En la Floresta

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Capítulo 9 ¿Comienzos?

l sol ya ha subido lo suficiente para teñir las copas de los árboles de un tono dorado cálido cuando vuelvo a mirar a Mara. Ella sigue de pie junto a la puerta, con la mirada perdida en la espesura, como si pudiera ver mucho más allá de lo que alcanzan mis ojos.

—¿Y cuándo llegará ese momento? —me atrevo a preguntar, con la voz apenas un susurro—. ¿Cómo sabré que ya es hora?

Mara se gira despacio hacia mí, y en su rostro hay una serenidad que calma el alboroto que llevo dentro.

—El momento no se anuncia con trompetas ni con señales grandes que todos vean —dice, sentándose de nuevo junto al fuego y haciendo que me siente a su lado—. Llega despacito, como la marea que va subiendo sin que nadie la note hasta que cubre la orilla. Lo sabrás porque sentirás que ya no puedes callar más, porque la verdad te pesará más que el miedo, porque el corazón te dirá que ya es tiempo de dejar de esconderte.

Hace una pausa, removiendo las cenizas con una rama seca.

—Y cuando llegue —añade casi al aire—, no te asombres si quienes creías más lejos son los primeros en tenderte la mano. Ni te fíes de quienes parecen estar siempre en primera fila, pues a veces caminan con los ojos puestos solo en su propio beneficio.

Me quedo en silencio, dejando que esas palabras se asienten en mi mente, mientras el aroma del pan y la infusión todavía llena el pequeño espacio. Sé que habla de Verónica y Daniela, de la mentira que se ha apoderado de todo, pero también habla de Alonso, de Camila, de Fabrício… de esa gente que ha aparecido de repente y que ha hecho que mi mundo cambie por completo.

—Tengo miedo de equivocarme —confieso al fin—. Tengo miedo de confiar en quien no debo, o de dudar de quien sí merece mi confianza.

Mara sonríe muy levemente y me acaricia la mano con sus dedos delgados y cálidos.

—El miedo no es error —dice con dulzura—. Es solo la prueba de que te importa lo que está en juego. Y la confianza no se da de golpe, como quien entrega una moneda. Se va construyendo poco a poco, como quien levanta una pared poniendo un ladrillo tras otro. Cada gesto, cada palabra, cada vez que alguien se queda a tu lado cuando podría irse… eso es lo que te irá diciendo quién es quién.

En ese momento, un viento más fuerte de lo habitual cruza el claro, haciendo que las ramas golpeen suavemente el techo de la cabaña y que una pequeña nube de hojas secas gire a nuestros pies. Mara levanta la vista y sus ojos se iluminan un poco más.

—Mira —señala con la cabeza—. El viento cambia. No avisa, pero cuando lo hace, todo lo que estaba quieto empieza a moverse con él. Nada permanece igual para siempre. Ni las sombras, ni la luz, ni los corazones.

Se levanta entonces y empieza a recoger las tazas con movimientos pausados.

—Ve a descansar un poco —me dice al pasar—. El camino que tienes por delante te exigirá fuerzas que aún no sabes que tienes. Y recuerda: la Luna no abandona nunca a los suyos, aunque a veces parezca que se ha escondido tras las nubes.

Me retiro a mi pequeño rincón, pero no puedo dormir. Me quedo mirando por la ventana la luz que va cambiando sobre el bosque, y pienso en todo lo que está pasando: en la amistad que ha nacido tan rápido, en ese lazo que me une a Alonso sin poder explicarlo, en el peligro que sigue acechando en cada esquina. Y por primera vez, no siento que estoy caminando hacia algo que me va a destruir. Siento que camino hacia algo que siempre me ha pertenecido.

Más tarde, cuando el sol empieza a caer de nuevo, oigo que alguien se acerca. No es el paso ligero de Camila, ni el paso firme de Fabrício. Es el paso lento, pesado y conocido que ya empiezo a distinguir entre todos los demás. Salgo al claro y ahí está él: Alonso, con las manos vacías y la mirada cargada de preocupación, pero que se alivia al verme.

—Pensé que quizás no te encontraría —dice acercándose despacio—. Solo quería saber si estabas bien.

—Estoy bien —respondo, y esta vez no me cuesta decirlo—. Solo pensaba en todo lo que está ocurriendo.

Él se detiene frente a mí, y por un momento parece dudar si decir algo más.

—Sea lo que sea lo que se avecina —dice al fin, con voz baja pero firme—, quiero que sepas que no tendrás que enfrentarlo sola. No sé muy bien por qué lo siento así, pero sé que debo estar ahí contigo.

Lo miro a los ojos, y siento que esas palabras son el primer ladrillo de esa pared de la que hablaba Mara.

—Gracias —susurro—. No sabes lo mucho que significa para mí escuchar eso.

El cielo se tiñe de nuevo de esos tonos violáceos y grises que ya me son familiares, y entre el murmullo del bosque y la presencia tranquila a mi lado, entiendo que mi vida ya no volverá a ser la misma. Y que, quizás, esa es la única manera de recuperar lo que me arrebataron.

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