Capítulo 2 El sabor de la pólvora y el salitre
Capítulo 2.
El Sabor de la Pólvora y el Salitre
El estruendo del primer disparo en la planta baja no fue como en las películas; fue un golpe seco, sordo, que hizo vibrar el suelo del penthouse. Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, pero la mano de Dante, firme y callosa, se cerró sobre la suya con una fuerza que no admitía pánico.
— Ni un grito, Elena. Si quieres vivir, muévete —sentenció él. Su voz ya no era la de un seductor, era la de un general en pleno campo de batalla.
Dante la jaló hacia el pasillo mientras el eco de un segundo impacto, esta vez más cerca, reventaba los vidrios de la entrada principal del edificio. El sistema de alarma empezó a aullar, una sirena histérica que se mezclaba con el chirrido de metal siendo forzado.
— ¿Quiénes son? —logró articular ella, tropezando con sus propios pies mientras Dante la guiaba hacia la cocina.
— Los "cobradores" de Victoria. No vienen a negociar la herencia, vienen a borrar el rastro —respondió él sin detenerse.
Dante pateó la base de la isla de granito y, para sorpresa de Elena, un compartimento oculto se deslizó. De él extrajo una subfusil compacto y un par de cargadores que guardó con una agilidad aterradora en los bolsillos de su abrigo.
— Tu papá era un hombre precavido, nena. Lástima que no te enseñó dónde guardaba los juguetes.
— ¡Él era un empresario de logística! —gritó ella, el miedo convirtiéndose en una rabia ciega.
— ¡Él era el dueño del tablero! —rugió Dante, pegándola contra la pared justo cuando una ráfaga de balas destrozaba la vajilla de porcelana que Elena había heredado de su abuela.
El polvo de yeso y el olor a ozono llenaron el aire. Elena cerró los ojos, sintiendo el calor de los casquillos cayendo cerca de sus botas. Dante asomó el arma y respondió con tres disparos precisos. Un grito desgarrador subió desde el pasillo, seguido por el sonido de un cuerpo pesado desplomándose.
— Tenemos que salir por el techo. El elevador es una trampa mortal y las escaleras están llenas de tipos con ganas de cobrar su bono de Navidad —Dante la tomó por la cintura, levantándola casi en vilo—. Agárrate de mi cuello y no te sueltes por nada del mundo.
Corrieron hacia la escalera de servicio que llevaba a la azotea. El frío de la noche les pegó como un látigo cuando abrieron la puerta metálica. Abajo, las luces azules y rojas de las patrullas ya empezaban a manchar las calles, pero estaban demasiado lejos. En el helipuerto privado del edificio, un motor ya estaba rugiendo; las aspas de un helicóptero negro, sin insignias, cortaban el aire con un ritmo frenético.
— ¡Ahí está! —gritó Elena, señalando la aeronave.
Pero antes de que pudieran dar diez pasos, la puerta de la azotea voló en mil pedazos. Tres hombres con equipo táctico y visores nocturnos irrumpieron disparando.
Dante empujó a Elena detrás de un enorme generador eléctrico.
— ¡Quédate abajo! —le ordenó.
Elena vio a Dante moverse como una sombra. No disparaba a lo loco; cada movimiento era calculado, una danza mortal de plomo y precisión. Mientras él mantenía a raya a los atacantes, ella vio una pistola tirada cerca de uno de los hombres que Dante había derribado.
El instinto, ese que su padre siempre decía que llevaba en la sangre, despertó. Elena se arrastró por el concreto frío, ignorando el dolor en sus rodillas, y alcanzó el arma. Estaba pesada, olía a aceite y muerte.
— ¡Dante, a tu izquierda! —gritó ella.
Él giró justo a tiempo para abatir a un cuarto hombre que salía de las sombras, pero el fuego enemigo los tenía acorralados. El helicóptero empezó a elevarse, el piloto hacía señas desesperadas.
— ¡Ahora o nunca, Elena! —Dante corrió hacia ella, la agarró del brazo y empezaron un sprint suicida hacia el borde del helipuerto.
Saltaron justo cuando el helicóptero se inclinaba. La mano de Dante atrapó el patín de aterrizaje y con la otra sujetó a Elena por la chaqueta de cuero. Quedaron colgando sobre el abismo de la ciudad, con el viento rugiendo en sus oídos y las balas silbando por debajo de ellos.
— ¡Súbela! —gritó una voz desde adentro de la cabina.
Con un esfuerzo sobrehumano, Dante impulsó a Elena hacia arriba hasta que unas manos fuertes la jalaron hacia el interior alfombrado del helicóptero. Segundos después, él entró de un salto, cerrando la compuerta de un golpe que silenció el caos de afuera.
Elena se desplomó en el suelo de la cabina, jadeando, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Se miró las manos: estaban manchadas de polvo de ladrillo y una gota de sangre que no sabía si era suya o de alguien más.
Dante se sentó frente a ella, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento. Estaba despeinado, con una mancha de sangre en la mejilla, pero su mirada seguía siendo la de un depredador que acaba de ganar una partida.
— Bienvenida al negocio familiar, nena —dijo él, extendiendo una mano para limpiarle la mancha de la cara. Su toque era extrañamente suave comparado con la violencia de hace unos minutos—. Te dije que el terciopelo se manchaba fácil.
Elena le apartó la mano, pero no se alejó. Se enderezó, limpiándose la cara con la manga de su suéter ahora arruinado.
— Mi padre no murió en un accidente, ¿verdad? —preguntó, con una frialdad que la sorprendió incluso a ella misma.
Dante se quedó callado un momento, mirando las luces de la ciudad que se hacían pequeñas bajo ellos.
— No. Lo vendieron. Y los mismos que lo vendieron están brindando ahora mismo en la oficina de tu papá. Pero no te preocupes, Elena —él se inclinó, su rostro a centímetros del suyo, permitiendo que ella viera la promesa de venganza en sus ojos—. Vamos a recuperar ese imperio. Y cuando terminemos, no va a quedar ni una víbora viva para contar el cuento.
Elena miró por la ventana. El horizonte ya no era un paisaje de arte y cultura; era un mapa de guerra. Por primera vez en su vida, no quería restaurar el pasado. Quería quemar a los responsables.
— ¿A dónde vamos? —preguntó.
— A los Alpes —respondió Dante, mientras el helicóptero enfilaba hacia el océano—. A un lugar donde el plomo no llega... a menos que nosotros lo llevemos.
Elena apretó la pistola que todavía llevaba en la cintura. El peso ya no le molestaba. De hecho, le daba una seguridad que nunca había sentido en la galería. La curadora había muerto en ese pent
house; la heredera acababa de nacer.
