Capítulo 7 LOS NIÑOS DE LA CALLE
Eran las ocho de la mañana y estábamos haciendo el recorrido para entregar la larga y agotadora guardia de veinticuatro horas. A pesar de haber descansado dos horas me sentía agotada y todavía debía ir a retirar los pedidos que había apartado para los eventos.
Después del recorrido entregando la guardia, busqué mis pertenencias y me fui a los baños del personal médico, me duché y lavé mi cabello, para eliminar un poco ese cansancio agotador de mi cuerpo.
Sequé mi cabello con una toalla para luego envolverlo y mi cuerpo con otra toalla saliendo de la ducha y vistiéndome con un jeans y una camiseta, unos zapatos deportivos cubrieron mis pies, un brillo labial en mis labios, retiré la toalla de mi cabello apliqué crema de peinar y procedí a desenredar mi cabello.
Llego al Star médico a despedirme y la doctora Black, va saliendo, me saluda un poco desanimada y yo, lo hago sonriéndole. El doctor Noah, está allí esperándome, le sonrío notando que el ir de compras infantiles no es su mejor momento, pues está más serio de lo común.
Me despido de mis cuasi colegas.
─ Doctor, ya solicité le arreglaran otra oficina ─ mencionó la asistente dirigiéndose al doctor Noah.
─ Déjalo así, no necesito una oficina ─ mencionó el doctor con fastidio. Dirijo mi visión hacía él, más no opino nada, ya que tengo claro que solo soy una colaborador y hasta que no culmine mis estudios no paso a formar parte de este excelente equipo, pero me llama la atención, porque el doctor no desea tener una oficina.
─ Pasaré a saludar a tía Ivanna, ayer no la ví ─ le indico al doctor Noah, cuando ingresamos en el ascensor.
─ Te espero en el estacionamiento ─ indica y yo asiento.
Detengo el ascensor en el piso de pediatría, me dirijo al estar médico de esta área y me informan que está en quirófano con mi padre, tomo una bocanada de aire y me despido de mis cuasi colegas dirigiéndome nuevamente al ascensor.
Observo al doctor Noah, apoyado en su auto, sonrío caminando el poco espacio que nos separa, él al darse cuenta frunce el entrecejo.
─ Papi y tía Ivanna, están en quirófano ─ informo y él asiente, le indico hacia donde me dirijo y luego camino unos pasos hacia mi automóvil.
Ambos ingresamos a nuestros vehículos, enciendo el motor esperando unos minutos para salir del parqueadero del hospital.
A esta hora el centro comercial no se encuentra abarrotado, las tiendas comerciales ya están surtidas con ambiente navideño y las vitrinas llaman mi atención. Recuerdo que estoy con el doctor y no debo entretenerlo mucho, así que voy primero a buscar todo lo que tengo apartado.
─ ¿Le parece bien armar unos cotillones para los niños de la escuela? ─ Le pregunto buscando unos en mi teléfono, que sirvan de guía para él.
El doctor frunce el entrecejo observando las imágenes que voy pasando en la pantalla de mi teléfono.
─ Yo no sé hacer eso ─ musita y yo sonrío.
─ Entre los chicos y yo, podemos armarlos ─ menciono y él vuelve a observar el teléfono.
─ ¿Y qué puedo comprar para que adornen el salón de clases? ─ Preguntó con desánimo.
─ ¿No le gusta la navidad? ─ Pregunto con curiosidad.
─ No mucho ─ responde restándole importancia.
Recorrimos la tienda seleccionando algunos artículos navideños para decorar el salón de clases de Jaime y mis hermanos también. Solicité el pedido que había realizado el día de ayer por mi teléfono.
El doctor, Noah. Observó perplejo la cantidad de bolsas que me entregaron con todos los artículos que había solicitado ayer. Sonreí y no pasó desapercibido para mí el hecho que el cargó con todos los paquetes. Llegamos hasta mi auto que estaba en el parqueadero del centro comercial, guardamos las bolsas y enseguida doy unos pasos para regresar al centro comercial.
─ ¿Se te ha olvidado algo? ─ Pregunta frunciendo el entrecejo.
─ No, pero voy para otra tienda a recoger todo lo que he encargado ─ le informo y él frunce el entrecejo con más asombro aún y yo, suelto una risilla con la mueca que hace su rostro.
─ ¿Todo esto lo compras vía online? ─ Preguntó y yo, solté una sonrisilla asintiendo.
─ Te acompaño ya que imagino que serán muchas más bolsas ─ musita y no puedo evitar que mi pecho palpite y trato de que no se me salga la baba, si este hombre se diera cuenta cuánto me gusta, de seguro saldría corriendo.
Pasa su mano por mi cintura y nos devolvemos por dónde ya habíamos recorrido.
Observo la vitrina de la tienda de golosinas, pero lo que llama mi atención no son las golosinas que se reflejan, sino los dos niños que están pegados al vidrio transparente. Su ropita está muy desgastada y hasta con agujeros, sus zapatos están iguales.
─ ¿Quieren unos dulces? ─ Les pregunto y ellos giran sus cabecitas observándome con nerviosismo, sus rostros están sucios al igual que su ropita y su cabello. Mis labios tiemblan de impotencia al notar sus ojos enrojecidos.
El doctor, Noah. Toma el mentón de uno de los niños y aprieta la mandíbula con fuerza y mi corazón tiembla al notar el miedo de los niños.
─ Vamos a comprar unos dulces ─ menciono con el corazón hecho pedazos.
─ Si cada pareja estable adoptara un niño de la calle esto no estuviese sucediendo ─ pienso con pesar.
─ ¿Y a cambio qué deseas? ─ Pregunta uno de ellos y me sorprendo de lo bien que habla a pesar de su tamaño y desnutrición y hasta seguramente la falta de educación.
Tomo sus manitas sin importarme lo sucios que están y con el doctor Noah, siguiéndome en silencio.
─ ¿Qué hacen aquí? ─ Se apresura la dependienta al verlos.
─ Vienen conmigo ─ menciono al notar su reacción. Ella guarda silencio, la agencia de mi tía es un muy buen cliente de esta tienda.
Pido unas tortas y refrescos dándoles a los pequeños, ellos las toman asombrados y las comen con desespero. Los niños están muy sucios y casi no puedo detallar bien su físico o prácticamente se hace nulo poder detallarlos.
El doctor, Noah. Pide unos jugos haciéndoselos llegar también a los niños. Pido unas bolsas y comienzo a surtirlas con diferentes galletas y golosinas, también paquetes de jugos. Solicito lo que he encargado y la dependienta llega con las bolsas.
─ Cóbrese lo de los niños ─ menciona el doctor Noah, entregando su tarjeta.
─ No hace falta doctor, yo puedo cubrirlo ─ le informo, pero él igual extendió la tarjeta y dió la orden a la dependienta. Cancelé el pedido, me despedí de los niños y ellos salieron corriendo del almacén con sus bolsas de compras, se notaban animados, pero también nerviosos, me quedé observándolos hasta que desaparecieron.
El doctor, Noah. Tomó las bolsas y salí apresurada hacia el parqueadero. Por el camino no pude evitar que mis lágrimas se desbordaran y solo apresuré el paso para que el doctor no lo notara, pero eso fue peor que misión imposible, apenas llegué a mi auto él me tomó por un brazo y me hizo girar.
