HEREDERO DE SANGRE

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Capítulo 3 DEBES QUEDARTE

–Si le inyectas una dosis equivocada a mi hijo, te juro por la memoria de mi esposa que tu cuerpo terminará en el fondo del río antes de que raye el amanecer –amenaza Dante colocándose justo a mi espalda, emanando una energía densa.

–Cállese la boca y déjeme trabajar en paz si realmente desea salvarlo, porque su absurda hostilidad altera el ritmo cardíaco del niño y acelera la crisis respiratoria de forma letal –le respondo con una audacia que deja atónitos a los guardias presentes, clavando la aguja en el muslo de Leo con una velocidad quirúrgica.

Transcurren treinta segundos de una tensión verdaderamente insoportable donde el único sonido audible en la sala son los espasmos del pequeño, hasta que el niño finalmente inhala una gran bocanada de aire, permitiendo que el oxígeno fluya libremente y el color rosado regrese de manera paulatina a sus mejillas.

–Eso es, limpia tus pulmones con calma, respira despacio y confía en mí, ya todo el peligro ha pasado –susurro aliviada, limpiando el sudor frío de su frente mientras el pequeño Leo me regala una mirada llena de profunda gratitud, relajando su cuerpo por completo.

Dante observa la escena en absoluto silencio con los puños fuertemente apretados, procesando que la vida de su heredero estuvo a escasos segundos de extinguirse para siempre de no ser por mi intervención.

–El niño necesita descansar en un ambiente libre de tensiones externas, de modo que sugiero que saquemos esta discusión de su vista para evitar una recaída emocional –digo poniéndome de pie con la frente en alto, confrontando al líder de la mafia con la seguridad de quien conoce su valor.

–Llévense a Leo a la habitación contigua y aseguren el perímetro de la casa; nadie entra y nadie sale hasta que yo firme el acuerdo con esta mujer –dispone Dante con voz gélida, conduciéndome de regreso al despacho principal donde saca un documento con cláusulas de confidencialidad extrema.

Dante se sirve un vaso de whisky puro mientras camina hacia el gran ventanal que domina la propiedad blindada. –Salvaste la vida de mi hijo, Anya, y eso es lo único que impide que en este momento estés enterrada en el jardín junto al traidor que presenciaste ejecutar –comenta él con una calma implacable.

–Vine aquí buscando un empleo legítimo para salvar mi vida de las deudas familiares, no para involucrarme en las guerras de su organización criminal –replico cruzándome de brazos. – así que, ya que me ha perdonado la vida, lo mejor es que me marche de inmediato.

Doy media vuelta dispuesta a cruzar el umbral, pero una pequeña figura pálida emerge de las sombras del pasillo y corre directo hacia mí con una desesperación que quiebra el silencio de la estancia.

–¡Leo! –exclama Dante con el corazón en la garganta, dando un paso al frente al ver cómo su hijo ignora por completo su presencia y se aferra con ambas manos a la tela de mi uniforme.

El ama de llaves aparece jadeando detrás de él con el rostro desencajado por el pánico de haber perdido el control del heredero de la organización, pero Dante la detiene con un frío ademán de su mano derecha. Los dedos pequeños de Leo tiemblan sobre mi ropa y, de repente, contra todo pronóstico médico, sus labios se abren.

–No… te… vayas… Quédate… conmigo –pronuncia el niño con una voz ronca, rota por tres años de un mutismo absoluto que los mejores especialistas de Italia consideraban irreversible.

Un silencio sepulcral se apodera de la majestuosa estancia, provocando que los mismos guardias que han ejecutado a decenas de hombres abran los ojos con genuino asombro ante el milagro que acaba de ocurrir.

–Leo, mi amor, mírame –le pido arrodillándome a su altura, sosteniendo su mirada tierna e ignorando deliberadamente la peligrosa energía que emana del cuerpo de su padre. – Tu papá y yo tenemos que hablar de negocios, pero te prometo que nadie va a lastimarte.

Dante se acerca a nosotros con pasos rápidos y pesados, arrodillándose junto a la única persona en este mundo por la que derramaría su propia sangre, y envuelve el pequeño cuerpo en un abrazo protector que pretende ocultar su propio shock.

–Hijo, acabas de hablar, has vuelto a hablar –susurro cerca de su oído con una emoción contenida que quiebra por un segundo su fachada de capo implacable. – Tienes que ir a descansar a tu recámara con el ama de llaves, te lo ordeno, porque tu nueva enfermera necesita acordar conmigo los detalles de su permanencia en esta casa.

El niño asiente lentamente antes de soltar mi mano, permitiendo que la sirvienta lo guíe por el pasillo principal y dejándome a solas con el hombre que maneja los hilos de la provincia.

–Esto cambia absolutamente todas las reglas del juego que pretendías jugar esta noche, Anya –sentencia Dante poniéndose de pie, bloqueando la única salida de la habitación mientras clava sus ojos grises en los míos. – No sé qué clase de brujería hiciste con mi hijo, pero la realidad es que él habló por ti y eso te convierte en una pieza indispensable dentro de esta propiedad.

–No es ninguna brujería, señor Dante, es simplemente el resultado de tratar a un niño traumatizado con empatía y no con la violencia con la que usted maneja su imperio criminal –le respondo con una audacia que enciende una chispa de peligrosa admiración en su pecho.

–Eres muy ingenua si piensas que después de presenciar una ejecución en mi jardín y de devolverle el habla a mi heredero vas a tomar un taxi y regresar a tu rutina como si nada hubiera pasado –replico sacando un grueso expediente de mi escritorio de caoba. – Sabes demasiado sobre mis métodos, sabes demasiado sobre mi hijo, y la única razón por la que sigues respirando es porque Leo te necesita para no colapsar de nuevo.

–Usted no puede retenerme en contra de mi voluntad, la ley todavía existe en este país y mi ausencia encenderá las alarmas si no regreso a casa mañana –amenazo dando un paso atrás, evaluando la distancia que me separa de su posición.

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