Capítulo 5
POV de Maya:
Pasamos el resto de la mañana limpiando. Para el mediodía, el departamento por fin volvió a verse habitable.
Me estiré, con la espalda adolorida.
—Muy bien, bebé. Vamos a buscar algo de comer. Preparamos algo rico para el almuerzo, ¿sí?
Amy se levantó de un salto de donde había estado doblando toallas.
—¡Ya estoy lista! ¡Ya estoy lista!
Cinco minutos después, ya íbamos saliendo, de la mano. Había un supermercado a solo una cuadra de nuestro edificio; nada elegante, pero práctico.
—¿Qué vamos a hacer, mami?
—¿Qué tal espagueti? ¿Con albóndigas?
—¡Sí! —Amy me apretó la mano.
Dentro de la tienda, agarré una canasta y empecé a avanzar por el pasillo de frutas y verduras. Amy trotaba a mi lado, con los ojos muy abiertos mientras contemplaba las hileras de vegetales.
—Mira, bebé. —Señalé una montaña de jitomates—. Estos son jitomates. Los vamos a usar para la salsa.
Amy estiró la mano y tocó uno con cuidado.
—Son rojos.
—Así es. Y estos… —Levanté un pimiento verde—. …son pimientos morrones. ¿De qué color es este?
—¡Verde!
—Muy bien. ¿Y este?
—¡Amarillo!
Nos movimos despacio por los pasillos, con Amy nombrando verduras y haciendo preguntas. Quería saber por qué las zanahorias eran naranjas, por qué la cebolla te hacía llorar, por qué el ajo olía raro. Yo respondía lo mejor que podía, viéndola absorber cada palabra como una esponjita.
Es tan inteligente. Demasiado inteligente.
De vuelta en casa, puse a Amy a lavar las verduras mientras yo empezaba a hervir agua para la pasta. Se paró sobre un banquito frente al fregadero, tallando jitomates con la seriedad de una cirujana.
—¿Lo estoy haciendo bien, mami?
—Perfecto, corazón.
Cocinar con una niña de cuatro años tomaba el doble de tiempo de lo normal, pero no me importaba. La risa de Amy llenaba el departamento mientras “me ayudaba” a formar las albóndigas, con sus manitas cubiertas de carne molida.
Para cuando nos sentamos a comer, yo estaba agotada. Pero Amy estaba radiante, enrollando el espagueti en el tenedor con la concentración de una chef experta.
—Este es el mejor almuerzo de la historia —declaró.
Sonreí.
—Me alegra que te guste.
Después de comer, por fin me dejé caer en el sillón. Amy se había acurrucado en el piso con su tableta, viendo un documental de naturaleza sobre leones.
—¡Mami, mira! —Señaló la pantalla—. ¡El leoncito está bien bonito!
—Sí, lo está —miré de reojo—. Pero acuérdate de descansar la vista, ¿sí?
Amy asintió.
Cuando terminó el episodio, cerré mi laptop.
—Ven, bebé.
Amy levantó la mirada y luego se puso de pie de un salto. Abrí los brazos y ella se acercó, dejando que la envolviera en un abrazo.
—Vamos a ver la vista —dije—. Descansa un rato los ojos.
Asintió, y yo me levanté tomándola de la mano. Caminamos juntas hasta el balcón, saliendo al aire tibio.
Levanté los brazos por encima de la cabeza y gemí cuando me tronó la espalda. Amy me imitó, estirando sus bracitos todo lo que pudo.
Me reí.
—Eres graciosa, ¿sabías?
Ella sonrió.
—Tú eres más graciosa.
Nos quedamos ahí un momento, mirando la calle abajo. La lluvia lo había lavado todo, dejando el pavimento oscuro y brillante.
—Oye, Amy. —Me agaché hasta quedar a su altura—. ¿Quieres ir a ver a tus amigos mañana? Podríamos invitar a alguien de la escuela a jugar.
Amy negó con la cabeza.
—No, gracias.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué no? ¿No tienes amigos en la guardería?
—No, en realidad no.
Se me encogió el corazón.
—¿Alguien está siendo mala contigo?
—No. —Amy me miró con esos ojos enormes—. Es que son aburridos.
