Esposa por venganza

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Capítulo 5 Capítulo 5.- La firma y el abismo

El silencio del penthouse durante la madrugada fue el peor de los enemigos. Apenas pude pegar el ojo. Me la pasé dando vueltas en una cama más grande que mi departamento entero, mirando el techo y tocándome el vientre cada diez minutos para convencerme de que todo esto era real.

No era un sueño. No era una pesadilla. Era mi nueva vida.

A las seis y media de la mañana, alguien tocó suavemente a la puerta de la habitación.

—Pase —dije, sentándome en la orilla del colchón.

La puerta se abrió y apareció Damián. Ya estaba perfectamente vestido con un traje gris marengo, impecable, con el cabello peinado hacia atrás y una taza de té humeante en la mano.

—Buenos días, Carmen —dijo, dejando la taza en la mesa de noche—. ¿Cómo pasó la noche? Se ve cansada.

—¿Cómo quiere que esté? —sonreí de lado, sin muchas fuerzas—. Hace dos días estaba llorando en un baño con una prueba de embarazo y hoy me voy a casar con el tío de mi ex. Creo que el insomnio era lo mínimo que podía esperar.

Damián dejó escapar una risita baja, un sonido rasposo y extrañamente reconfortante.

—Tiene un punto. Pero el juez ya está abajo en el estudio. El abogado trajo los documentos para el acuerdo prenupcial y las actas. Si tiene alguna duda o quiere echarse atrás, este es el último minuto que le queda para hacerlo. No la voy a obligar a nada.

Lo miré a los ojos. Busqué en su rostro alguna señal de duda o de manipulación, pero solo encontré una serenidad absoluta.

—No me voy a echar atrás —dije con firmeza—. Solo... dígame la verdad, Damián. ¿El acuerdo prenupcial me deja sin nada si esto sale mal?

—Al contrario —respondió él, sacando un bolígrafo de oro de su saco—. El acuerdo estipula que, en caso de separación o de mi fallecimiento, usted y su hijo quedan protegidos financieramente de por vida. Ningún Silva podrá quitarles un solo centavo. No la estoy trayendo a mi vida para dejarla en la calle.

Tragué saliva. La diferencia entre este hombre y su sobrino era abismal. Julián me ofreció un cheque para deshacerme de mi hijo; Damián me estaba ofreciendo un futuro antes de que el bebé siquiera empezara a notarse.

—Gracias —musité.

—No me dé las gracias todavía, Carmen —dijo él, ofreciéndome la mano para ayudarme a levantar—. La tormenta apenas va a comenzar.

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El trámite fue absurdamente rápido. Un juez de paz con cara de sueño, dos abogados rígidos como estatuas y un par de firmas en papel sellado. En menos de veinte minutos, estampé mi nombre en el libro oficial.

Carmen Espinoza de Silva.

El trazo de la pluma se sintió como una marca a fuego.

Apenas el juez cerró el maletín y los abogados se retiraron, el intercomunicador de la entrada zumbó con fuerza. La voz del guardia de la recepción resonó en el altavoz:

—Señor Silva, disculpe la molestia tan temprano. El señor Julián está abajo en el lobby. Está muy alterado y exige subir. Dice que es un asunto de extrema urgencia.

Miré a Damián de inmediato. Mi corazón dio un vuelco.

—¿Quiere que le pida a seguridad que lo saque? —me preguntó Damián, manteniendo la calma.

—No —respondí, apretando los puños—. Que suba. De todos modos tenemos que enfrentarlo. Mejor que sea aquí y no en la oficina.

Damián asintió y presionó el botón del intercomunicador:

—Déjalo subir, Pedro.

Tres minutos después, el ascensor privado que daba directo al recibidor del penthouse se abrió con un timbre metálico. Julián salió como un huracán. Tenía los ojos rojos, la corbata floja y el traje arrugado, como si no hubiera dormido en toda la noche o se hubiera pasado de copas intentando ahogar la rabia.

—¡Tío! ¡Esto es una locura, tienes que estar volviéndote loco! —gritó Julián sin siquiera saludar, dando pasos agigantados hacia la sala—. ¡Esa mujer te está usando! ¡Te está haciendo el cuento de la buena pipa!

—Mide tu tono en mi casa, Julián —advirtió Damián, dando un paso al frente para interponerse entre él y yo. Su voz fue tan helada que hizo que Julián se detuviera en seco.

—¡No me pidas que me calme! —protestó Julián, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿Sabes quién es ella? ¡Era mi secretaria! ¡Estuvo en mi cama hasta hace unas semanas, Damián! ¡Es una vulgar trepadora que solo quiere sacarte dinero!

Sentí que la sangre me hervía en las venas. Ya no era la chica asustada de la oficina.

—¡Cállate la boca, Julián! —le espeté, dando un paso al frente al lado de Damián—. La única persona vulgar y cobarde aquí eres tú. ¿Se te olvidó lo que me dijiste en tu oficina? ¿Se te olvidó que me ofreciste dinero para que me fuera a una clínica en el extranjero a deshacerme de tu hijo?

Julián se puso pálido. Miró a Damián con pánico, intentando recomponer la mentira.

—¡Eso es mentira! ¡Tío, ella está inventando todo! ¡Ni siquiera sé si ese bastardo es mío!

El sonido del golpe resonó en todo el departamento.

Damián no le gritó. Simplemente dio un paso rápido y le cruzó la cara a su sobrino con la palma abierta. El impacto fue tan seco que Julián trastabilló hacia atrás, chocando contra una mesa de centro y llevándose una mano a la mejilla encendida.

—Vuelves a referirte a mi esposa o a su hijo de esa manera —dijo Damián, con una voz que transmitía un peligro mortal— y te juro por la memoria de mi padre que no vuelves a pisar una sola propiedad de esta familia. Ni la empresa, ni la casa, ni nada. Te dejo en la calle hoy mismo.

El silencio que siguió fue atronador. Julián se quedó tirado a medias sobre el sofá, respirando con dificultad, mirando a su tío con verdadero terror. Nunca lo había visto golpear a nadie; siempre era un hombre de palabras y negocios.

—¿E-esposa? —balbuceó Julián, mirándome a mí y luego a Damián—. ¿Te casaste con ella?

Damián caminó con parsimonia hacia la mesa de centro, tomó el documento recién firmado por el juez y se lo arrojó a las piernas.

—El acta civil —dijo Damián—. Estamos legalmente casados desde hace diez minutos. Carmen ya no es la empleada a la que podías amenazar en un pasillo. Ahora es la señora Silva. La mujer que está al frente de las acciones de la familia.

Julián abrió el documento. Sus ojos recorrieron las firmas y la tinta fresca. Vi cómo se le desmoronaba el rostro. La soberbia, el orgullo y la prepotencia de los últimos meses se convirtieron en un vacío absoluto.

—Tío... por favor —suplicó Julián, con la voz quebrada, levantándose despacio—. Tengo mi boda con Valeria en un mes. La familia de ella no va a aceptar esto. Mi madre se va a morir cuando se entere. Esto destruye la imagen de la empresa.

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