Capítulo 7 LA FRIALDAD DEL PECADO
NARRA Dante
–No tientes al diablo, Anya, porque no tienes la menor idea del tipo de demonio con el que te estás metiendo –sentencio, acorralándola con violencia contra la pared de mi despacho mientras mis dedos se cierran alrededor de su cuello, cortándole el aire para demostrarle el control absoluto que poseo sobre su existencia. – No sabes de lo que soy capaz cuando amenazan a mi organización.
–He trabajado para el hombre más infeliz y miserable de la tierra, un sujeto que se aprovechaba de sus empleadas solo por el hecho de ser mujeres, de modo que ¿realmente cree que voy a tenerle miedo a un mafioso que solo sabe defenderse usando armas de fuego? –me responde ella con una frialdad que me deja completamente perplejo, mirándome con un profundo desagrado que jamás he visto en nadie que esté al borde de la muerte.
–Dime de una maldita vez si tú tienes algo que ver con este hackeo corporativo y la filtración de mis bóvedas financieras –le exijo apretando aún más fuerte su garganta, buscando un rastro de culpa en sus pupilas mientras la adrenalina me nubla el juicio por la inminente caída de nuestras acciones bancarias.
–Sí, claro, Don Dante, como si una simple enfermera prófuga tuviera los conocimientos informáticos avanzados para vulnerar un sistema de seguridad militar, de manera que deje de decir estupideces y tome una decisión definitiva –me desafía, forzando las palabras a pesar de la falta de oxígeno. – así que si va a echarme a la calle o a mandarme a ejecutar hágalo ahora mismo, o de lo contrario permítame regresar a mi habitación de servicio, ya que por lo visto me he convertido en su esclava personal.
La firmeza de su respuesta me provoca una descarga eléctrica que me eriza la piel por completo, debido a que nunca he tenido enfrente a una mujer capaz de provocarme y confrontarme con semejante ferocidad, desarmando mis tácticas de intimidación con solo una mirada.
–Señor, disculpe que lo interrumpa en este momento tan delicado –interviene Cristoff, mi jefe de seguridad, irrumpiendo abruptamente en la oficina con el rostro desencajado por la urgencia de la crisis perimetral. – pero acabamos de recibir el informe del equipo de inteligencia y el ataque informático junto al tiroteo fueron perpetrados directamente por Malik Rose, cuyas transmisiones satelitales revelan que se encuentra escondido en el complejo de las mansiones de Colome.
Suelto a Anya de inmediato debido al impacto de la noticia, provocando que ella caiga de rodillas sobre la alfombra mientras intenta recuperar la respiración de forma agónica, frotándose el cuello con dedos temblorosos.
–¡Carajo! –susurra ella en un siseo casi imperceptible, pero la habitación está en un silencio tan sepulcral que alcanzo a escucharla perfectamente, lo que me obliga a clavar mis ojos fijos en su silueta mientras desconfío de su inesperada reacción emocional.
–¿Acaso sabes quién es este hombre o por qué demonios su nombre te genera tanta perturbación, enfermera? –le pregunto con el ceño fruncido, avanzando un paso hacia ella para detectar cualquier mentira en su lenguaje corporal antes de que intente recomponerse.
Anya se pone de pie con una lentitud calculada y, para mi absoluta sorpresa, suelta una carcajada amarga que resuena con fuerza contra los muros de caoba de mi despacho.
–¿Señor Dante, realmente posee tanta paranoia corporativa como para creer que si yo tuviera el más mínimo conocimiento sobre la alta mafia internacional estaría trabajando como una sirvienta para pagar unas malditas deudas? –me pregunta, limpiándose un rastro de saliva de la comisura de los labios. – Le recuerdo que mi padre fue un imbécil apostador de cuarta que me dejó en la más absoluta miseria tras pegarse un tiro, por lo tanto, si usted quiere puede tomar muestras de mi sangre, mis huellas dactilares o cualquier dato biométrico que ayude a su organización a escarbar en mi pasado, ya que así comprobará que no poseo ningún contacto con su turbio mundo criminal.
Sostengo su mirada analizando cada una de sus palabras, consciente de que mis sistemas ya rastrearon su identidad sin hallar anomalías, de modo que la duda empieza a filtrarse en mi mente mientras evalúo el valor estratégico de su permanencia al lado de mi heredero.
–Desde este preciso instante no te moverás de esta fortaleza bajo ninguna circunstancia, Anya, de manera que solo vivirás y respirarás para proteger la salud de mi hijo Leo –le notifico, tomando asiento detrás de mi escritorio de caoba para redactar una orden inmediata para mis custodios. – y a cambio de tu lealtad absoluta te garantizo que tus deudas con los usureros locales serán saldadas al cien por ciento antes de que termine la semana.
–Toda esta situación me parece un secuestro a mano armada en lugar de un contrato laboral formal, pero acepto proteger la vida de su hijo con la mía si es necesario –me asegura ella, cruzándose de brazos con una resolución inquebrantable que incrementa mi intriga. – Un niño tan noble y tierno como Leo no merece pagar las consecuencias de sus guerras ni estar rodeado de tanta porquería corporativa.
–Mide tus palabras, enfermera, porque la porquería de la que hablas es la que financia el tratamiento médico avanzado que acaba de salvarle la vida a mi heredero –le advierto, presionando el intercomunicador de mi escritorio para llamar a los guardias del pasillo. – Cristoff, escolta a la señorita Anya a las habitaciones blindadas del ala este y duplica la seguridad en el cuarto de Leo, porque no voy a permitir que Malik Rose intente un segundo golpe contra mi propiedad mientras preparo nuestra respuesta militar.
–Entendido, Don Dante, los equipos tácticos ya se encuentran desplegados en los puntos de control externos y nadie entrará sin una verificación de huellas en tiempo real –responde mi jefe de seguridad, abriendo la puerta para que Anya abandone la estancia bajo custodia armada.
Ella camina hacia la salida con la frente en alto, manteniendo una serenidad forzada que no cuadra con la fragilidad de una civil común que acaba de ser asfixiada por un capo de la mafia, lo que me obliga a encender un cigarrillo mientras observo cómo se cierra la puerta de roble negro.
–Esa mujer esconde algo demasiado grande, Cristoff, y no me refiero únicamente a las deudas financieras de su padre –le comento a mi segundo al mando apenas nos quedamos solos en el despacho, expulsando el humo espeso hacia el techo. – Quiero que envíes un equipo encubierto a la clínica de los Alpes donde trabajaba y que revisen hasta los archivos eliminados del director médico con el que trabajó, porque su frialdad ante el nombre de Malik Rose fue demasiado específica para ser una simple coincidencia.
