Capítulo 1 EL PRECIO DE UN NOMBRE
El sonido de las tijeras cortando la seda era lo único que mantenía a Lorena Moncada cuerda. En el taller de la universidad, rodeada de maniquíes inertes y retales de tela, el mundo exterior no existía. Sus dedos, finos y expertos, acariciaban el tejido color marfil. Estaba diseñando un vestido de gala, algo que ella nunca usaría, pero que soñaba con ver en las pasarelas de París. Para Lorena, cada puntada era una promesa de libertad: un hilo que la alejaba de la casa lúgubre, del olor a rancio de las botellas de whisky y de la mirada cargada de reproche de su padre.
—Es perfecto, Lorena —susurró una de sus compañeras, acercándose al maniquí—. Tienes un don. Si sigues así, la pasantía en Milán será tuya el próximo año.
Lorena forzó una sonrisa, pero una punzada de dolor le recorrió el pecho. Milán parecía estar en otra galaxia cuando tu realidad dependía de si tu padre había tenido una buena racha en el casino o no.
—Gracias, Julia. Solo espero terminarlo a tiempo —respondió, tratando de ocultar el temblor en sus manos.
Ese temblor no era por cansancio. Era un presentimiento.
El ruido estruendoso de la puerta del taller abriéndose de par en par rompió la paz del lugar. Todos los estudiantes se giraron. En el umbral, con la ropa desaliñada y el rostro congestionado por la ira y el alcohol, estaba Ricardo Moncada. El silencio se volvió denso, cargado de una vergüenza que quemaba la piel de Lorena.
—¡Nos vamos, Lorena! ¡Recoge tus porquerías y camina! —gritó el hombre, tambaleándose ligeramente.
—Papá, por favor, estoy en clase… —Lorena se acercó a él, hablando bajo, intentando salvar lo poco que quedaba de su dignidad.
—¡Me importa un bledo tu clase! —Ricardo la agarró del brazo con una fuerza que dejaría marca—. ¡No hay más dinero para telas ni para estupideces! ¡Se acabó!
Lorena sintió las miradas de lástima de sus compañeros, pero no dijo nada. Dejó caer las tijeras, que chocaron contra el suelo con un sonido metálico y definitivo, y permitió que su padre la arrastrara hacia la salida.
El trayecto en el coche fue un descenso al infierno. Ricardo conducía de forma errática, golpeando el volante con frustración. El aire dentro del vehículo era irrespirable.
—¿Qué pasó esta vez? —preguntó Lorena, con la voz apagada, mirando por la ventana para que él no viera las lágrimas que empezaban a asomar.
—Pasó que la suerte me abandonó, Lorena. ¡Como siempre desde el día en que naciste! —Las palabras de su padre eran dagas oxidadas que él clavaba con precisión—. Los hombres de "El Tuerto" estuvieron en la puerta. Me dieron cuarenta y ocho horas. Si no pago, no habrá casa, no habrá ropa y, lo peor de todo, no habrá vida. Me van a matar, ¿es eso lo que quieres? ¿Ver a tu padre en una zanja?
Lorena cerró los ojos con fuerza. Ese era el estribillo de su vida. Ella era la culpable de la muerte de su madre, la culpable de la ruina de la familia, la razón de su miseria.
—¿Cuánto debes? —preguntó ella.
—Más de lo que verás en diez vidas como costurera —escupió él—. Pero ha aparecido una salida. Una oportunidad para limpiar el apellido Moncada y salvarme el cuello.
Ricardo detuvo el coche frente a su casa, una propiedad que en su día fue majestuosa y ahora parecía un cadáver de concreto. Se giró hacia ella, y por primera vez en años, su mirada no era de odio, sino de una súplica desesperada y manipuladora.
—Leonardo Mendoza.
Lorena frunció el ceño. Había escuchado ese nombre en las noticias de negocios. Un magnate joven, implacable, conocido tanto por su fortuna como por los escándalos con modelos y su temperamento volátil. Un hombre que compraba empresas para despedazar al personal y quedarse con los activos.
—¿Qué tiene que ver él con nosotros? —preguntó Lorena, sintiendo un frío repentino en la nuca.
—Él necesita una esposa. No cualquier mujer; el testamento de su viejo lo obliga a casarse con alguien de "buena familia", de apellido reconocido, o perderá el control de las empresas Mendoza. Los Moncada, aunque estemos en la ruina, todavía tenemos el nombre. He hablado con él. Ha aceptado pagar todas mis deudas, todas, a cambio de que tú seas su esposa durante el tiempo que dicte su contrato.
