Fuego en la Sangre

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Capítulo 2 El roce del pasado

El murmullo de los presentes se transformó en exclamaciones ahogadas cuando el cuerpo de Marsela Dinger golpeó el suelo del gran salón. La copa de champaña se hizo añicos a su lado, Gustavo soltó un grito de horror, arrodillándose de inmediato para tomarla entre sus brazos, con el rostro desencajado por el pánico.

—¡Marsela! ¡Mars, por favor, mírame! —exclamó Gustavo, dándole leves palmaditas en la mejilla, pero la joven permanecía completamente pálida, con los ojos cerrados y la respiración débil.

La multitud se aglomeró alrededor, bloqueando el paso y sofocando el aire. Fue en ese instante de absoluto caos cuando una figura se abrió paso con la fuerza y la determinación de un huracán.

Sandro Mattesi se agachó junto a ellos. Sus ojos oscuros, fijos en el rostro inerte de Marsela, destilaban una furia contenida y una preocupación tan salvaje que, de no haber sido por la ceguera de la situación, cualquiera habría notado que entre ellos había algo más que una simple coincidencia familiar.

—Hazte a un lado, Gustavo, la estás asfixiando —ordenó Sandro con una voz tan profunda y autoritaria que no admitió réplica—. Todos den un paso atrás. Necesita oxígeno.

Sin esperar la aprobación de nadie, Sandro deslizó sus brazos por debajo del cuerpo de Marsela y la levantó en vilo con una facilidad pasmosa. El contacto físico, aunque ella estuviera inconsciente, provocó un cambio invisible en la atmósfera. Los dedos de Sandro se tensaron contra la tela del vestido de Marsela, una sutil muestra de la posesividad que lo dominaba por dentro.

—¿Qué haces, Sandro? Déjala, yo puedo llevarla —alcanzó a decir Gustavo, levantándose de prisa, sintiéndose de pronto desplazado en su propio territorio.

—Tu prometida pesa menos que una pluma y tú estás temblando, hermano —respondió Sandro. — Lo mejor es llevarla a la biblioteca del segundo piso. Allí corre el aire y estará lejos del escándalo de los invitados. Avisa al médico de la familia.

Victoria Prieto, la matriarca, intervino de inmediato con su habitual tono aristocrático, intentando disimular el incidente ante los ojos inquisidores de los socios presentes.

—Sandro tiene razón, Gustavo. Acompáñalo arriba. Anaís, mi amor, quédate aquí y diles a los músicos que sigan tocando. Esto es solo un bajón de tensión por el viaje. No pasó nada, señores, por favor, continúen con la velada.

Sandro no esperó a que la orden de la suegra terminara de ejecutarse. Comenzó a subir las amplias escaleras de la mansión con pasos firmes y calculados. En sus brazos, el rostro de Marsela descansaba peligrosamente cerca de su cuello. Sintió un impulso casi incontrolable de apretarla contra su pecho, de huir de esa maldita mansión y de las cadenas que lo ataban a esa familia, pero se obligó a mantener la fachada de piedra.

Llegaron a la biblioteca del segundo piso, un espacio amplio, revestido de madera oscura y estantes repletos de libros antiguos, iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba por el gran ventanal. Sandro la recostó con extrema delicadeza sobre el diván de terciopelo verde.

Gustavo entró corriendo detrás de ellos, aflojándose la corbata con frustración.

—Dios mío, esto es un desastre —se lamentó Gustavo, caminando de un lado a otro—. El médico dice que viene en camino, pero tardará veinte minutos por el tráfico del este de la ciudad. Sandro, de verdad gracias. Tuviste unos reflejos de acero.

—No fue nada —se limitó a decir, con la vista fija en Marsela, que comenzaba a emitir un leve quejido, indicando que estaba recuperando la conciencia.

—Voy abajo a buscar un poco de alcohol y agua fría —anunció Gustavo, deteniéndose en la puerta—. Quédate con ella, por favor. No quiero que se despierte sola y se asuste.

—Ve tranquilo. Yo la cuido —la frase salió de los labios de Sandro con un doble sentido que Gustavo fue incapaz de descifrar.

En cuanto los pasos de Gustavo se perdieron pasillo abajo, el silencio de la biblioteca se volvió asfixiante. Sandro dio dos pasos y se inclinó sobre ella.

Marsela abrió los ojos lentamente. Su visión, inicialmente borrosa, se enfocó en las molduras del techo y luego se desvió hacia el lado derecho. Al encontrarse con la mirada oscura y penetrante de Sandro, el aire se le escapó de los pulmones en un suspiro ahogado. Intentó incorporarse de golpe, pero un mareo la obligó a caer de nuevo sobre los cojines.

—No te muevas —le advirtió él, su voz bajando a un susurro cerca de su oído __No sabes todo lo que siento al tenerte así tan cerca nunca quise que nuestro encuentro fuese así, pero ya habrá tiempo para hablar. Todavía estás débil.

—Tú... ¿Qué haces aquí? —consiguió articular Marsela, sintiendo que las lágrimas de rabia y dolor agolpaban sus ojos—. ¿Por qué estás en esta casa? ¿Por qué estás con Anaís?

Sandro se puso las manos en la cara. Se inclinó un poco más, rompiendo cualquier distancia segura, hasta que Marsela pudo percibir el calor de su aliento.

—¿Crees que yo quería esto, Marsela? —le dijo entre dientes, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa—. El destino es un maldito cínico. Me arrastraron a este país bajo una promesa que no pude rechazar, y ahora resulta que la mujer que dejé en Londres es la prometida del hermano de mi esposa.

—¡No te atrevas a darme explicaciones ahora! —le reclamó ella en un hilo de voz lleno de desprecio, intentando apartarlo con la mano, pero Sandro le atrapó la muñeca en el aire con un agarre firme pero extrañamente suave—. Me dejaste sola en esa habitación. Me rompiste el corazón con una maldita nota arrugada. Y ahora regresas casado con mi cuñada, esperando un hijo...

—Ese hijo... —Sandro se detuvo abruptamente, sus ojos desviándose un segundo hacia la puerta de la biblioteca, consciente de que el tiempo se les agotaba—. Ese hijo no es lo que tú crees, Marsela. Hay cosas que no sabes. Secretos en esta casa que nos van a destruir a todos si salen a la luz.

Antes de que Marsela pudiera procesar la enigmática declaración, el sonido de unos pasos apresurados en el pasillo exterior les advirtió que el tiempo a solas había terminado. Gustavo estaba de regreso.

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