Esposa por venganza

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Capítulo 4 Capítulo 4.- El valor de un apellido (Continuación)

—¡Es una trepadora! —estalló Beatriz, dando un golpe seco con el abanico en la palma de su mano—. ¡Damián, por Dios! Esta mujer solo quiere sacarte dinero. Mira cómo viste, mira cómo habla. Es obvio que está usando algún tipo de chantaje. ¡Julián, dile a tu tío quién es esta muerta de hambre!

—¡Mamá, cállate! —la interrumpió Julián, pálido como la cera, aterrado de que Beatriz empeorara las cosas y yo soltara la bomba del embarazo ahí mismo—. Tío, podemos hablar de esto en privado. Esto es un error. Carmen está confundida, ha tenido problemas personales y...

—Suficiente —la palabra de Damián no fue un grito, pero cayó con tal peso que todos guardaron silencio de inmediato—. No voy a tolerar lecciones de moral de ninguno de los dos. Julián, mañana a las ocho de la mañana te quiero en la oficina de presidencia. Vamos a revisar los estados de cuenta de la división que diriges. He notado ciertas inconsistencias que me gustaría que me expliques en persona.

Julián tragó saliva ruidosamente. El golpe le había dado donde más le dolía: en su puesto y en su dinero.

—Y en cuanto a ti, Beatriz —continuó Damián, mirando a su cuñada con una frialdad glacial—, mide tus palabras. Estás hablando con la futura señora de esta casa.

El shock en el rostro de Beatriz fue casi cómico. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Valeria soltó un jadeo ahogado y miró a Julián como pidiéndole una explicación que él era incapaz de dar.

—Nos retiramos —dijo Damián, tomándome con suavidad de la cintura para dar la vuelta—. Carmen necesita descansar. Que disfruten de la velada.

Caminamos a través del salón bajo la mirada atónita de la familia Silva. Sentía los ojos de Julián clavados en mi espalda como agujas ardientes. Al salir del Gran Hotel Real, el aire fresco de la noche me golpeó la cara y recién ahí me di cuenta de que había estado aguantando la respiración.

Una limusina negra de cristales oscuros nos esperaba en la puerta. El chofer abrió la portezuela de inmediato. Damián esperó a que yo subiera primero y luego se acomodó a mi lado.

En cuanto las puertas se cerraron y el auto se puso en marcha, el silencio dentro del vehículo se volvió espeso, casi asfixiante.

Me abracé a mí misma, mirando por la ventana las luces de la ciudad que se desdibujaban.

—¿Está arrepentida? —preguntó Damián de pronto, rompiendo el silencio. Su voz era tranquila, desprovista del tono tajante que había usado en el salón.

—No —dije, girándome para mirarlo—. Pero estoy aterrorizada, señor Silva.

—Llámeme Damián. Si vamos a estar casados, el "señor Silva" va a sonar ridículo en las cenas familiares.

—Damián... —pronunciar su nombre me se sintió extraño en la lengua—. ¿Por qué hace esto? Entiendo que quiera darle una lección a Julián, pero un matrimonio... esto es para siempre. O al menos ante la ley. Se va a atar a una mujer que no conoce y al hijo de otro hombre.

Damián se reclinó sobre el asiento de cuero, cruzando las piernas con elegancia. Me observó durante un largo momento antes de responder.

—Julián cree que la empresa le pertenece por derecho de nacimiento —empezó a decir, con un tono cansado—. Se ha vuelto arrogante, descuidado y despiadado. Ha usado a la gente a su antojo porque cree que el apellido Silva lo protege de todo. Lo he visto tratar mal a los empleados, recortar presupuestos de forma ilegal y ahora... abandonar a una mujer embarazada con total impunidad.

—¿Y usarme a mí es su forma de castigarlo?

—Es mi forma de poner un límite —corrigió él—. Si Julián se casaba con Valeria sin oposición, su familia tomaría el control del 40% de las acciones de la empresa. Se volvería intocable. Al casarme yo primero, mantengo la mayoría absoluta. Y al casarme con usted... le quito lo único que ese muchacho realmente ama: su orgullo.

—¿Y qué gano yo en todo este juego de poder? —pregunté, acercándome un poco más a él—. No quiero su dinero, Damián. No entré a esa fiesta buscando un cheque.

Damián me miró a los ojos, y por primera vez vi una chispa de calidez humana detrás de esa fachada de piedra.

—Gana protección, Carmen. Gana un apellido para su hijo que nadie en esta ciudad se atreverá a cuestionar. Gana la seguridad de que Julián jamás volverá a amenazarla ni a quitarle el trabajo a usted o a nadie que le importe. Le estoy ofreciendo un escudo. A cambio, solo necesito que juegue su papel con convicción.

Me llevé una mano al vientre. La idea de que mi bebé creciera con un padre cobarde como Julián, persiguiéndonos o intentando ocultarnos, me daba pavor. Pero estar bajo la sombra de Damián... era un tipo de riesgo diferente.

—¿Cuáles son las reglas? —pregunté, directa.

Una leve sonrisa cruzó los labios de Damián.

—Me gusta su pragmatismo —dijo—. Las reglas son simples: vivirá en mi residencia. Tendrá su propio espacio y total libertad. Ante el mundo y ante mi familia, seremos un matrimonio unido. Sin grietas. En privado, seremos socios. Yo me encargaré de todos los gastos médicos de su embarazo y de la educación del niño. A cambio, le pido lealtad. Nada de secretos entre nosotros.

—¿Y qué pasa si Julián intenta hacerme daño? —pregunté, recordando la mirada de odio de mi ex en el salón—. Hoy lo vi a los ojos, Damián. Está desesperado. Un hombre acorralado es peligroso.

—Julián es un cobarde que solo ataca a los débiles —respondió Damián, y su voz recuperó ese tono de acero impredecible—. Mientras lleve mi anillo en el dedo, usted es intocable. Si él se atreve a dar un solo paso en su contra, no solo perderá su trabajo... perderá todo lo que lleva el nombre Silva. Se lo garantizo.

El auto se detuvo frente a un edificio exclusivo en la zona más alta de la ciudad. El chofer bajó a abrir la puerta.

—Llegamos —dijo Damián, poniéndose de pie—. Mi departamento en el penthouse. Esta noche descansará aquí. Mañana a las siete de la mañana vendrá el juez de registro civil.

Me quedé sentada un segundo más, mirando la mano que me extendía para ayudarme a bajar del auto.

Estaba a punto de casarme con un hombre mayor, enigmático y poderoso, al que apenas conocía. Estaba a punto de convertirme en la tía de mi ex amante y de meter a mi futuro hijo en el centro de una guerra familiar encarnizada.

Tomé la mano de Damián. Su agarre era cálido y firme.

—Mañana a las siete —repetí, bajando del vehículo.

Mañana, la antigua secretaria desaparecería. Y la venganza de la nueva señora Silva apenas comenzaba.

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