Lorena sintió que el mundo se detenía. El aire se escapó de sus pulmones.
—¿Me estás… vendiendo? —susurró, con la voz quebrada—. ¿Me estás entregando a un extraño para pagar tus apuestas?
—¡Es un sacrificio pequeño para salvar a tu familia! —rugió Ricardo, recuperando su agresividad—. Él es rico, Lorena. Vivirás en una mansión, tendrás lujos que yo no pude darte. A cambio, yo podré volver a empezar. Me dio su palabra: una vez que él tenga su herencia asegurada, serás libre.
—¡Nunca seré libre si empiezo mi vida así! —Lorena abrió la puerta del coche dispuesta a huir, pero su padre la detuvo, apretando su muñeca.
—Escúchame bien, Lorena. Esto no es una sugerencia. Si no aceptas, esta noche no dormiremos bajo techo. Y mañana, probablemente, no despertaré. ¿Quieres cargar con otra muerte en tu conciencia? ¿No te bastó con tu madre?
Lorena se quedó helada. Esa frase era la cadena que la mantenía atada a la voluntad de su padre desde que tenía uso de razón. La culpa, ese monstruo invisible, la devoró por completo. Miró sus manos, las manos que querían diseñar vestidos hermosos, y solo vio las cuerdas de un destino que ella no había elegido.
—¿Cuándo tengo que verlo? —preguntó, con la voz muerta.
Ricardo sonrió, una mueca triunfal que hizo que Lorena quisiera desaparecer.
—Esta noche. Tenemos una cena en su oficina. No me falles, Lorena. Ponte tu mejor vestido… el que no sea de esos harapos que haces en la escuela.
Esa noche, Lorena se miró al espejo. Llevaba un vestido negro sencillo, el único que no parecía desgastado. Su rostro pálido resaltaba bajo las luces de la ciudad mientras el ascensor la subía al último piso de la Torre Mendoza.
Cuando las puertas se abrieron, la opulencia la golpeó. El mármol, el cristal y la vista panorámica de la ciudad gritaban poder. Al fondo, tras un escritorio de caoba maciza, un hombre estaba de espaldas, mirando hacia el horizonte. Tenía los hombros anchos y vestía un traje hecho a medida que gritaba autoridad.
—Llegan tarde —dijo una voz profunda, fría y carente de cualquier emoción.
Leonardo Mendoza se giró. Sus ojos eran oscuros, como pozos de petróleo, y recorrieron a Lorena con una mezcla de curiosidad y desdén, como si estuviera inspeccionando una pieza de ganado que acababa de adquirir en una subasta. No hubo saludo, no hubo cortesía.
—¿Es ella? —preguntó Leonardo, dirigiéndose a Ricardo como si Lorena no estuviera presente.
—Es ella, Leonardo. Mi hija, Lorena —dijo Ricardo con una voz servil que hizo que Lorena sintiera náuseas.
Leonardo caminó hacia ella. Era más alto de lo que parecía, y su presencia llenaba toda la habitación. Se detuvo a escasos centímetros de Lorena, obligándola a levantar la vista. El olor a perfume caro y tabaco la envolvió.
—Tienes buen apellido, pero pareces asustada —dijo Leonardo, entornando los ojos—. Espero que entiendas que esto no es un romance. Es una transacción. Yo obtengo mi herencia, tú obtienes la vida de tu padre y una cuenta bancaria llena. No quiero escenas, no quiero sentimientos y, sobre todo, no quiero que te cruces en mi camino.
Lorena apretó los puños, sintiendo una chispa de rabia arder bajo su miedo.
—No se preocupe, señor Mendoza —respondió ella, con la voz firme a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas—. Yo tampoco tengo interés en formar parte de su vida. Solo quiero que este infierno termine lo antes posible.
Leonardo arqueó una ceja, sorprendido por la respuesta. Por un segundo, el desdén en sus ojos fue reemplazado por algo parecido al respeto, aunque desapareció tan rápido como llegó.
—Entonces tenemos un trato. Firma aquí.
Sobre el escritorio, un contrato de cien páginas esperaba. Lorena tomó la pluma. Sabía que al firmar, estaba vendiendo su alma, sus sueños de diseño y su futuro. Pero mientras escribía su nombre en el papel, se hizo una promesa: Leonardo Mendoza podría haber comprado su apellido, pero nunca compraría su espíritu.
La guerra acababa de empezar.
