Fuego en la Sangre

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Capítulo 1 El peso del deber

El ruido del aeropuerto para Marsela, era como una cuenta regresiva que le recordaba, con cada paso, que el tiempo de su libertad había terminado. Atrás quedaba la niebla densa de Londres, sus calles llenas de nostalgia y, sobre todo, la habitación de aquel hotel donde su vida se había roto en mil pedazos hacía exactamente siete meses.

Cruzar la puerta y sentir el aire cálido de su país natal no le trajo la paz que tanto había anhelado durante el vuelo. Al contrario, el pecho se le oprimió. Marsela sabía perfectamente lo que le aguardaba al otro lado del cristal: el destino que otros habían escrito para ella mucho antes de que tuviera uso de razón.

—Te ves impecable, Marsela. Londres te ha sentado bien, te ha dado un aire de madurez que nuestra empresa necesita —la voz de su padre, pesada, ejecutiva y carente de cualquier calidez paternal, la recibió antes de que ella pudiera buscarlo con la mirada.

Gustavo Prieto estaba ahí. El novio de toda la vida. El chico con el que Marsela había compartido tardes de juegos en el club de golf, el adolescente que le había dado su primer beso insípido y el hombre con el que se suponía que debía envejecer por mandato familiar.

—Bienvenida a casa, Mars —dijo Gustavo, dando un paso al frente para rodear los hombros de la joven con sus brazos.

Le plantó un beso suave en la mejilla, cerca de los labios. Era un gesto que destilaba una profunda y cómoda amistad, pero ninguna de la pasión que se esperaría de un hombre que ha esperado meses para ver a la mujer de su vida.

—Hola, Gustavo. Te he echado de menos —mintió Marsela y sostuvo la fachada con la dignidad de una heredera.

Por dentro, sin embargo, la mente de la joven era un caos que sangraba en silencio.

En el bolsillo interno de su bolso de mano, se encontraba una pequeña libreta, y dentro de ella, un pedazo de papel arrugado que amenazaba con quemarle la piel. Era la maldita nota que había encontrado sobre la mesa de noche de aquel hotel en Londres, la mañana en que se despertó sola, con las sábanas aún tibias por el calor de sus cuerpos.

«Siempre te amaré. Perdóname», decía la caligrafía apresurada, elegante pero rota, de Sandro Mattesi.

Sandro la había amado con una intensidad que la hizo olvidar quién era ella y a qué mundo pertenecía.

La había subido a las nubes con detalles diarios, con promesas susurradas al oído en mitad de la noche, haciéndole creer que el futuro les pertenecía. Y luego, sin una explicación, sin una llamada, la había dejado caer al vacío con esa estúpida nota de disculpa.

—¿Estás bien, Marsela? Te noto un poco distante —la voz de Gustavo interrumpió el torbellino de sus pensamientos. Marsela parpadeó y sintió la mano cálida de su novio posarse sobre la suya.

—Solo estoy un poco cansada por el viaje y el cambio de horario —respondió ella, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Ha sido un año muy intenso con el final de los estudios.

—Lo entiendo, mi amor. Pero esta noche tienes que sacar energías de donde no las tengas —comentó Gustavo con entusiasmo, apretando sus dedos—. Tu madre y la mía han organizado una recepción de bienvenida en la mansión Prieto. Será algo íntimo, solo la familia y los socios principales. Queremos aprovechar el brindis para anunciar formalmente la fecha de la boda. Ya es hora de formalizar nuestro compromiso ante todos.

—Claro —articuló la joven, forzando una sonrisa—. Es lo que todos hemos esperado.

—Así se habla, hija —intervino su padre desde el asiento delantero, sin levantar la vista de su tableta—. Los Dinger siempre cumplen con sus responsabilidades. El mercado reaccionará de maravilla cuando se filtre la noticia mañana por la mañana.

Al llegar a la mansión de los Prieto, Marsela se bajó del vehículo, Gustavo se colocó a su lado, ofreciéndole su brazo con elegancia caballeresca.

Ambos avanzaron por la escalinata de la entrada principal. Al llegar a la entrada, antes de que las puertas se abrieran por completo, Gustavo se detuvo un instante, mirándola con una mezcla de entusiasmo y complicidad corporativa.

—Por cierto, Mars, hay una sorpresa esta noche. Mi hermana Anaís por fin llegó de su viaje —comentó Gustavo, acomodándose los puños de la camisa—. Sé que no la vez desde hace un año, pero esta noche la celebración es doble. Está radiante. Viene acompañada de su nuevo esposo... y con una bendición en camino. Tiene exactamente siete meses de embarazo.

La última frase golpeó los oídos de Marsela con la fuerza de un impacto en seco.

Siete meses.

La cifra se le clavó en el pecho como una aguja helada. Siete meses era el tiempo exacto que había transcurrido desde aquella mañana maldita en Londres. Siete meses desde que se había despertado sola en una cama fría, con una nota de disculpa y el corazón hecho pedazos. Un presentimiento oscuro, denso y asfixiante se instaló en su garganta.

—¿Siete meses? —logró articular Marsela, sintiendo que la sonrisa ensayada se le congelaba en las facciones—. No... no sabía que Anaís se había casado. Qué rápido.

—Fue algo repentino, un romance de esos que te cambian la vida, ya sabes cómo son las mujeres —rio Gustavo, restándole importancia con un gesto ligero antes de presionar suavemente su brazo—. Mi cuñado es un tipo reservado, pero un genio de las finanzas. Mi padre está encantado con él. Ven, entremos, están por hacer el brindis.

Marsela avanzó por el gran salón como si caminara en un sueño suspendido, con el corazón latiéndole a un ritmo desbocado. La multitud se abrió para abrirles paso, todos decían a gran voz bienvenida. Allí estaba su madre, la implacable Victoria Prieto, y a su lado, una joven de facciones dulces que lucía un ceñido vestido de seda que delataba un prominente vientre de embarazada.

Pero no fue el vientre de Anaís lo que hizo que el mundo de Marsela se detuviera por completo.

Acompañándola, con una mano apoyada en la espalda de la joven y vistiendo un impecable traje oscuro, se encontraba el hombre de la caligrafía rota. El hombre de la nota de disculpa. El prófugo de su pasado.

Sandro Mattesi estaba allí.

Al sentir el ruido los saludos y la alegría en la entrada, Sandro levantó la mirada. Sus ojos cruzaron el salón y se clavaron directamente en los de Marsela.

El impacto de la realidad la golpeó como una ola de concreto. En cuestión de milisegundos, el cerebro de Marsela unió todas las piezas: los siete meses de ausencia, el embarazo de Anaís, el hecho de que el único hombre que había amado era ahora su cuñado.

Sintió que la copa de champaña se deslizaba de sus dedos, estrellándose contra el mármol en un crujido limpio. Marsela intentó sostenerse del brazo de Gustavo, pero sus fuerzas la traicionaron por completo y antes de escuchar los gritos de pánico de los invitados, su cuerpo se desplomó hacia el vacío, cayendo desmayada en mitad del salón.

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