Capítulo 4 La Verdad se desnuda
El aire de la mansión para Sandro y Marsela se sentía cada vez más intenso. Tras lograr esquivar el incómodo momento de la ecografía gracias a la oportuna llegada del médico familiar, quien la revisó y todo estaba bien obligaron a Marsela a bajar de nuevo al gran salón para cumplir con el protocolo.
Sandro observaba todo desde el balcón que daba al salón principal, con los puños hundidos en los bolsillos de su chaqueta y la mente dando vueltas para solucionar y explicarle porque le dejo la nota. Desde su posición, tenía una vista perfecta de Marsela. La joven vestía su imponente vestido de noche, pero lo que a Sandro le estaba destrozando las entrañas no era su belleza, sino la escena que ella estaba montando abajo.
Marsela, con una risa totalmente fingida y los ojos brillantes por una mezcla de rabia y despecho, se aferraba al brazo de Gustavo con una falsa efusividad. Frente a un grupo de inversionistas extranjeros, ella misma tomó la iniciativa de alzar su copa.
—Brindemos por el futuro de las telecomunicaciones y, por supuesto, por nuestra boda —anunció Marsela, clavando su mirada directamente en el balcón, sabiendo perfectamente que Sandro la estaba mirando—. Gustavo y yo no queremos esperar más. El amor de toda la vida merece formalizarse cuanto antes.
Gustavo, sorprendido e inflado de orgullo, la tomó por la cintura y le plantó un beso apasionado en los labios. Abajo, los aplausos estallaron. Arriba, en la oscuridad del balcón, Sandro sintió que la sangre le hervía. Sabía exactamente lo que Marsela estaba haciendo: se estaba arrojando a los leones por puro dolor, por la maldita incomprensión de aquella nota en Londres, usando a Gustavo como un escudo y un castigo hacia él.
Sandro no pudo más. La desesperación le nubló el juicio. Se dio la vuelta y bajó las escaleras a zancadas, interceptando el pasillo que conectaba el salón con los baños principales, sabiendo que Marsela tendría que pasar por allí para retocarse el maquillaje.
No se equivocó. Dos minutos después, Marsela apareció por el corredor, con el rostro pálido en cuanto la silueta de Sandro bloqueó su camino.
—Quítate, Sandro. Tengo que regresar con mi prometido —sin mirarle la cara le hablaba, intentando esquivarlo con la cabeza en alto, destilando un orgullo herido que a él le partía el alma.
Sandro la tomó del brazo con firmeza y, antes de que ella pudiera gritar, la empujó suavemente hacia el interior del salón de fumar adyacente, un espacio oscuro y desierto a esa hora de la noche. Cerró la puerta con llave de un solo golpe.
—¡Suéltame! ¿Qué te pasa? —le reclamó Marsela en un susurro furioso, empujándolo por el pecho—. ¿No te bastó con dejarme tirada en Londres como si fuera una basura? Se desgarro de dolor le golpeaba el pecho casi las palabras ni le salían. __Ahora vienes a jugar al cuñado protector mientras tu esposa embarazada te espera afuera. Eres un monstruo, Sandro. Te odio con toda mi alma.
—¡Ese bebé no es mío, Marsela! —soltó Sandro, la voz rota por una desesperación salvaje que nunca antes había mostrado.
El silencio que siguió fue tan violento que el eco de la música del salón pareció desaparecer. Marsela se quedó petrificada, con las manos aún apoyadas en el pecho de Sandro, sintiendo los latidos desbocados del corazón del italiano. Parpadeó, procesando las palabras como si le hablaran en otro idioma.
—¿Qué... qué estás diciendo? —articuló en un hilo de voz, la confusión disolviendo su armadura de rabia.
—Que el hijo que espera Anaís no es mío. Es de tu hermano. Es un bastardo de Julián —confesó Sandro, dando un paso al frente, tomándola por los hombros para que no apartara la mirada—. Julián la dejó embarazada hace meses para amarrar la fusión con los Prieto, pero no podía reconocerlo sin desatar un escándalo que destruiría a tu padre y las acciones de la empresa.
