Capítulo 4 Capítulo 4: No muerdo
POV: Valentino Bortolotti
El estudio de escultura estaba desierto, sumido en esa quietud polvorienta que solo se sentía cuando el sol comenzaba a ocultarse sobre el horizonte de Florencia. La luz dorada se filtraba por los enormes ventanales, bañando mi bloque de mármol a medio terminar.
Apoyé la cadera contra la mesa de trabajo, cruzándome de brazos mientras observaba la puerta. Faltaban dos minutos para la hora acordada.
Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi pantalón. Lo saqué con pereza. Era un mensaje de Edoardo:
«¿Ya está la tortuga en la red, fratello? Cuidado, no te vayas a morir de aburrimiento antes de la gala.»
Bloqueé la pantalla sin dignarme a responder. Edoardo era un idiota con demasiado dinero y poco cerebro, pero tenía razón en algo: esto era un simple juego. Un trámite. Seducir, exhibir, desechar y cobrar mis llaves.
Exactamente a la hora en punto, la pesada puerta de madera del estudio crujió al abrirse.
Drea Sorrentino se asomó primero, como si esperara que le lanzaran algo a la cabeza. Cuando sus ojos verdes me encontraron, se quedó congelada en el umbral. Llevaba unos jeans oscuros y otro de esos infames suéteres de lana gruesa, este de color granate, que la cubría desde el cuello hasta la mitad de los muslos. Llevaba el cabello rubio recogido en un moño desordenado, asegurado con un par de lápices.
—Llegas a tiempo —dije, rompiendo el silencio. Mi voz resonó en el enorme salón vacío.
Drea tragó saliva y entró, cerrando la puerta tras de sí con excesivo cuidado. Caminó hacia mí abrazando un cuaderno de bocetos contra su pecho, como si fuera un escudo antibalas.
—Yo... sí. El profesor Bianchi nos dejó salir temprano —murmuró, deteniéndose a una distancia que ella seguramente consideraba segura, a unos dos metros de mí.
La observé en silencio, dejando que la tensión se acumulara. Esa era otra táctica. El silencio incomoda a la presa, la hace hablar, la hace exponer sus debilidades. Y Drea estaba repleta de ellas. Su respiración era superficial y evitaba mirarme directamente, enfocando sus ojos en la estatua de mármol detrás de mí.
—Acércate, Sorrentino. No muerdo. A menos que me lo pidan, claro —solté la provocación en un tono bajo y sedoso, con una media sonrisa.
El efecto fue inmediato. Un rubor furioso le subió por el cuello hasta las mejillas pecosas. Apretó más el cuaderno contra su pecho, pero dio un par de pasos vacilantes hacia la mesa de trabajo.
—El... el mármol —tartamudeó, intentando desesperadamente llevar la conversación a un terreno seguro—. Dijiste que el profesor te pidió más delicadeza.
Me aparté de la mesa y le hice un gesto para que se acercara a la piedra.
—Dijo que mi técnica es un carnicería. Que trato al mármol de Carrara como si fuera mi enemigo personal. —Me encogí de hombros, fingiendo molestia—. Yo creo que solo le tiene envidia a mi precisión, pero si quiero la máxima nota, necesito que la figura respire. Y tú eres experta en eso.
Drea finalmente despegó la vista de sus propios zapatos y miró la escultura. Era la figura de un ángel caído, las alas a medio esculpir, el rostro contorsionado en una expresión de furia y agonía. Era crudo. Era brutal. Era exactamente cómo me sentía respecto a mi futuro en la Camorra.
Por un momento, Drea pareció olvidar quién era yo, sus inseguridades y el estúpido suéter que llevaba. Sus ojos verdes se afilaron, perdiendo la timidez y llenándose de una luz profesional que me tomó por sorpresa. Dejó su cuaderno sobre la mesa y pasó las yemas de los dedos por la superficie rugosa de la piedra, acariciándola con una reverencia que me provocó un extraño e inesperado calor en el estómago.
—Es magnífico —susurró, su voz firme por primera vez—. La tensión en los tendones... la furia. Está vivo, Valentino.
Escuchar mi nombre de sus labios, sin el tartamudeo, sin el miedo, me provocó un pequeño cortocircuito.
—Pero... —continuó ella, inclinándose un poco para observar las plumas de las alas—. Bianchi tiene razón en algo. Eres demasiado agresivo con el cincel aquí. El mármol no se domina con fuerza bruta. Tienes que convencerlo de que se rompa donde tú quieres. Mira.
Tomó el cincel y el mazo de madera que yo había dejado en la mesa. Las herramientas se veían enormes y peligrosas en sus manos pequeñas.
Me acerqué a ella, parándome justo detrás, tan cerca que pude aspirar nuevamente ese maldito olor a vainilla y durazno que emanaba de su cabello.
—Muéstrame, entonces, pequeña tortuga —murmuré cerca de su nuca, usando el apodo que sabía que odiaba, solo para ver cómo reaccionaba.
Drea se tensó de pies a cabeza. El cincel tembló en su mano. Sabía que estaba jugando sucio, invadiendo su espacio de una forma que la dejaba acorralada entre la piedra y mi cuerpo.
—No... no me llames así —dijo en un hilo de voz, aunque no se apartó.
—¿Por qué no? —Levanté las manos y, despacio, cubrí las suyas con las mías. Mis palmas, callosas y grandes, envolvieron sus dedos sobre las herramientas. Estaba helada, mientras que yo ardía—. Me parece un apodo tierno para alguien que siempre intenta esconderse en su propio caparazón.
La respiración de Drea se cortó. El contacto de mi pecho contra su espalda, aunque amortiguado por la maldita lana, hizo que un escalofrío le recorriera la columna. Y yo lo sentí todo.
—Relaja las manos, Drea —le ordené en un susurro, guiando sus brazos hacia el ala de piedra—. Si estás rígida, el golpe transferirá tu miedo a la piedra, y la romperás. Tienes que fluir.
—Es... es difícil fluir si no me das espacio —logró articular. Fue un intento valiente de defenderse, lo admito.
—Este es todo el espacio que necesitas ahora mismo —repliqué, bajando la cabeza hasta que mis labios casi rozaron la caracola de su oído—. Golpea.
Bajo mi guía, Drea dejó caer el mazo sobre el cincel. El golpe fue seco, preciso. Un pequeño fragmento de mármol saltó por los aires, dejando una curva suave y perfecta en la pluma del ángel.
—¿Ves? —murmuró ella, girando la cabeza ligeramente hacia mí.
Nuestros rostros quedaron a centímetros. Sus ojos verdes estaban inyectados de adrenalina, pánico y algo más. Algo oscuro y latente que reconoció la bestia en mí. Por primera vez desde que hice la estúpida apuesta con Edoardo, me di cuenta de que Drea Sorrentino no iba a ser tan aburrida como pensé.
Escondía fuego bajo esos suéteres horribles. Y de repente, tuve unas ganas incontrolables de quemarme un poco.
Al menos esto no sería tan aburrido, Drea era talentosa, cuando creaba se transformaba en alguien interesante.
