Capítulo 2 EL SIMULACRO DE LA PERFECCIÓN
El contrato no solo estipulaba un matrimonio; estipulaba una metamorfosis.
Para el mundo, Lorena Moncada se había ganado la lotería genética y social. Las revistas de chismes y los portales de noticias de negocios no dejaban de hablar de la "misteriosa y elegante" joven que había logrado domar al soltero más codiciado y peligroso del país. Pero dentro de las paredes de la Torre Mendoza, la realidad era una coreografía de acero y cristal donde Lorena no era más que un activo que debía ser pulido.
—No dobles la espalda, Lorena. Una Mendoza nunca parece cansada —la voz de Leonardo retumbó en el vestidor de la mansión, una estancia del tamaño de un apartamento entero, llena de espejos que devolvían la imagen de una mujer que Lorena ya no reconocía.
Hacía apenas un mes que había firmado el contrato, y su vida se había convertido en un desfile interminable de modistas, expertos en protocolo y abogados. Leonardo no escatimaba en gastos, pero cada joya que le ponía alrededor del cuello se sentía como un eslabón más de una cadena invisible.
—Estoy cansada porque llevo diez horas caminando con estos tacones para una sesión de fotos de una revista que ni siquiera me gusta —respondió ella, mirándolo a través del espejo.
Leonardo estaba apoyado en el marco de la puerta, con la camisa blanca ligeramente desabrochada y un vaso de whisky en la mano. Sus ojos oscuros la recorrieron con esa frialdad analítica que la hacía sentir desnuda, pero no de una forma romántica, sino vulnerable.
—La revista Vogue Business no necesita que te guste. Necesita que parezcas la esposa de un hombre que factura billones. Tres meses, Lorena. Ese fue el trato. Tres meses para que el mundo se trague que estamos locos de amor antes de que los abogados de mi padre liberen los fondos. No me hagas perder el tiempo con berrinches de estudiante.
Lorena apretó los dientes. "Estudiante". Esa palabra le dolió más que cualquier insulto. Leonardo había permitido que siguiera yendo a la universidad, pero bajo condiciones humillantes: debía ir en un coche blindado, con un chófer que también era su guardaespalda, y tenía prohibido quedarse a los talleres nocturnos. Su pasión por el diseño de modas estaba siendo asfixiada por cenas benéficas y galas de ópera.
—Para ti todo es una transacción —dijo ella, dándose la vuelta para enfrentarlo—. Pero para mí es mi vida. Mi padre está a salvo, sí, pero tú me estás borrando.
Leonardo caminó hacia ella con una lentitud depredadora. Cuando estuvo frente a ella, el aroma a sándalo y alcohol caro la envolvió. Él levantó una mano y, con un gesto casi mecánico, le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus dedos estaban fríos.
—Te estoy comprando un futuro que tu padre nunca te habría dado, Lorena. Aprovecha los lujos y deja de buscar un alma donde solo hay un balance de cuentas.
Los dos meses siguientes fueron un torbellino de falsedad. Lorena aprendió a sonreír para las cámaras mientras le susurraba verdades amargas al oído a Leonardo durante los bailes. Aprendió que, detrás de su fachada de mujeriego irresponsable, Leonardo era un adicto al trabajo, un hombre que podía pasar noches enteras frente a monitores analizando mercados, usando su "mal carácter" como un escudo contra cualquiera que intentara acercarse demasiado.
Sin embargo, el drama no venía solo de Leonardo. Ricardo, el padre de Lorena, ahora con las deudas pagadas, había recuperado su arrogancia. Llamaba a Lorena no para saber cómo estaba, sino para pedirle que intercediera ante Leonardo por más dinero para "inversiones".
—Dile a tu marido que me dé un adelanto, hija. Al fin y al cabo, somos familia ahora —le dijo Ricardo por teléfono una tarde, con la voz pastosa.
—No somos familia, papá. Somos socios de un negocio en el que yo soy la moneda de cambio —respondió ella antes de colgar, sintiendo un vacío negro en el estómago.