Parpadeé.
—¿Aburridos?
—Sí. La maestra es aburrida. Los niños son aburridos. Los juegos son aburridos.
No sabía si reír o llorar.
—Amy...
—Está bien, mami. —Me palmeó la mano, como si ella fuera la que me estuviera consolando a mí.— Voy a portarme bien con ellos. Lo prometo. Solo que... me gusta mi tiempo a solas, ¿sabes?
Tiene cuatro años. No debería necesitar “tiempo a solas”.
Tragué saliva.
—Lo sé, amor. Pero es importante tener amigos.
—Lo sé. —Amy asintió con seriedad.— Lo intentaré. Pero no tengo que jugar con ellos todo el tiempo, ¿verdad?
—No —dije en voz baja—. No tienes.
Sonrió.
—Bien.
Alargué la mano y le acomodé los rizos.
—Entonces, ¿qué quieres hacer mañana? Podríamos ir al parque acuático. Hay uno con toboganes y un río lento...
Amy negó con la cabeza.
—Quiero ir al parque.
—¿Al parque? —repetí—. O sea... ¿al parque de siempre? ¿Con columpios?
—Ajá.
Suspiré. Debí haberlo sabido. Amy nunca quería hacer las cosas que hacían los demás niños. No le importaban los inflables gigantes ni las zonas de juegos con agua. Ella solo quería sentarse en una banca y ver pasar el mundo, como una diminita viejecita.
—Está bien —dije—. Al parque, entonces.
Amy me abrazó.
—Gracias, mami.
POV de Adam
El semáforo se puso en rojo.
Detuve el auto, tamborileando los dedos sobre el volante. El tráfico en Boston era una pesadilla, sobre todo los sábados, cuando a todo el mundo se le ocurría atorar las calles.
El sistema de audio pasó a la siguiente pista en modo aleatorio. Una suave introducción de guitarra acústica llenó el repentino silencio de la cabina.
Me quedé helado.
Era una vieja canción indie. La favorita de Maya. Solía tararear exactamente esa melodía mientras hacía café en su diminuto departamento en Cleveland, hace cinco años.
Se me cortó la respiración.
Extendí la mano y apuñalé la pantalla de la consola con violencia para apagar el audio. El silencio abrupto que siguió, de algún modo, se sintió más pesado, asfixiante.
El auto detrás de mí tocó el claxon. El semáforo se había puesto en verde.
Aceleré, con la mandíbula apretada.
Te estás volviendo loco, Sterling.
Habían pasado cinco años. Cinco malditos años. Ya debería haber pasado página. Yo había pasado página.
Excepto que no.
Porque cada vez que cerraba los ojos, veía su cara. Cada vez que pasaba manejando frente a Garrison Industries, me descubría dando vueltas a la manzana, esperando como un acosador obsesionado.
Hace dos días, pasé tres horas estacionado afuera de su edificio. Esperando. Observando.
Y entonces la vi. Saliendo con Julian Garrison. Sonriéndole. Subiéndose a su auto.
Estuve a nada de estrellar mi Aston Martin contra un maldito poste de luz.
¿Qué es ella para él?
La idea me hizo hervir la sangre. Apreté más el acelerador, zigzagueando entre el tráfico.
Me pasé una mano por el cabello, aferrándome al volante con la otra. Me latía la cabeza. No había dormido bien en días.
Cada noche, el mismo sueño.
Maya. De pie frente a mí, con esos ojos fríos, vacíos.
—Adam, no somos el uno para el otro. Terminemos.
—Quiero casarme con alguien rico. Alguien que me dé una vida sin preocupaciones económicas.
—Eres guapo, pero estás en la ruina. Lo siento. No podemos seguir.
Y luego se daba la vuelta y se iba, y yo despertaba sudando, con el pecho oprimido, los puños apretados.
No había tenido esos sueños en años. No desde los primeros meses después de que se fue.
Ahora habían vuelto. Todas y cada una de las noches.
Entré al estacionamiento subterráneo de mi penthouse en Seaport y apagué el motor. El silencio era ensordecedor.
Me recosté en el asiento, cerrando los ojos.
Esto es culpa de ella. Todo.
