En la Floresta

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Capítulo 6 Nuevas amistades Part II

Alonso se acerca hasta quedar junto a nuestra mesa, y aunque Camila no parece notar nada fuera de lo común, yo siento cómo el aire se vuelve más denso alrededor de nosotros. Él se pasa una mano por el cabello oscuro, con esa leve torpeza que ya he empezado a conocer, y se inclina un poco hacia mí con una media sonrisa.

—No imaginaba que vivieras tan cerca —dice, y su voz es baja, como si quisiera que solo yo lo escuchara—. Pensé que el bosque te tenía mucho más lejos de aquí, en lo más profundo de la espesura.

—Vivo justo en los límites —respondo suavemente, apretando levemente los dedos sobre la taza de barro que acaban de poner delante de mí—. Pero casi nunca cruzo al pueblo. Es la primera vez que bajo en mucho tiempo.

—¡Y menos mal que lo hizo hoy! —interviene Camila con su energía de siempre, dando un golpecito cariñoso a mi brazo—. Si no me la cruzo por casualidad, seguro la habrían estafado en todos los puestos. No sabes lo perdida que andaba, Alonso: se paraba frente a cada puesto y se quedaba mirando sin saber ni qué preguntar.

Él suelta una risa suave, y al hacerlo, sus ojos no se apartan de los míos ni un instante.

—Me lo imagino perfectamente —dice despacio, moviendo la cuchara en su taza sin apartar la vista—. No pareces acostumbrada a los ruidos, ni a la prisa, ni a cómo se mueve la gente por aquí.

—Prefiero el silencio —admito, sintiendo cómo las mejillas se me calientan un poco—. En el bosque todo va a su ritmo. Aquí todo corre demasiado deprisa para mí.

—Pues tendrás que ir acostumbrándote —dice Camila con una sonrisa—. A partir de ahora, cada vez que vengas, me buscas. Yo te enseño todos los trucos: dónde venden el pan más tierno, dónde las frutas más dulces, y a quién nunca hay que creerle ni una palabra.

—¿Y no te causaré muchas molestias? —pregunto con timidez.

—¡Molestias! —exclama ella—. ¡Si me has alegrado toda la mañana! Estaba harta de estar todo el día solo con harina y hornos. Además, hace falta alguien que no vaya siempre con prisa como todos nosotros.

Alonso asiente despacio, apoyando el codo en la mesa.

—Tiene razón —dice él—. El pueblo no es solo prisas y deberes. Y si alguna vez Camila no puede acompañarte, puedes preguntar por mí o por Fabrício. Nadie te va a molestar si saben que vienes de parte nuestra.

—No quiero ser una carga para nadie —murmuro.

—No lo eres —responde él al instante, con una seriedad que me hace levantar la vista hacia él—. Nunca lo serás.

—Bueno, ya está dicho —corta Camila con alegría, antes de que pueda decir nada más—. Mañana paso por el bosque a buscarte temprano, te enseño un atajo que nadie conoce y vamos a ver los puestos de artesanías. ¿Te parece bien?

—Claro… si no te molesta —respondo con una pequeña sonrisa.

—¡Me encanta! Y además te presento a mis padres, que seguro querrán conocerte. Y a Fabrício, claro, que se va a sorprender mucho cuando sepa que al fin tengo una amiga que no corre de un lado a otro como yo.

—¿Fabrício sabe que andas metida en todos los líos? —pregunta Alonso con tono de broma.

—¡Oye, que no son líos! —se defiende ella riendo—. Son aventuras. Y él ya me conoce: sabe que no puedo quedarme quieta en un mismo sitio mucho tiempo. Además, es el primero que me sigue la corriente en todo.

—Es cierto —admite él—. Ese muchacho haría cualquier cosa por ti. Aunque a veces pierda la paciencia con tus locuras.

—Pues menos mal que tengo a alguien que me entienda —dice mirándome con complicidad—. A ver, cuéntanos, Rowena: ¿qué haces todo el día allá en el bosque? ¿Cazas? ¿Recoges hierbas? ¿Te dedicas a mirar las nubes pasar?

—Sobre todo lo último —respondo con una sonrisa más amplia—. Ayudo a mi tutora con las hierbas, aprendo a reconocerlas, a prepararlas. Y el resto del tiempo… solo escucho lo que el bosque me dice.

Alonso me mira con una curiosidad profunda y respetuosa.

—¿Y qué te dice? —pregunta en voz baja.

—Que hay cosas que no se pueden apresurar —respondo, sosteniendo su mirada—. Que todo llega cuando tiene que llegar.

—Ojalá más gente pensara así —murmura él.

—¡Bueno, yo no espero nada! —dice Camila levantando la taza—. ