La curvy obsesión del Alfa

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Capítulo 6 El aroma de lo que no se puede rechazar.

Narra Raphael:

El trayecto hasta la mansión Tudor fue silencioso. Demasiado silencioso. Estaba claro que ella no recordaba nuestra noche juntos en ese bar…ella no me recordaba.

Charlotte no pronunció una sola palabra desde que despertó en mis brazos en el bosque. Se quedó quieta contra mi pecho, envuelta en mi saco, mirando por la ventanilla del todoterreno negro mientras los árboles daban paso a las luces lejanas de nuestro territorio. Mis hombres conducían en absoluto silencio; sabían que cuando yo estaba así de quieto, era mejor no hablar.

Yo, en cambio, no podía dejar de observarla. Su perfil bajo la luz tenue del interior del vehículo, el cabello negruzco y sedoso revuelto, las marcas rojizas de los latigazos que asomaban por el cuello del saco…y ese aroma. Dulce, cálido, con un toque de rosas, de vainilla y algo más salvaje que mi lobo reconocía al instante.

Era embriagador.

Cuando los vehículos se detuvieron frente a la mansión, Charlotte levantó la vista y sus ojos se abrieron con genuina sorpresa. La enorme residencia Tudor se erguía imponente bajo la luna: tres pisos de piedra gris y madera oscura, ventanales altos que reflejaban la luz plateada, jardines perfectamente cuidados y torres laterales que brillaban con luces cálidas dando una visión de solemnidad única. Era lujo, sí, pero también poder. El corazón de la manada Roshan.

Bajé primero y le ofrecí la mano. Ella dudó un segundo antes de tomarla, aún envuelta en mi saco como si fuera una armadura improvisada. Caminamos juntos por el pasillo principal, y escuché a sus pies descalzos resonando sobre el mármol frío. Vi cómo su mirada recorría los candelabros de cristal, los tapices antiguos con el emblema de Roshan, las estatuas de lobos talladas en obsidiana que parecían vigilantes atentos y silenciosos. Se asombraba en silencio, pero no dijo nada.

—Déjennos solos. —ordené a mis betas cuando llegamos a la puerta de mi estudio privado.

La habitación era amplia, con estanterías que llegaban al techo llenas de libros antiguos, un escritorio de caoba maciza y un ventanal que daba al bosque privado. La chimenea estaba encendida, proyectando sombras danzantes en las paredes.

La puerta se cerró con un clic suave. Estábamos solos.

Charlotte se quedó de pie en el centro de la habitación, abrazándose a sí misma, como si no supiera que decir o cómo actuar. Me acerqué lentamente, como quien se acerca a un animal herido que aún puede morder.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, la acorralé contra la pared con mi cuerpo, sin tocarla del todo, pero impidiendo que escapara. Bajé la cabeza y respiré profundamente junto a su cuello, inhalando ese aroma delicioso que me había perseguido desde el momento en que la vi en la ceremonia.

—Hueles delicioso. —murmuré contra su piel, mi voz ronca por el deseo contenido. — Como vainilla caliente, rosas de campo, y el bosque después de la lluvia desembocando en el rio. Mi lobo no deja de repetirlo. —

Charlotte se sonrojó violentamente. Sus mejillas se tiñeron de rojo y empujó mi pecho con ambas manos, intentando apartarme. No lo logró, pero tampoco la forcé. Solo retrocedí un paso, dándole un mínimo de espacio.

—No… —susurró, con la voz temblorosa. — Yo no soy digna de un alfa tan poderoso como tú, Raphael. Por favor, déjame en paz. No quiero ser la caridad de nadie. No quiero ser tu trofeo para humillar a Sebastian. Te agradezco lo que hiciste por mi esta noche, pero me iré. — me respondió.

Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba. No por el rechazo en sí, sino por la forma en que se veía a sí misma. Como si realmente creyera que era menos.

Me acerqué de nuevo, esta vez con más cuidado, acorralándola otra vez contra la pared. Mis manos se apoyaron a ambos lados de su cabeza, encerrándola sin tocarla.

—Mi lobo interior ha hablado claro, Charlotte. —dije, mirándola directamente a los ojos. — Te quiere a ti como compañera. A nadie más. No es un capricho. No es piedad. Es instinto. Es destino. — le aseguré sin mentirle.

Ella negó con la cabeza, y sus ojos grises brillaron con lágrimas contenidas.

—No. Te rechacé en la ceremonia y te rechazo ahora. No puedo… no quiero esto. — me respondió.

El rechazo dolió, pero no me sorprendió. Había esperado resistencia. Lo que no esperaba era la fuerza con la que mi lobo se negaba a aceptarlo.

Volví a acorralarla, esta vez más cerca, con mi aliento rozando sus labios.

—No acepto tu rechazo. —declaré con voz firme. — Pero tampoco voy a tomarte ni a marcarte a la fuerza. No soy como Sebastian. No soy basura que necesita romper a una mujer para sentirse alfa. —

Hice una pausa, dejando que mis palabras calaran.

—Te pido un año, Charlotte. Un año viviendo aquí, en mi mansión, bajo mi protección. Juro por mi manada y por la diosa luna que no te marcaré ni te tomaré contra tu voluntad. Solo…déjame mostrarte quién eres realmente. Si al final de ese año sigues rechazándome, te dejaré ir. Sin marcas de rechazo. Sin deudas. Te daré suficiente dinero para que nunca tengas que volver con el padre que te desterró ni con la hermana que te traicionó. Serás libre de verdad. — le prometí.

Charlotte me miró en silencio durante largos segundos. Podía oír su corazón latiendo con fuerza, el olor de su miedo mezclado con algo más…curiosidad, quizás. O esperanza.

Tomé su mano con gentileza, la levanté y deposité un beso lento en el dorso, con mis labios rozando su piel suave. Sentí cómo se estremecía.

—Tienes tres días para responderme. —susurré contra sus nudillos. — Tres días para decidir si quieres darme esa oportunidad…o si prefieres que te deje en algún lugar lejano mañana mismo. —

Solté su mano con cuidado y di un paso atrás, dándole espacio por primera vez desde que entramos al estudio.

Charlotte se quedó allí, contra la pared, con mi saco aun cubriéndola, el rostro sonrojado y los ojos llenos de emociones contradictorias. No dijo nada más.

Yo tampoco. Solo la observé un momento más, memorizando cada detalle de su expresión, antes de girarme hacia la puerta.

—Tres días. —repetí suavemente antes de salir.

El pasillo se sintió más frío sin su aroma. Mi lobo gruñó dentro de mí, impaciente, pero yo sonreí en la oscuridad.

Un año.

Tenía un año para conquistar a la loba que había rechazado a dos alfas en una sola noche.

Iba a cumplir esa promesa, y no pensaba perder.

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