo del salón.

​Pero mientras caminaba hacia la parada del tranvía, incapaz de borrar la tonta sonrisa de mis labios, una pequeña voz en mi interior, esa que había heredado de los Olivares, me susurró una advertencia que ignoré por completo.

​Nadie en este mundo es tan perfecto.

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