A Marsela le faltó el aire. Las piezas del rompecabezas comenzaron a moverse en su mente a una velocidad aterradora.
—No... eso no tiene sentido. Si es de Julián, ¿por qué estás casado tú con ella? ¿Por qué me dejaste?
—¡Porque Julián nos descubrió en Londres, Marsela! —reveló Sandro, las lágrimas de frustración llenaron sus ojos y le ahogaron las palabras—. Tu hermano nos estuvo vigilando todo el tiempo. Supo lo nuestro, supo quién era yo realmente y el pasado judicial que arrastro en Italia. Me tendió una trampa maldita. Me amenazó con que, si no regresaba de inmediato a casarme con Anaís para darle un apellido a ese niño y salvar el honor de los Dinger, le enviaría a Gustavo y a tu padre las fotos de nosotros en el Soho. Iba a destruirte a ti, a hundirte en la miseria y el aislamiento social, y a mí me mandaría directo a una prisión europea.
Marsela retrocedió un paso, desprendiéndose del agarre de Sandro. Su espalda chocó contra la pared de madera del salón de fumar. La nota arrugada en su bolso cobró un significado completamente nuevo. El "Siempre te amaré. Perdóname" no había sido un abandono por falta de amor, sino un acto de sacrificio desesperado.
—Sandro... —pronunció su nombre, y esta vez la rabia fue sustituida por un horror frio que le paralizaba el aire al comprender la magnitud de la trampa en la que ambos estaban metidos—. Julián... mi propio hermano nos hizo esto, se desplomo en el piso llena de más rabia.
—Nos tiene amarrados, Mars —le confesó Sandro, acortando la distancia de nuevo, acorralándola contra la pared, pero esta vez con una ternura y un amor herido, rozando su mejilla con los dedos temblorosos—. Me obligó a firmar un acta de matrimonio falsa y a adulterar los informes prenatales. Me metió en esta casa como su títere financiero para desviar fondos de los Prieto. Yo acepté el infierno solo para protegerte a ti, para que pudieras terminar tus estudios limpia de su veneno. Pero verte abajo... verte besar a Gustavo por despecho, planeando una boda con un hombre al que no amas... no puedo soportarlo, Marsela. No voy a dejar que te destruyas por mi culpa.
Marsela miró los ojos de Sandro, encontrando en ellos al mismo hombre que la había amado con locura entre la niebla de Londres. El fuego que creía apagado revivió en un segundo, transformado en una resolución gélida y peligrosa. Ya no eran dos víctimas separadas por un malentendido; ahora eran dos prisioneros que conocían la identidad de su verdugo.
—Esto cambia todo —susurró Marsela, sus ojos brillando con una chispa de pura venganza mientras colocaba su mano sobre la de Sandro—. Julián cree que nos tiene de rodillas, pero cometió un error. Nos puso bajo el mismo techo.
El sonido de unos pasos firmes deteniéndose justo afuera de la puerta del salón de fumar los obligó a congelarse. La manija de la puerta se movió con insistencia.
—¿Marsela? ¿Estás ahí dentro? —la voz de Gustavo resonó desde el pasillo, sembrando el pánico en el aire.
—Sí, aquí estoy —respondió ella, aclarándose la garganta y poniéndose de pie de un salto, alisando su vestido con una pasmosa frialdad.
—Marsela, pero ¿qué haces? ¿Cómo le vas a explicar? —le susurró Sandro, con el rostro desencajado y profundamente preocupado por ella.
Marsela lo miró fijamente, con una sonrisa oscura que Sandro jamás le había visto en Londres.
—Tranquilo, no te preocupes por mí. Julián va a pagar por lo que nos ha hecho —le devolvió en un susurro imperceptible mientras señalaba el gran clóset empotrado al fondo del salón—. Escóndete. Esto apenas comienza.
Marsela giró la llave de la cerradura y abrió la puerta, encontrándose cara a cara con la mirada confundida de Gustavo.
