Capítulo 3 Duelo de Mascaras
La puerta de la biblioteca se abrió de golpe, Sandro se incorporó y dio un paso atrás, cruzando los brazos con una indiferencia, Marsela, con el corazón que se le sale por la boca superando todo lo que ha pasado, se acomodó sobre los cojines, obligándose a respirar con normalidad a pesar del nudo de rabia, desprecio y confusión que le cerraba la garganta.
Gustavo entró apresurado, sosteniendo un vaso con agua fría y un pequeño frasco de alcohol que le había arrebatado a una de las sirvientas en el pasillo.
—Aquí está. Disculpen la demora, el servicio abajo está hecho un caos con el brindis —dijo Gustavo. Se arrodilló al lado de Marsela y le tendió el vaso, mirándola con una genuina preocupación que a ella le revolvió el estómago—. Mi amor, qué susto nos diste. ¿Cómo te sientes? ¿Todavía te duele la cabeza?
Marsela aceptó el vaso con una mano ligeramente temblorosa, cuidando de no mirar a Sandro, quien permanecía de pie al fondo de la habitación.
—Estoy bien, Gustavo. De verdad. Solo fue el impacto del viaje, el cambio de clima... y quizás la emoción de regresar más de verlos a todos ustedes—mintió Marsela, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. La palabra "emoción" se sintió amarga en su propia boca.
—Te lo dije, hermano —intervino Sandro desde la penumbra, su voz profunda e impersonal, desprovista de cualquier rastro del susurro que había usado segundos antes—. El cansancio acumulado y el choque térmico del aeropuerto suelen causar estos bajones de tensión. Tu prometida solo necesita descansar.
Gustavo se sintió aliviado por las palabras de su cuñado, a quien respetaba profundamente. Se giró hacia Marsela y le tomó la mano, dándole un suave apretón.
—Sandro tiene razón. Gracias a que él estaba cerca cuando te desplomaste. Tiene unos reflejos impresionantes, Mars. Si no te hubiera atrapado en el aire, te habrías golpeado contra el borde de la mesa de mármol.
Marsela sintió una rabia inmensa. Desvió la mirada por un segundo hacia Sandro. Él la observaba fijamente como diciéndole te salvé en Londres y te salvé aquí,
—Gracias... Sandro —articuló Marsela, forzando cada sílaba, sintiendo que el nombre de su antiguo amante le quemaba la lengua—. Te debo una pero no te preocupes de alguna manera te lo pagaré.
—No hay nada que agradecer, Marsela. Ahora somos familia —respondió él, remarcando la palabra "familia" con una ironía sutil que a ella le pareció un insulto—. Las responsabilidades se comparten bajo este techo.
Antes de que Gustavo pudiera añadir algo más, apareció en la puerta, Anaís Prieto. Su avanzado embarazo de siete meses era evidente bajo el vestido de seda que vestía. Tenía un semblante de angustia y sostenía su vientre con ambas manos, un gesto que a Marsela le resultó insoportable de mirar.
—¿Cómo está? ¿Ya despertó? —preguntó Anaís, entrando a la biblioteca con paso apresurado.
—Sí, Ana, ya está mejor —respondió Gustavo, levantándose para dejarle espacio a su hermana—. Solo fue un susto.
Anaís se inclinó hacia Marsela, tomándola del hombro con cariño. Ambas se conocían desde la infancia, pero la distancia de los últimos meses y, sobre todo, el secreto que ahora las unía sin que Anaís lo supiera, creaba una barrera invisible de tensión.
—Marsela, mi vida, nos asustaste a todos —dijo Anaís con un hilo de voz—. Qué entrada tan dramática. Mi madre casi sufre un colapso abajo intentando calmar a los invitados. Pero lo importante es que estés bien. Venir desde Londres no es fácil.
Sandro se movió desde la esquina y caminó hacia su esposa, posando una mano firme y aparentemente afectuosa sobre el hombro de Anaís. El contraste de ver la mano de Sandro protegiendo a la mujer embarazada hizo que Marsela sintiera una náusea real.
—Anaís, amor, no debiste subir las escaleras tan rápido en tu estado —le reclamó Sandro con un tono suave, protector, que Marsela jamás le había escuchado en Londres. Era una actuación perfecta—. El médico familiar está abajo. Gustavo, creo que lo mejor es que bajes a buscarlo para que revise a Marsela aquí arriba, lejos del ruido. Yo me quedaré con las chicas.
—Tienes razón, voy de inmediato —asintió Gustavo, confiando ciegamente en el criterio de su cuñado. Miró a Marsela con una última sonrisa—. No me tardo, mi amor.
Gustavo salió de la biblioteca a paso veloz, dejando el ambiente cargado de una electricidad incómoda. Anaís suspiró, dejándose caer en una de las sillas individuales junto al diván, mientras Sandro permanecía de pie a su lado, como un guardián silencioso de una mentira perfecta.
—Es una locura todo esto, ¿verdad? —comentó Anaís, mirando a Marsela y luego levantando la vista hacia su esposo—. Regresas de tu viaje y te encuentras con que Gustavo y yo decidimos cambiar nuestras vidas en cuestión de meses. Sé que es un shock ver que me casé tan rápido, Marsela, pero cuando el amor te llega así, de golpe, no hay tiempo que perder. Sandro apareció en mi vida en el momento exacto.
Marsela sintió que el vaso de agua en su mano pesaba una tonelada. Escuchar a Anaís hablar de "amor" y de "el momento exacto" la hacía querer gritar. Miró a Sandro, esperando ver un destello de culpa en sus ojos oscuros, pero el rostro del italiano permanecía impasible, una máscara de plata impenetrable.
—Sí... es una gran sorpresa, Anaís —logró responder Marsela, manteniendo la voz lo más firme posible, aunque sus ojos destilaban un veneno silencioso—. Me alegra mucho ver que encontraste a un hombre tan... dispuesto a cumplir con sus responsabilidades familiares. Espero ser una mujer afortunada como tú, casándome con Gustavo —añadió Marsela, mirando fijamente a Sandro, dejándole claro que ella también había tomado una decisión y que no se quedaría atrás.
Sandro apretó su puño con una fuerza evidente, al captar la letal ironía de Marsela. Fue un movimiento tenso, imperceptible para su esposa, pero que Marsela celebró por dentro al notar el impacto de su golpe. El juego de apariencias bajo el techo de los Prieto acababa de comenzar oficialmente, y las paredes de la biblioteca eran el primer testigo de una guerra silenciosa que estaba a punto de destruir la paz de ambas familias.
Anaís, ajena por completo a la batalla silenciosa que se libraba sobre su cabeza, se acomodó el vestido y suspiró con alivio.
—Me alegra tanto que te lleves bien con Sandro, Mars. Seremos una familia muy unida. De hecho... —Anaís sonrió, buscando complicidad en su esposo—. Sandro, saca el teléfono y muéstrale a Marsela las fotos de la ecografía en 4D que nos dieron ayer. Se ve idéntico a ti cuando eras niño, mi amor. Tienes que ver la forma de sus manos.
Sandro congeló el gesto de su mano derecha, deteniéndose a mitad de camino hacia el bolsillo de su saco. Sus ojos oscuros chocaron con los de Marsela en un destello de pánico contenido. El bebé no era de él; era un bastardo de Julián, y cualquier examen detallado o imagen genética ponía una soga invisible en el cuello del italiano.
