Fuego en la Sangre

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Capítulo 6 Jaque Mate

El silencio que se apoderó del gran salón de la mansión Prieto era tan mortal que casi se podía escuchar el goteo del agua que caía del sobre manila. La sirvienta permanecía en el centro del espacio, temblando bajo la mirada fúrica del patriarca de los Prieto.

Sandro, inmóvil en el último peldaño de la escalera, cruzó una mirada fugaz con Marsela. En los ojos del italiano ya no había desesperación, sino la fría resolución del hombre que sabe que su pasado ha venido a cobrarle la factura en el peor momento posible.

—¿Qué falta de respeto es esta? —gritó el viejo Prieto, arrebatándole el sobre a la empleada con un manotazo—. ¿Un anónimo en mitad de la recepción de mi hijo? ¡Esto es una ridiculez!

—Papá, espera —intervino Gustavo, dando un paso al frente con el ceño fruncido—. Deja ver qué dice. La mujer mencionó a Sandro. Si es una extorsión o una amenaza de la competencia, es mejor saberlo ya.

Marsela sintió que el corazón le daba un vuelco, pero se obligó a mantener la postura. Se acercó sutilmente al lado de Gustavo, no para apoyarlo, sino para estar lo suficientemente cerca del sobre cuando su suegro lo abriera. Miró de reojo a Julián; su hermano estaba conteniendo el aliento, con la mano metida en el bolsillo, buscando desesperadamente su teléfono celular.

El viejo Prieto, ignorando las miradas incómodas de los inversionistas extranjeros, rasgó el sobre manila húmedo. Al ver la primera imagen, los ojos del anciano se abrieron de par en par. La rigidez de sus facciones fue tan evidente que Victoria Prieto, su esposa, se acercó de inmediato para arrebatarle los papeles.

—¡Por Dios, esto es una infamia! —exclamó Victoria, ahogando un grito y cubriéndose la boca con una mano.

—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Anaís, avanzando con dificultad debido a sus siete meses de embarazo, el rostro cubierto de una angustia repentina—. Sandro, ¿qué es eso?

Marsela, aprovechando la confusión general, estiró el cuello y clavó la vista en las fotos que su suegra sostenía con dedos temblorosos. Las fotos no eran de ella y Sandro en Londres. No era el romance clandestino lo que el anónimo estaba delatando.

Las imágenes mostraban a Sandro Mattesi en un muelle oscuro en los muelles de Italia, estrechando la mano de un conocido capo de la mafia de Calabria, y la segunda foto era una copia de una orden de captura internacional emitida por la Interpol hacía un año, acusándolo de lavado de activos y conspiración.

Pero el verdadero mensaje era el que estaba en la nota impresa que acompañaba las imágenes. Marsela leyó las líneas en silencio, sintiendo que el suelo se le movía:

«Los Prieto creen que metieron a un genio de las finanzas en su casa, pero tienen a un criminal internacional. Y pregunten a Julián Dinger cuánto costó comprar el silencio de la policía local para que Sandro pudiera pisar este país con una identidad limpia».

El salón estalló en un murmullo descontrolable. Julián Dinger palideció por completo, dando un paso hacia atrás, dándose cuenta de que el anónimo no solo hundía a Sandro, sino que lo señalaba directamente a él como el cómplice que había falsificado los documentos de entrada para meter al italiano en el país.

—¡Esto es mentira! —gritó Julián, intentando recuperar el control de la situación, su voz saliendo un tono más agudo de lo normal—. ¡Es una campaña sucia de la competencia para tumbar la fusión de telecomunicaciones! ¡Es un montaje!

—¿Un montaje, Julián? —la voz de Sandro resonó en todo el salón, profunda, calmada y peligrosamente gélida. El italiano terminó de bajar el último escalón y caminó con paso firme hacia el centro del salón, ganándose el espacio como un depredador—. No le mientas a tus socios. Las fotos son reales. Ese soy yo en Calabria hace un año.

—¡Sandro, cállate! —le ordenó Julián, con los ojos inyectados en sangre, exigiéndole con la mirada que cumpliera el trato y mantuviera la boca cerrada.

Anaís comenzó a llorar, sosteniéndose del brazo de su hermano Gustavo.

—Sandro... dime que no es verdad... el bebé... nuestro hijo... —sollozó Anaís, al borde de una crisis nerviosa.

Marsela vio la jugada en el aire. Sabía que, si Sandro caía solo en ese momento, Julián ganaría la guerra, destruiría a Sandro y la mantendría a ella amarrada a Gustavo para siempre. Tenía que intervenir, tenía que desviar la atención y sembrar la duda antes de que Julián pudiera silenciar a Sandro con la policía.

—Espera un momento, suegro —dijo Marsela, su voz clara y firme cortando el llanto de Anaís. Se colocó en medio del salón, ganándose la mirada atónita de su padre y de Gustavo—. Si Sandro es un criminal internacional, ¿por qué mi hermano Julián arriesgaría su propio apellido y las acciones de nuestra empresa para traerlo a Caracas y casarlo con Anaís? Un hombre de negocios como Julián no hace caridad con prófugos de la justicia. Aquí hay algo más.

—Marsela, no te metas en esto, tú no sabes nada de negocios —escupió Julián entre dientes.

—Sé leer, Julián —contraatacó Marsela, arrebatándole la nota impresa a su suegra y leyéndola en voz alta frente a los inversionistas—. Aquí dice claramente que tú pagaste para limpiar su nombre. Si Sandro es el monstruo, ¿qué te convierte a ti en su patrocinador? ¿Qué negocio tan grande tenías con el esposo de Anaís antes de que llegara a esta casa?

El viejo Prieto giró la cabeza lentamente hacia Julián, con los ojos encendidos en una furia corporativa. El chantaje de Julián estaba empezando a volverse en su contra en tiempo récord.

—Dinger... más te vale que me expliques qué significa esto —siseó el patriarca de los Prieto—. Si metiste a un mafioso en mi familia para sabotear la fusión desde adentro, te juro por mi vida que tu familia va a quedar en la calle mañana mismo.

Sandro miró a Marsela, y una sonrisa casi imperceptible cruzó sus labios. Ella había entendido el juego a la perfección. No se trataba de defenderlo a él; se trataba de arrastrar a Julián al fango junto con ellos.

En ese instante, antes de que Julián pudiera articular una palabra, el teléfono celular de este comenzó a vibrar con un sonido estridente en mitad del silencio del salón. Julián miró la pantalla con las manos temblorosas. El identificador mostraba un número desconocido con código del Reino Unido.

—Atiende, hermanito le dijo Marsela. __ Debe ser alguien de Londres que olvidó cerrar bien las cuentas de tu trampa.

Presionado por las miradas acusadoras del viejo Prieto y la desconfianza colectiva, Julián deslizó la pantalla táctil con dedos torpes. Presionó el altavoz por puro error debido a los nervios.

El silencio del salón permitió que una voz distorsionada digitalmente resonara con una claridad espeluznante:

—Tic, tac, Julián Dinger. El trato del Soho expiró. Tienes exactamente cinco minutos para confesar de quién es el hijo que lleva Anaís, o la siguiente foto que llegará a la pantalla del salón será la de tu hermana Marsela en los muelles de Londres.

La línea se cortó con un clic seco, dejando a Julián sin aire y a Marsela petrificada, dándose cuenta de que el enemigo invisible no solo venía por su hermano, sino que la tenía a ella en la mira.

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