HEREDERO DE SANGRE

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Capítulo 2 MÍRAME

–Vengo por el anuncio de la agencia internacional para el puesto de enfermera pediátrica, aquí tienen mi legajo médico y mis certificaciones –respondo forzando una firmeza que no siento, mientras escondo mis manos temblorosas en los bolsillos para que no noten mi pánico.

El guardia revisa mis documentos con minuciosidad analítica, escanea mis huellas dactilares en un dispositivo portátil y habla por un intercomunicador satelital conectado con la residencia principal.

–Señor, la mujer que coincide con el perfil del filtro externo está en la reja sur –informa el oficial esperando la confirmación de la zona alta. – Entendido, comprobando autorizaciones… abriendo el paso peatonal.

El enorme portón electrónico se desliza con un zumbido metálico, revelando un sendero vigilado por decenas de cámaras de seguridad que barren cada centímetro del terreno. Avanzo con una serenidad forzada, tragando saliva con dificultad al notar que este nivel de protección no pertenece a una familia adinerada común, sino al epicentro de una organización criminal de gran escala. Al cruzar el patio interior, dos escoltas me escoltan en silencio a través de los pasillos de mármol hasta detenerse frente a una inmensa puerta de roble negro.

–Entre de inmediato, el señor la está esperando para evaluar su solicitud personalmente –indica el escolta, abriendo la puerta para dejarme pasar al despacho principal.

Al dar un paso al frente, la silueta del hombre sentado detrás del escritorio me paraliza por completo. Es él, el mismo hombre alto de ojos grises y mirada implacable que ejecutó al traidor en la carretera hace tres días.

–¿Qué fue lo que vio aquel día en el camino de la montaña, enfermera? –pregunta Dante de inmediato, cruzando las manos sobre la mesa de caoba sin preámbulos, destruyendo cualquier fachada corporativa.

–No entiendo a qué se refiere, señor, yo solo vengo por la entrevista de trabajo que vi publicada en el centro de la ciudad –respondo retrocediendo un milímetro, sintiendo cómo se me marca el movimiento del cuello al tragar saliva ante la densa atmósfera de peligro.

–No me mienta en mi propia cara, Anya, porque mi equipo de inteligencia la grabó saliendo de la clínica de los Alpes minutos antes de que usted se escondiera en la cuneta de la ruta –replica Dante poniéndose de pie, avanzando hacia mí con una elegancia letal. – Esta entrevista fue una trampa desde el principio para atraerla aquí; yo solo esperé a que llegara sola a mi puerta para decidir qué hacer con el cabo suelto que presenció mis negocios.

–Si usted planeaba eliminarme por lo que vi en esa carretera, ya lo habría hecho en lugar de montar este elaborado teatro con la agencia de empleo –le discuto ocultando mis puños apretados en la chaqueta, obligándome a sostenerle la mirada fría. – De modo que si sigo viva es porque le resulto útil para algo más importante que sus ejecuciones familiares.

–Tiene agallas para ser una simple enfermera prófuga, pero su vida sigue dependiendo de un hilo en esta casa –amenaza Dante, deteniéndose a solo unos centímetros de mí mientras su fragancia costosa inunda el espacio. – Dígame una sola razón por la cual no debería enterrarla en el bosque ahora mismo.

–¡Don Dante, venga rápido al ala oeste de la mansión, por favor! –grita el ama de llaves, irrumpiendo en el despacho con un alarido cargado de puro terror que rompe la tensión. – ¡El joven Leo está sufriendo un ataque respiratorio sumamente severo y el inhalador convencional que usa siempre no responde en absoluto!

El implacable líder de la mafia me aparta con una brusquedad salvaje, olvidando por un instante mi interrogatorio mientras corre velozmente hacia los pasillos interiores de la mansión, impulsado por la única vulnerabilidad de su imperio.

–¡Muévete de inmediato si quieres seguir respirando en este mundo, enfermera, porque si mi único hijo muere en los próximos dos minutos, yo misma me encargaré de tu agonía! –me ruge desde el umbral mientras los guardias me arrastran hacia la recámara del niño.

Al entrar a la opulenta habitación de techos altos, veo a un pequeño de siete años debatiéndose desesperadamente entre la vida y la muerte sobre una cama de sábanas blancas. Su rostro se encuentra completamente pálido, sus labios muestran un tinte azulado crítico debido a la falta de oxígeno y su pecho se hunde de forma violenta en un esfuerzo agónico por respirar, emitiendo unos silbidos agudos que delatan un broncoespasmo severo provocado por una crisis de pánico.

–¡Hijo mío, mírame fijamente a los ojos, concéntrate en mi voz y respira ahora mismo! –exclama Dante con una desesperación genuina que quiebra por completo su fachada de capo mafioso invencible.

–El inhalador común jamás va a funcionar en esta situación porque sus vías aéreas están totalmente colapsadas por el shock del pánico, señor –advierto apartando a los guardias con un empujón firme, asumiendo el mando absoluto de la emergencia. – El niño entrará en un paro cardiorrespiratorio irreversible si no intervengo de manera directa en este preciso instante.

–¡Haz algo entonces, maldita sea, demuestra que tu patética vida sirve para salvar la del futuro dueño de mi imperio! –brama Dante con las venas del cuello a punto de estallar de rabia, al tiempo que su mano busca su arma de fuego de manera instintiva como si pudiera combatir la enfermedad a tiros.

–Necesito que me traigan el kit de primeros auxilios avanzado, una ampolla de adrenalina pura, una jeringa de un mililitro y la mascarilla de oxígeno inmediatamente –ordeno con una frialdad analítica que paraliza al personal, logrando que el ama de llaves corra desesperada hacia el gabinete médico del pasillo.

Me arrodillo con rapidez junto al pequeño Leo, cuyos ojos enormes y desorbitados por el terror se clavan en los míos en un mudo y desesperado grito de auxilio. Al tocar su piel, noto la calidez de su mano y suavizo el tono de mi voz para generar una conexión inmediata en medio del caos.

–Tranquilo, mi amor, mírame solo a mí; sé perfectamente que sientes que el aire no entra a tus pulmones, pero aquí estoy yo para protegerte y te prometo que no voy a permitir que nada malo te suceda el día de hoy –le susurro con una dulzura firme, colocándole la mascarilla de oxígeno con absoluta precisión mientras rompo con destreza el cuello de la ampolla de adrenalina.

El niño reduce la velocidad de sus espasmos al escuchar el tono de mi voz, apretando mis dedos con una fuerza sorprendente y buscando en mi mirada el refugio emocional que nadie más en esta habitación sabe cómo brindarle.

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