Entierra Mi Amor en Sangre

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Capítulo 4

Las lágrimas me corrían por la cara y empecé a reírme.

No lograba hacer coincidir al hombre que tenía delante, con sus amenazas y la paciencia ya agotada, con el hombre que una vez me jaló detrás de su cuerpo en medio de una lluvia de disparos y me dijo que me protegería el resto de su vida. Esas dos personas se negaban a superponerse.

Algo centelleó en los ojos de Víctor. Extendió la mano y me agarró del brazo.

—Solo di las palabras. Limpia el nombre de Anya ante la cámara y romperé el contrato con ella. Boda como se debe, el apellido Castro en todo—. Su voz bajó. —Es la última vez que lo ofrezco.

Víctor. A mí nunca me importó el apellido Castro. Nunca me importó la herencia.

Cerré los ojos un segundo. Luego lo aparté y me planté frente a las cámaras.

—La madre de Anya era inocente—. Mi voz no tembló. —Mi madre sufría una enfermedad mental grave. Se inventó todo lo que dijo sobre la familia de Anya. Lo que pasó en los muelles fue cosa suya—. Hice una pausa. —Lo siento.

La sala estalló.

Los comentarios entraron a raudales, más rápido de lo que cualquiera podía leerlos.

A mi madre y a mí, clavadas en una cruz en el quinto aniversario de su muerte, nos llamaron todas las cosas crueles que al bajo mundo se le pudieron ocurrir.

El rostro de Víctor estaba completamente inmóvil.

Mi padre, de pie con el brazo alrededor de la mujer que mató a mi madre, soltó un suspiro largo y lento. Como si lo hubiera estado conteniendo durante años.

Entonces fue cuando Anya gritó.

Empujó su teléfono hacia la cámara más cercana, con las lágrimas ya corriéndole, la voz elevándose.

—¡¿Cómo pudiste hacer esto?! La suite que teníamos lista para nosotros… hiciste que la gente entrara ahí y echara aceite usado por todas las paredes, destrozara todo, destruyera la habitación entera…

La pantalla mostraba exactamente lo que describía. La suite desmantelada. Aceite negro empapando las paredes. Vidrios y adornos rotos cubriendo cada centímetro del piso.

La bofetada llegó antes de que siquiera lo viera moverse.

Me lanzó la cabeza de lado y me partió el labio, y antes de que el zumbido en los oídos pudiera asentarse, su mano ya estaba cerrada alrededor de mi garganta.

—Te hice una promesa—. Los ojos de Víctor se habían vuelto de un rojo oscuro, con algo animal detrás. —Te dije: aclara esto y me casaré contigo. Y tú te das la vuelta y sales con esto.

Su agarre se apretó.

—Ya que quieres hacerlo así…—. Se interrumpió, miró una sola vez a mi padre, y lo que fuera que pasó entre ellos le dejó los ojos más fríos. —Entonces el puerto y la armería ya no tienen por qué existir.

Marcó con una mano, sin soltarme con la otra.

—El puerto de aguas profundas y la armería. Un dólar de oferta inicial. El primero que llegue se lo lleva.

—¡No!

La palabra se me desgarró al salir.

—¡Víctor, ni se te ocurra!

Me inmovilizó contra él, con ambos brazos sujetos.

Grité contra su pecho.

—Ya terminé. No quiero recuperar nada de esto. No te quiero a ti. No quiero nada… —tenía la garganta en carne viva—. Solo dame el puerto. Devuélveme lo que le pertenecía a mi madre.

Víctor se quedó inmóvil.

Se apartó lo justo para mirarme a la cara, y por un momento pareció de verdad tomado por sorpresa, como si hubiera dicho algo que no encajaba en ninguna versión de esa conversación para la que se había preparado.

—No me amenaces con eso.

—Piensa lo que quieras.

Lo empujé con todas mis fuerzas, agarré las llaves de la mesa y salí corriendo.

Cuando llegué a la armería en el puerto de aguas profundas, todo el calor que tenía en el cuerpo se me escurrió de golpe.

El retrato de mi madre estaba empapado de pintura roja. Palabras talladas encima. Palabras que no podía leer sin que la vista se me pusiera blanca en los bordes.

—¡Basta…!

Me lancé hacia adelante.

La urna golpeó el suelo antes de que yo la alcanzara.

Se hizo pedazos por completo.

—La señorita Anya te manda saludos.

Uno de los hombres me sujetó por detrás.

—Quiere que tú y tu madre muerta pasen un rato agradable juntas.

Me tiraron al suelo. Tres de ellos, quizá cuatro; dejé de contar. Alguien recogió un puñado del suelo.

Apreté los dientes. No importaba.

Me abrieron la boca a la fuerza.

Ceniza, arenilla y polvo de concreto se me apelmazaron en la garganta. Me atraganté y arañé el suelo y no podía respirar, no podía hacer que el aire pasara entre todo eso. Lo que me salía por los ojos no se sentía como lágrimas.

Cuando se fueron, me quedé boca abajo y vomité hasta que salió sangre.

El corazón que había cargado durante veintiséis años se quedó en silencio.

Encontré los barriles de combustible contra la pared del fondo.

Arrastré el primero y dejé que se derramara. Llevé el segundo hasta las pilas de cajas. Vacíe el tercero por el resto del suelo hasta que ya no quedó un solo rincón sin empapar.

Llevaba un encendedor en el bolsillo de la chaqueta desde que tenía memoria.

Lo abrí y lo dejé caer sobre la madera.

El fuego prendió al instante, propagándose rápido.

Víctor. Antonio. Anya.

Antes de que esto termine, los veré a cada uno de ustedes perder todo lo que tienen.

Media hora después, Víctor y Antonio por fin aparecieron; el colapso de Anya los había retrasado muchísimo.

En ese momento, uno de los tipos llegó tambaleándose a través del claro hacia ellos, apenas pudiendo sacar las palabras:

—La armería… ya no está, se vino abajo todo el maldito edificio… había gente adentro…—

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