Capítulo 4 El Espejo de la Obsesión
Capítulo 4.
El Espejo de la Obsesión
El amanecer en los Alpes no trajo calidez, sino una luz blanca y cruda que se filtraba por las paredes de cristal del refugio. Elena se despertó con el sonido de cristales chocando en la planta baja. Se vistió rápido, sintiendo todavía el eco del beso de la noche anterior quemándole los labios. Al bajar, encontró a Dante frente a una hilera de monitores que mostraban flujos de datos financieros y cámaras de seguridad de algún lugar que ella no reconoció.
Él no se dio la vuelta, pero su postura se tensó cuando ella entró al salón.
— Victoria ha movido ficha —dijo Dante, su voz más áspera que de costumbre—. Ha congelado tus cuentas personales bajo el argumento de "investigación por fraude". Te está asfixiando, Elena. Quiere que salgas de donde estés para pedir clemencia.
Elena se acercó, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos.
— ¿Tanto le importa el dinero? —preguntó ella, mirando las cifras que bailaban en las pantallas—. Tiene una fortuna propia. ¿Por qué arriesgarse a ir a la cárcel por Global Horizon?
Dante soltó un suspiro pesado y se giró, apoyándose contra la mesa de acero. La miró con una mezcla de lástima y una honestidad brutal que la hizo retroceder un paso.
— No se trata solo de los barcos o de las rutas, Elena. Ojalá fuera así de simple. Los negocios se pueden negociar. La obsesión, no.
— ¿De qué estás hablando?
Dante guardó silencio un segundo, buscando las palabras.
— Victoria estuvo convencida, durante años, de que ella y yo terminaríamos gobernando este imperio juntos. —Él soltó una risa seca, carente de humor—. Ella cree que está enamorada de mí. Pero Victoria no ama personas, ama el poder que esas personas representan.
Elena sintió un nudo en el estómago. La imagen de la mujer fría y calculadora de la junta directiva cobró un matiz mucho más peligroso.
— ¿Tuvieron algo? —preguntó, tratando de que su voz sonara indiferente, aunque falló estrepitosamente.
— Hubo una alianza. Un par de cenas en hoteles de lujo y muchos planes de expansión. Pero cuando se dio cuenta de que yo no era un peón que ella pudiera mover a su antojo, y peor aún, cuando Julian me confió tu protección antes de morir... ella lo vio como una traición personal. —Dante se acercó a Elena, atrapando su mirada—. Victoria te odia porque eres la hija de Julian, sí. Pero te quiere muerta porque ahora eres el obstáculo entre ella y yo. En su mente retorcida, si tú desapareces, yo no tendré más remedio que volver a su lado para mantener la estructura de la empresa en pie.
Elena sintió que el aire de la habitación se volvía escaso. La rivalidad con Victoria ya no era solo por una silla en una oficina; era una guerra de celos y poder absoluto.
— Ella cree que soy una niña débil que te tiene embobado —susurró Elena, apretando los puños—. Cree que si me elimina, tú simplemente te encogerás de hombros y te irás con ella.
— Exacto —confirmó Dante, acortando la distancia entre ambos—. Ella piensa que eres de "terciopelo", algo delicado que se rompe con la presión. No sabe que tienes el "plomo" de tu padre corriendo por las venas.
Dante le puso una mano en la nuca, obligándola a sostenerle la mirada. El calor de su palma contrastaba con la frialdad de las palabras que soltó a continuación:
— Victoria no solo quiere tu empresa, Elena. Quiere tu vida para poder reclamar lo que ella considera su "premio". Por eso no va a parar. No es solo avaricia, es despecho. Y el despecho en una mujer con un ejército de mercenarios es la combinación más letal que existe.
Elena respiró hondo, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una resolución gélida. Miró hacia las montañas nevadas y luego de vuelta a Dante.
— Entonces vamos a usar eso —dijo ella, con una seguridad que la sorprendió—. Si ella cree que su amor por ti es su fuerza, vamos a convertirlo en su mayor debilidad. Ella espera que yo me esconda. Vamos a darle exactamente lo contrario.
Dante arqueó una ceja, impresionado. Una chispa de orgullo —y algo mucho más oscuro y hambriento— brilló en sus ojos.
— ¿Qué tienes en mente, nena?
— La gala en Mónaco es en tres días —dijo Elena, recordando los detalles del testamento de su padre—. Es la presentación anual de la fundación de la empresa. Ella espera que yo no aparezca para que el consejo me declare ausente. Pues voy a ir. Voy a ir con el vestido más caro que pueda encontrar, del brazo del hombre que ella desea, y voy a firmar esa sucesión frente a todos sus aliados.
Dante sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que hizo que a Elena se le erizara la piel.
— Vas a entrar a la boca del lobo con un vestido de seda y una pistola en la liga. Me gusta el plan. Pero recuerda algo, Elena... —Él se inclinó y le susurró al oído—. Una vez que entremos en ese yate, no habrá vuelta atrás. Victoria va a perder los estribos, y cuando ella pierda el control, la sangre va a correr más rápido que el champán.
— Que corra —respondió Elena, sellando su destino—. Prefiero morir peleando por lo mío que vivir escondida esperando que ella decida cuándo terminar conmigo.
Dante no dijo nada más. Simplemente la tomó por la cintura y la besó, un beso que ya no era de protección, sino de alianza pura. En ese momento, en la cima de los Alpes, Elena dejó de ser la víctima de una obsesión ajena para convertirse en la arquitecta de su propia venganza. La guerra por el imperio de Julian había pasado a ser algo mucho más íntimo, y ella estaba lista para ju
gar la partida definitiva.
