Fuera de los límites del deseo.

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Capítulo 5 Desdén. ✨

Capítulo 5.

Desdén.

Al verlo marchar con el ego magullado, Sienna y Roxana estallan en carcajadas incontenibles. Es evidente que Jhoe está demasiado acostumbrado a ser el centro del universo y que un simple rechazo lo desarma por completo. Las chicas continúan comiendo entre risas, devorando postres y hablando de todo un poco: de la arrogancia insoportable de Cole, de las exigencias asfixiantes de Jhoe, y de los matices de su propia vida. Roxana, en un momento de vulnerabilidad, le confiesa la tragedia silenciosa que arrastra desde la pérdida de su hermana mayor, un dolor que sella su amistad con un lazo indestructible.

Tras revisar la hora y notar lo avanzado del día, Roxana hace un par de llamadas rápidas e intercambia números de teléfono con Sienna, acompañándola finalmente hasta la salida, donde el imponente Ferrari de su familia acapara todas las miradas de la calle.

—¿Segura de que no quieres que te lleve a casa? No me molesta en absoluto —insiste Roxana con la mano en la puerta del coche deportivo.

—No, te lo agradezco de verdad, tengo mi propio transporte —responde Sienna con una sonrisa sincera.

—Vale, hermosa. Sé que no podré hacerte cambiar de opinión —cede Roxana con un suspiro de cariño antes de darle un fuerte abrazo— Nos vemos pronto. Cuídate mucho.

—Gracias por todo, Roxana. Nos vemos el lunes en la academia.

Sienna se despide con la mano y, justo cuando da la media vuelta para caminar hacia su moto, percibe una seña furtiva que Roxana le hace desde el retrovisor del coche, advirtiéndole algo con la mirada.

Instintivamente, Sienna gira la cabeza de reojo.

Cole Harrison está allí, saliendo del establecimiento junto a su grupo de amigos con esa prepotencia natural que lo define. Al apresurarse para subir a su motocicleta y ponerse el casco, no se percata de que el dobladillo de su ropa se ha enganchado de forma indiscreta. En cuestión de segundos, siente unas manos firmes, cálidas y prudentes en su cintura, tirando con suavidad de la tela para acomodarla y protegerla de cualquier mirada impertinente.

Ese simple y eléctrico roce la obliga a girarse de golpe. Sus miradas chocan, fundiéndose en un impacto silencioso, una conexión magnética y áspera que le eriza la piel de inmediato. Cole la mira con una intensidad que quema, reconociendo el fuego indomable que ella intenta ocultar. Sin pronunciar una sola palabra, con la respiración alterada por la cercanía prohibida, Sienna se aparta y, sin desviarle la mirada, se coloca el casco de su moto, un obsequio que su abuelo le heredó, y se monta en su motocicleta, enciende el motor con un rugido seco y sale disparada a toda velocidad por la avenida, mirando por el retrovisor a Cole quedar atrás, su mirada magnética puesta en ella.

Al cruzar el umbral de su casa, la pesada puerta se cierra con un chasquido sordo que aísla el bullicio del exterior. Sienna camina despacio, con los pasos lentos, hasta sentarse al borde de la cama. En el silencio de su habitación, la incredulidad se apodera de ella. ¿De verdad lo ha hecho? ¿Se ha atrevido por fin a dar el paso y matricularse formalmente en la academia de música? Sus dedos tiemblan ligeramente mientras toma la carpeta de partituras que descansa sobre el colchón. Las aprieta contra su pecho apenas unos segundos, sintiendo el grosor del papel y la rigidez del cartón como un recordatorio físico de que su vida acaba de dar un giro irreversible, antes de esconder el fajo bajo el doble fondo de su armario, bien lejos de las miradas curiosas de su hermano Jhoe.

Se despoja de la ropa con movimientos mecánicos y entra sin esperar un solo segundo a la ducha. Deja que el agua caliente caiga pesadamente sobre sus hombros, buscando disipar el cúmulo de tensiones, la adrenalina de la audición y el recuerdo persistente de Cole Harrison acechando en su mente. Al salir, envuelta en una toalla mientras busca algo cómodo que ponerse sobre la cama, el tono melódico de su teléfono vibra con insistencia sobre la sábana. Es Elías.

Su mandíbula se tensa de inmediato antes de deslizar el dedo por la pantalla.

—¿Cómo estás, mi amor? —pregunta la voz de su novio al otro lado de la línea, cargada de una seguridad empalagosa que a ella, por alguna razón, hoy le resulta especialmente agotadora.

—Bien… ¿Y tú? —responde con sequedad, intentando modular el tono.

—Excelente, ahora que por fin escucho tu voz. Has estado un poco distante últimamente, casi no te veo por los pasillos ni coincidimos a la salida.

—He estado ocupada con asuntos personales… Pero hoy tengo tiempo, si quieres que nos veamos.

—Sí quiero. ¿Vamos con los chicos? Hoy hay una gran fiesta en casa de Jason. Todo el mundo irá, y quiero que vengas conmigo. Quiero presumir a mi hermosa novia frente a todos, así que no acepto un no por respuesta. Vamos, por favor.

Sienna suspira profundamente, cerrando los ojos con fastidio mientras sostiene el aparato contra su oreja. Sabe lo que implica una fiesta organizada por Jason: alcohol barato, música ensordecedora, cotilleos vacíos y la insistencia constante de Elías por monopolizar su tiempo y demostrar posesión frente a sus amigos de la banda.

—Elías, sabes perfectamente que yo… —intenta argumentar, pero él la corta de inmediato.

—Lo sé, lo sé, odias las fiestas, pero todos irán y yo quiero que estés a mi lado. ¡Vamos, prepárate guapa!

—Está bien, iré… pero que te quede una cosa muy clara: si en algún momento me dejas sola o empiezas a ignorarme para beber con tus amigos, me iré por mi cuenta. ¿Te queda completamente claro? —advierte ella con una firmeza helada en la voz.

—Perfecto, mi amor. Paso por ti a las ocho en punto, ponte algo deslumbrante —responde él con suficiencia—. Te amo —dice Elías antes de colgar.

Sienna se queda mirando la pantalla en negro durante unos segundos eternos. No sabe cómo responder a eso; de hecho, una parte de ella se paraliza porque jamás logra articular esas dos palabras en respuesta.

No lo ama. Y la razón no es una cuestión de rebeldía adolescente, sino una cicatriz psicológica profundamente arraigada. Creció creyendo que el amor era solo una coartada, una palabra vacía que su padre pronunciaba como un mantra cínico justo después de amedrentar a su madre a golpes. Para ella, el famoso “te amo” no era más que la antesala del terror, la fachada hipócrita que precedía al dolor, a los gritos, a las ofensas y a los engaños. En su mente infantil, y ahora en su madurez forzada a golpes de realidad, entendió que no podía pronunciar un sentimiento que jamás vio materializado en un acto genuino de afecto. Esa frase fue expulsada de su vocabulario el día que decidió que prefería el silencio antes que la mentira.

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