Fuego en la Sangre

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Capítulo 5 El arte de Mentir

Al abrir la puerta de par en par, el aire frío del pasillo golpeó el rostro de Marsela. Frente a ella, Gustavo Prieto mantenía la mano suspendida en el aire, y una expresión que oscilaba entre la confusión y la desconfianza. Detrás de él, el eco lejano de la fiesta y las risas de la alta sociedad se sentían como un zumbido molesto.

—¿Marsela? ¿Qué hacías encerrada con llave en el salón de fumar? —preguntó Gustavo, intentando mirar por encima de su hombro hacia la penumbra de la habitación—. Te estuve buscando por los baños y nadie te había visto. Pensé que te había pasado algo malo otra vez.

Marsela. Con una naturalidad pasmosa que ella misma desconocía hasta hace cinco minutos, dio un paso al frente, bloqueando con su propio cuerpo la línea de visión de su prometido, y dejó escapar un suspiro cargado de fastidio.

—Ay, Gustavo, por favor, bájale dos —soltó ella, cruzándose de brazos y fingiendo un tono de total agotamiento—. Qué intenso te pones. No estaba encerrada con llave para esconderme de nadie, es que la cerradura de esta puerta está defectuosa y cuando entré a buscar un segundo de paz se trancó sola. Tuve que batallar un buen rato con esa perilla vieja para poder abrirla.

Gustavo, un tanto descolocado por la respuesta directa. Miró la manija de bronce y luego volvió a clavar sus ojos en ella, asimilando la explicación.

—¿Y por qué tenías que buscar paz aquí metida en lo oscuro? La fiesta es abajo, Marsela. Nuestros padres están esperando para concretar los detalles del anuncio frente a los inversionistas de Las Mercedes. No dejes a la gente plantada.

—Precisamente por eso, Gustavo —lo interrumpió Marsela, dando un paso hacia el pasillo y obligándolo a retroceder sutilmente, alejándolo de la puerta donde Sandro permanecía conteniendo el aliento dentro del clóset—. Entre el gentío de abajo, el calor de Caracas que me tiene loca después de tanto frío en Londres, y la presión de tu mamá con el tema de la fecha de la boda, sentí que me iba a dar otro desmayo. Solo quería respirar un minuto a solas, sin que nadie me estuviera encima cobrándome las cuentas del futuro. ¿Es mucho pedir?

La mención de su desmayo anterior y la presión familiar ablandaron de inmediato la postura rígida de Gustavo. El orgullo del heredero Prieto cedió ante la culpa. Dio un paso hacia ella y le tomó los hombres con delicadeza, mirándola con esa típica mirada condescendiente que a Marsela ahora le causaba repulsión.

—Está bien, mi amor, discúlpame. Tienes razón, estás cansada por el viaje —consintió Gustavo, dándole un beso rápido en la frente—. Es solo que ando estresado con todo el protocolo de la fusión. Ven, vamos a bajar juntos para que te tomes algo suave y saludes a Julián, que acaba de llegar del club y te está buscando como loco.

—¿Julián ya está aquí? —preguntó Marsela, y por primera vez en toda la noche, sus ojos brillaron con una chispa auténtica, aunque no de afecto fraternal, sino de pura y cruda hostilidad—. Qué bueno. Me muero por darle un abrazo a mi hermanito.

—Sí, está abajo en el área del bar con mi papá —sonrió Gustavo, completamente ajeno al veneno que corría por las venas de su prometida—. Vamos.

Marsela se giró un segundo hacia el interior del salón de fumar, simulando que acomodaba el borde de su abrigo, y lanzó una mirada rápida hacia la penumbra del fondo, asegurándose en silencio de que Sandro captara el mensaje. Quédate allí hasta que el pasillo esté limpio. Luego, cerró la puerta tras de sí con un clic firme y caminó del brazo de Gustavo hacia las escaleras principales.

Marsela paseó la mirada por el gran salón de la mansión Prieto. Al fondo, cerca de la barra de licores importados, vio la silueta de su hermano Julián Dinger. Lucía como el hombre perfecto, el heredero ejemplar, el protector de la familia. Un cínico de primera categoría.

Al notar la presencia de su hermana, Julián interrumpió su conversación y caminó hacia ellos con los brazos abiertos y una sonrisa fingida de oreja a oreja.

—¡Marsela, mi vida! —exclamó Julián, envolviéndola en un abrazo que a ella le pareció el abrazo de una serpiente—. Qué alivio verte de pie, manita. Papá me contó que te habías desmayado en la entrada. Me tenías sumamente preocupado. Londres te cambió, estás más mujer, más imponente.

Marsela se obligó a corresponder el abrazo, apretando los dedos contra la espalda del traje de su hermano con una fuerza contenida. Cuando se separó, le sostuvo la mirada fija, sin parpadear, dejando que una sonrisa fría se instalara en sus labios.

—Gracias, Julián. Sí, Londres me cambió muchísimo —respondió ella, midiendo cada palabra con precisión. — Allá aprendí a ver las cosas desde otra perspectiva. Uno madura, abre los ojos y empieza a entender cómo se mueven los hilos del mundo... y quiénes son los que pretenden manejarlos.

Julián le miró sutilmente los ojos, captando un matiz extraño y afilado en la voz de su hermana, una seguridad que no recordaba en la Marsela sumisa que había desterrado a Europa hacía meses. Sin embargo, mantuvo su máscara intacta.

—Me alegra escuchar eso. De eso se trata la vida, de asumir las responsabilidades y cumplir con el rol que nos toca —comentó Julián, lanzándole una mirada de reojo a Gustavo—. Bueno, hermanita, prepárate, porque tu suegro está por pedir silencio para el brindis oficial. Es hora de que el mundo sepa cuándo te conviertes oficialmente en una Prieto.

Marsela aceptó sutilmente, pero en su mente, la jugada ya había comenzado. Miró de reojo hacia la parte superior de las escaleras, donde la silueta de Sandro comenzaba a visualizarse discretamente al pasillo del segundo piso. Ya no tenía miedo, ya no sentía el dolor del abandono. Julián creía que los tenía sometidos y amarrados por el cuello, pero había cometido el peor error de su vida: subestimar el fuego que ambos llevaban en la sangre y meterlos en la misma casa.

En ese instante, el patriarca de los Prieto golpeó su copa con un tenedor de plata, llamando la atención de todos los presentes en el salón. El silencio se hizo absoluto.

—Buenas noches a todos, amigos y socios —comenzó el viejo Prieto con solemnidad—. Hoy es una noche de doble bendición para nuestra dinastía. No solo celebramos la llegada de la hermosa Marsela y la inminente unión de nuestros apellidos, sino que también...

La frase quedó suspendida en el aire cuando las puertas dobles que daban al jardín de la mansión se abrieron de golpe de forma repentina, interrumpiendo el discurso. Una mujer de servicio entró corriendo, con el rostro de angustia y sosteniendo un sobre manila sellado que goteaba agua, como si alguien lo hubiera dejado tirado en el patio.

—Señor... disculpe la interrupción —tartamudeó la sirvienta, temblando ante la mirada furiosa de los presentes—. Acaban de dejar esto en la reja principal. Dice que es urgente y que tiene que leerse antes del brindis. Es sobre el esposo de la niña Anaís.

Sandro, que venía terminando de bajar las escaleras, se congeló en el último peldaño. Julián Dinger soltó el vaso de whisky, que se estrelló contra el piso, y Marsela apretó los puños, dándose cuenta de que alguien más estaba jugando en ese tablero y acababa de lanzar una bomba en mitad del salón.

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