El conflicto estalló una semana antes de la boda. Lorena había estado trabajando en secreto en el diseño de su propio velo. Quería que, al menos, una parte de ella fuera real en ese altar. Leonardo entró en su habitación —un espacio que él nunca visitaba a menos que fuera estrictamente necesario— y encontró los bocetos y los retales de encaje sobre la cama.
—¿Qué es esto? —preguntó él, tomando uno de los dibujos.
—Es mi trabajo. Mi diseño —dijo ella, tratando de arrebatárselo, pero él lo mantuvo fuera de su alcance.
—El vestido de novia ya fue encargado a una casa en París. Costó cien mil dólares. No vas a usar estos... trozos de tela —dijo él, mirando el boceto con desdén.
—¡Es lo único que tengo que es mío, Leonardo! —estalló ella, con lágrimas de rabia en los ojos—. Tú compraste mi nombre, compraste mi tiempo, pero no vas a decirme qué es arte y qué no. Ese vestido de París es hermoso, pero no tiene alma. Como tú.
Leonardo se quedó en silencio, con la mirada fija en el dibujo. Era un diseño audaz, con bordados que parecían ramificaciones de árboles, una mezcla de fuerza y fragilidad que él no esperaba de una "niña de sociedad". Por un momento, la máscara de hielo de Leonardo se agrietó. Vio en ese papel la pasión que él mismo había sentido alguna vez antes de que la ambición de su padre lo convirtiera en una máquina.
—Es... interesante —murmuró él, dejando el boceto sobre la cama—. Pero el protocolo no cambia. Úsalo si quieres, bajo el velo principal. Que nadie lo vea.
Fue lo más parecido a una concesión que Lorena había obtenido de él en tres meses.
La noche previa a la boda, la mansión Mendoza era un hormiguero de actividad. Lorena se refugió en el balcón de su habitación, mirando las luces de la ciudad. El contrato estaba sobre la mesita de noche, firmado y sellado. Mañana, ante Dios y ante la ley, dejaría de ser Lorena Moncada para ser la propiedad de Leonardo Mendoza.
Sintió unos pasos detrás de ella. No necesitaba girarse para saber quién era.
—Mañana es el gran día —dijo Leonardo, colocándose a su lado. No llevaba chaqueta, y las mangas de su camisa estaban remangadas, mostrando unos antebrazos fuertes.
—Mañana es el día en que cobras tu herencia —corrigió ella.
Leonardo se quedó mirando el horizonte durante un largo tiempo.
—A veces me pregunto si odias más a tu padre por entregarte, o a mí por aceptarte —dijo él, con una voz inusualmente baja.
Lorena lo miró de reojo. Por primera vez, Leonardo no parecía el magnate implacable, sino un hombre atrapado en su propia jaula de oro.
—Los odio a ambos —confesó ella—. Pero al menos tú eres honesto con tu oscuridad. Mi padre me vendió con una sonrisa. Tú me compraste con una advertencia.
Leonardo giró el rostro hacia ella. En la penumbra de la noche, sus ojos parecían menos fríos. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal. Lorena no retrocedió. La tensión entre ellos ya no era solo de odio; era una fricción eléctrica, un reconocimiento de dos náufragos en la misma tormenta.
—Mañana, cuando te ponga ese anillo, Lorena, no habrá vuelta atrás. El mundo creerá que eres mía. Y yo... yo me encargaré de que nadie se atreva a decir lo contrario.
—Soy tu esposa por contrato, Leonardo. Nada más.
Él sonrió, una mueca oscura que le recorrió la espalda a Lorena como un escalofrío.
—El contrato dice que debemos vivir como marido y mujer por 1 año. Y yo siempre cumplo mis contratos al pie de la letra.
Se dio la vuelta y la dejó sola en el balcón, con el corazón latiéndole con una fuerza aterradora. Lorena miró sus manos. Mañana, esas manos llevarían el anillo de un hombre al que temía, al que despreciaba y que, de alguna manera inexplicable, empezaba a habitar sus pensamientos más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Tres meses de mentiras habían terminado. La verdadera prisión estaba a punto de abrir sus puertas.
