La curvy obsesión del Alfa

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Capítulo 7 La decisión de la loba herida.

Narra Charlotte:

Desperté con un sobresalto, sintiendo el cuerpo aún dolorido, y la mente envuelta en niebla. La habitación era enorme, mucho más de lo que jamás había tenido en la mansión Dupont en donde mi padre, por capricho de Juliette, me hacía dormir en un pequeño dormitorio en el área de la mansión destinada para los sirvientes.

Las paredes eran de un tono crema suave, con molduras doradas que brillaban bajo la luz que entraba por las cortinas entreabiertas. La cama era grande, con sábanas de seda blanca que olían a lavanda fresca. A mi lado, en la pared contigua, había una puerta de madera oscura con un pomo de bronce. Una puerta que comunicaba directamente con la habitación de Raphael. Lo supe en cuanto la vi.

¿Por qué me habían elegido esta habitación justo al lado de la que pertenecía al Alfa de la manada? Me cuestioné en silencio.

Me incorporé lentamente, abrazándome a mí misma. El movimiento provocó una punzada aguda en mi espalda; los latigazos ardían como fuego fresco. Cerré los ojos y respiré hondo, pero los recuerdos ya venían como olas.

Recordé cada vez que mi padre, Henri Dupont, había levantado el látigo por las mentiras de Juliette. “¡Charlotte me golpeó otra vez, papá, esta celosa de que el vestido nuevo se me bien mientras que los de ella le quedan apretados!”, gritaba mi hermana gemela entre lágrimas falsas. Y yo recibía los golpes mientras Sebastian corría al lado de mi gemela, consolándola con esa ternura que nunca me dedicó a mí. Juliette siempre me miraba después, con una sonrisa de desprecio oculta tras su máscara de víctima.

“Pobre Charlotte, tan celosa…tan fea por dentro y por fuera”. Sebastian se reía bajito, susurrándole algo al oído que la hacía brillar de satisfacción.

Ahora estaba aquí; desterrada después de ser desnudada frente a todos. Y el Alfa más poderoso de las tierras me había ofrecido un trato: un año a su lado. Si después de ese tiempo seguía rechazándolo, me liberaría sin marcas, con dinero suficiente para nunca volver a suplicar a la manada que me había echado.

Pero, realmente, ¿Podía confiar en él?

Los dos primeros días pasaron en una bruma de dolor y cuidados. Las lobas sirvientas de la mansión Tudor entraban y salían en silencio, aplicando ungüentos frescos en mis heridas. Sus manos eran suaves, sus voces bajas.

—Nuestro alfa es tan noble… —murmuraba una de ellas mientras cambiaba las vendas. — A pesar de todo su poder, nunca levanta la mano contra una hembra. Es gentil, incluso cuando su lobo ruge. —

—La otra noche cargó a la nueva loba en brazos frente a todos. — añadió la otra, con admiración. — Ningún alfa de su rango se rebajaría así, pero dicen que su lobo la eligió desde el primer momento. —

Yo escuchaba en silencio, fingiendo dormir.

Desde la ventana de mi habitación podía ver el patio interior. Allí estaba Raphael, sin camisa, ayudando a los lobos peones a levantar vigas pesadas para reparar un granero. Sus músculos se tensaban con cada esfuerzo, pero lo hacía con facilidad, riendo cuando uno de ellos bromeaba. Más tarde, se arrodilló en la hierba para jugar con los niños lobos pequeños. Los cargaba en hombros, les dejaba ganar en una carrera improvisada y les revoloteaba el cabello con una sonrisa genuina.

Sonreí sin darme cuenta. No parecía el monstruo poderoso que todos temían. Parecía bueno…genuinamente bueno.

Tal vez sí era piedad lo que sentía por mí; una lástima por la loba gorda y rechazada que nadie había querido mantener a su lado. Pero piedad era mejor que crueldad. Un año de paz, de curación, y luego libertad.

