Esposa por venganza

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Capítulo 2 CapítuloCapítulo 2.- El eco de una promesa (Continuación) sin título

Lo miré fijamente. El asco que sentí por él en ese momento borró de golpe cualquier rastro de amor que hubiera guardado.

—¿Me estás ofreciendo dinero para que mate a mi hijo? —pregunté, con la voz temblando de rabia contenidos.

—¡Te estoy ofreciendo una solución madura! —gritó, perdiendo los papeles—. ¡No voy a arruinar mi vida por un descuido! ¡No voy a dejar que destruyas todo lo que he construido!

—No fue un descuido, Julián —dije, acercándome a él hasta quedar a pocos centímetros—. Tú me dijiste que querías un futuro conmigo. Me mentiste. Me usaste. Pero no voy a deshacerme de este bebé.

—Lo harás si quieres seguir teniendo una vida tranquilamente —dijo, y su voz se volvió fría, peligrosa—. Si intentas decir algo, si se te ocurre ir con Valeria o con mi familia, me voy a encargar de que no vuelvas a conseguir trabajo en esta ciudad. Te voy a hundir, Carmen. Nadie le cree a una empleada despechada.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy advirtiendo —respondió, fijando su mirada en la mía—. Mañana quiero que me des tu renuncia y la fecha de tu viaje a la clínica. Si no, atente a las consecuencias. Ahora sal de mi oficina.

Se giró, dándome la espalda, dando por terminada la conversación.

El dolor que sentía se transformó en algo distinto. En algo denso, oscuro y arrollador. Una furia helada que me recorrió las venas.

—Te vas a arrepentir de esto, Julián —le dije en voz baja.

Él ni siquiera se molestó en responder.

Salí de la oficina cerrando la puerta sin hacer ruido. Caminé por el pasillo sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. Llegué a mi escritorio, tomé mi bolso, mis llaves y salí del edificio sin despedirme de nadie.

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Las horas siguientes pasaron como una nebulosa. Caminé por las calles sin rumbo fijo hasta que la noche cayó sobre la ciudad. Acabé sentada en una banca de un parque cerca del distrito financiero, con el aire frío de la noche golpeándome el rostro.

Las amenazas de Julián resonaban en mi cabeza. Tenía razón en algo: su familia era poderosa.

La dinastía Silva controlaba medios, bienes raíces y finanzas. Para ellos, yo solo era una secretaria reemplazable, una advenediza.

Si intentaba ir a los medios o armar un escándalo en la boda, me destruirían antes de que pudiera parpadear.

Llevé una mano a mi vientre.

—No te voy a dejar solo —susurré, sintiendo una lágrima helada resbalar por mi mejilla—. No sé cómo, pero nos van a respetar.

Mi celular vibró en mi bolso. Era un mensaje de texto de mi amiga Sofía:

“¿Dónde estás? Me enteré de que saliste temprano. ¿Estás bien?”

Le devolví la llamada de inmediato.

—¡Carmen! —respondió Sofía al primer tono—. ¿Qué pasó? Tu puesto está vacío y Julián andaba con una cara de perro insoportable esta tarde.

—Sofía... necesito tu ayuda —dije, tragando saliva—. ¿Tienes la lista de invitados para la fiesta de gala de los Silva este fin de semana?

—¿La gala benéfica de la empresa? Sí, claro, yo imprimí las invitaciones ejecutivas esta mañana. ¿Por qué?

—Necesito que me consigas un pase. Un pase VIP para el área reservada de la familia.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea.

—Carmen, me estás asustando. ¿Qué vas a hacer? Dijiste que ibas a hablar con él hoy sobre lo de ustedes. ¿Qué te dijo?

—Me dijo que la boda sigue en pie —respondí, con la voz helada—. Y me dijo que, si no desaparezco, me va a arruinar la vida. Sofía... estoy embarazada.

—¡¿Qué?! —el grito de Sofía casi me rompe el tímpano—. ¡Hijo de p...! Carmen, no vayas a esa fiesta. Esa gente te va a despedazar. La madre de Julián es una hiena y la prometida tiene a toda la prensa en el bolsillo. Te van a sacar los guardias a patadas.

—No me importa —dije, poniéndome de pie—. Voy a ir. Voy a pararme en medio de esa recepción y voy a contarle a todos la clase de basura que es el futuro heredero de la empresa. Que sepan con quién se va a casar Valeria. Si me va a arruinar, al menos me voy a llevar su reputación por delante.

—Carmen, eso es un suicidio social...

—Consígueme la invitación, Sofía. Por favor. Es lo único que te pido.

Sofía suspiró, claramente aterrorizada, pero conocía mi mirada cuando tomaba una decisión.

—Está bien —dijo al fin—. Te conseguiré el pase. Pero ten mucho cuidado.

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El sábado por la noche, el Gran Hotel Real parecía un palacio sacado de un cuento de fadas, si los cuentos de fadas estuvieran llenos de gente falsa vestida con trajes de miles de dólares.

Llegué con un vestido rojo ajustado que había comprado con mis ahorros.

No era de diseñador, pero resaltaba mi figura y mi porte. Mantuve la cabeza en alto mientras le entregaba el pase al guardia de la entrada VIP.

El hombre revisó el código, me miró de arriba abajo con cierta duda, pero me dejó pasar.

El salón principal estaba atestado de empresarios, políticos y figuras de la alta sociedad. Las copas de cristal chocaban entre sí y la música de un cuarteto de cuerdas llenaba el ambiente.

Y ahí estaba él.

Julián Silva lucía impecable en un esmoquin negro, sonriendo al lado de Valeria Montejo, quien vestía un traje verde esmeralda y sonreía con la suficiencia de quien lo tiene todo.

A su lado, Beatriz Silva, la madre de Julián, hablaba animadamente con un grupo de inversionistas.

Sentí la adrenalina recorrer mi cuerpo. El pulso se me aceleró. Toqué mi estómago disimuladamente por encima de la tela roja del vestido.

"Es por nosotros", me dije.

Empecé a caminar hacia el grupo principal, esquivando meseros con charolas de champaña.

Julián estaba de espaldas a mí, riendo de un chiste de uno de los directores. Estaba a solo cinco metros de llegar a ellos, con las palabras quemándome en la boca, lista para alzar la voz y romper la farsa.

De pronto, una mano firme, grande y cálida me tomó del antebrazo.

El agarre no fue brusco, pero sí tan firme que me obligó a detenerme en seco.

—Es un movimiento muy torpe, señorita Espinoza —dijo una voz grave, profunda y serena justo a mi espalda.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Me giré lentamente.

El hombre que estaba frente a mí me sacaba casi una cabeza de ventaja.

Vestía un traje a la medida impecable, de un corte sobrio que gritaba elegancia sin necesidad de ostentación.

Su cabello oscuro tenía algunas canas plateadas en las sienes, y sus ojos, de un gris intenso y penetrante, me observaban con una calma calculadora.

Era “Damián Silva”.

El tío de Julián. El verdadero dueño del imperio. El hombre al que todos en esa fiesta, incluido el propio Julián y su madre, le temían y respetaban por igual.

—Señor... Silva —balbuceé, intentando zafarme de su agarre, pero su mano no cedió.

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