Hilos de conveniencias.

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Capítulo 5 VESTIDA PARA LA GUERRA

La noche de la Ópera no era un evento cultural; era un examen de supervivencia. Lorena se miró en el espejo del taller de la tercera planta una última vez. El vestido que había diseñado era una declaración de intenciones: una columna de seda en un verde esmeralda profundo, con una estructura arquitectónica en los hombros que recordaba a las armaduras renacentistas. No era el típico vestido vaporoso de una "esposa trofeo"; era el vestido de una mujer que estaba lista para el combate.

Leonardo entró, ya vestido con su esmoquin. Se detuvo en seco al verla. Sus ojos recorrieron el diseño, deteniéndose en la impecable caída de la tela y en la corbata de seda a juego que ella le había dejado sobre la mesa.

—Te ves... imponente —admitió él, su voz perdiendo por un segundo su habitual tono gélido—. Pero prepárate. Esas personas huelen el miedo como los tiburones huelen la sangre. Y saben perfectamente de dónde vienes.

—Vengo de una familia que les dio el apellido que ellos mismos envidian, Leonardo —respondió ella, terminando de abrocharse unos pendientes de diamantes—. Que mi padre lo haya perdido todo en una mesa de póker no quita que yo sepa caminar por estos salones mejor que muchos de ellos.

Al llegar al teatro, los flashes de las cámaras fueron cegadores. Leonardo mantenía su mano en la pequeña espalda de Lorena, guiándola a través de la multitud con una eficiencia implacable. Sin embargo, en el intermedio, el ataque comenzó.

Mientras Leonardo se alejaba unos metros para saludar a un ministro, Lorena fue rodeada por un grupo de mujeres lideradas por Victoria Valenti, una heredera despechada que alguna vez aspiró a ocupar el lugar de Lorena.

—Pero si es la pequeña Lorena Moncada —dijo Victoria, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Qué milagro que Leonardo te haya sacado de esa casa en ruinas. ¿Es cierto que el vestido es de una casa francesa? Porque tiene un corte... extraño. Un poco "artesanal", ¿no creen?

Las otras mujeres rieron por lo bajo. Lorena sintió un nudo en el estómago, pero recordó el trato con Leonardo. Su libertad dependía de esta noche.

—De hecho, Victoria, el diseño es mío —respondió Lorena con una calma que la sorprendió a ella misma—. Supongo que para alguien acostumbrada a comprar lo que otros le dicen que es elegante, el concepto de creatividad propia resulta "extraño".

El rostro de Victoria se endureció. —Creatividad. Qué palabra tan noble para describir la desesperación por encajar. Todas sabemos que este matrimonio es un salvavidas para tu padre, Lorena. ¿Cuánto tiempo crees que Leonardo soporte jugar a la casita con la hija de un alcohólico antes de volver a sus modelos de verdad?

El silencio que siguió fue tenso. Lorena sintió las miradas de lástima y burla de los presentes. Justo cuando iba a responder, sintió una presencia poderosa a su espalda. Leonardo había regresado, y su mano se posó en el hombro de Lorena con una presión protectora.

—Parece que hay una confusión aquí —dijo Leonardo, su voz resonando con una autoridad que hizo que Victoria retrocediera medio paso—. Mi esposa no solo ha diseñado este vestido, sino que ha recibido ofertas de dos casas textiles italianas tras ver los bocetos esta semana. Y en cuanto a mi matrimonio... —hizo una pausa, mirando a Lorena con una intensidad que por un momento pareció real— ...es lo único en mi balance de este año que no tiene precio. Victoria, espero que disfrutes el segundo acto. Lejos de nosotros.

De regreso en la mansión, el silencio en el coche ya no era incómodo. Lorena se quitó los zapatos de tacón, suspirando de alivio.

—Gracias —murmuró ella—. No tenías por qué mentir sobre las ofertas de Italia.

Leonardo la miró mientras se aflojaba la corbata diseñada por ella. —No mentí, Lorena. Mi asistente envió las fotos de tus bocetos a unos contactos en Milán esta mañana. Tienes talento, aunque me cueste admitirlo. El vestido fue el tema de conversación de la mitad de los directivos en el palco.

Lorena sintió un calor desconocido en el pecho. No era solo por el triunfo profesional, sino por la forma en que él la había defendido.

—Entonces... ¿el trato sigue en pie? ¿Podré ir a los talleres nocturnos?

Leonardo se detuvo frente a la puerta de su habitación. La miró fijamente, y por un instante, Lorena creyó que volvería a besarla como en la catedral. La tensión entre ellos era tan palpable que podía cortarse.

—El trato sigue en pie —dijo él en un susurro—. Pero recuerda, Lorena: mientras más brilles, más personas querrán apagarte. Y yo no siempre podré estar ahí para ser tu escudo.

Se retiró a su cuarto, dejando a Lorena sola en el pasillo, comprendiendo que en ese mundo de alta sociedad, ella tendría que aprender a coser sus propias alas si quería volar por encima del lodo de su pasado.

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