Podía soportarlo. Después de todo lo que había vivido, un año no era nada.

Al tercer día, el dolor en mi espalda había bajado un poco, pero aún cojeaba al caminar. Me puse un vestido sencillo de color azul claro que las sirvientas habían dejado para mí, y me sorprendí al ver que era de mi talla, y no de la talla de Juliette; mi padre solía comprar ropa idéntica para nosotras, pero que a mí me quedaba al menos un par de tallas más chica, y al verme obligada a usar eso o estar desnuda, todos se burlaban al ver como los vestidos me quedaban demasiado apretados, al punto de casi romperse, mientras que a ella le lucían perfectos. Ver que por primera vez tenía algo de mi propia talla, me conmovió.

Salí de la habitación con pasos cuidadosos y bajé al jardín. Las rosas blancas brillaban bajo el sol de la tarde, y admiré sus pétalos suaves y perfectos. Caminé entre ellas, respirando su aroma dulce, meditando mi respuesta una y otra vez.

¿Aceptar? ¿Rechazar y pedir que me dejara en algún pueblo lejano hoy mismo?

Estaba tan perdida en mis pensamientos que no noté cómo mis piernas flaqueaban debido a la debilidad. El mundo giró de repente. Mis rodillas cedieron y empecé a caer hacia el suelo de grava.

En ese momento, un par de brazos fuertes me sostuvieron antes de que tocara tierra. El aroma a cedro y bosque profundo me envolvió al instante.

Era Raphael.

Me aparté rápidamente de su agarre, aunque mi cuerpo protestó por el movimiento brusco. Levanté la mirada y lo encontré observándome con esa intensidad azulmarina que me desarmaba.

—Tengo… tengo mi respuesta. —dije, con la voz más firme de lo que esperaba.

Raphael se quedó muy quieto, esperando.

Lo miré directamente a los ojos.

—Acepto. Viviré un año a tu lado. Pero te ruego…te ruego que mantengas tu promesa. Si al final de ese año sigo rechazándote, me dejarás ir libre, sin marcas, sin deudas. Júramelo. — le dije como una súplica.

Una sonrisa lenta y satisfecha curvó sus labios.

—Te lo juro por la diosa luna y por mi manada, Charlotte. Mantendré mi palabra. — me respondió.

Antes de que pudiera prepararme, Raphael dio un paso adelante, tomó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas y me besó.

Fue un beso apasionado, profundo, lleno de hambre contenida y algo más suave que no supe identificar. Sus labios eran firmes y calientes contra los míos, y por un segundo, mi cuerpo traicionero se derritió, respondiendo sin permiso.

Entonces el recuerdo me golpeó como un latigazo.

Sebastian.

Mi primer beso que había sido robado en un pasillo oscuro de la mansión Dupont. Él me había acorralado, presionando sus labios contra los míos con fuerza. Cuando se apartó, él se rio en mi cara y me dijo la verdad: “Perdí una apuesta con mis amigos. Tenía que besar a la gordita celosa. Nunca había sentido tanto asco en mi vida”. Sus palabras aún ardían como veneno.

El pánico me invadió. Lágrimas calientes llenaron mis ojos. Me zafé del agarre de Raphael con un movimiento desesperado, empujándolo con todas mis fuerzas.

—Lo siento… —susurré con la voz rota.

Corrí. Cojeando, lastimada, con el corazón latiendo desbocado, y subí las escaleras hasta mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Me dejé caer contra la madera, deslizándome hasta el suelo mientras las lágrimas corrían en silencio por mis mejillas.

Afuera, en el jardín, Raphael se quedó de pie entre las rosas blancas, con una expresión de sorpresa y algo parecido al dolor cruzando su rostro.

Yo solo podía llorar en silencio, abrazándome las rodillas, preguntándome si alguna vez lograría escapar de las sombras que Sebastian y Juliette habían dejado en mí.

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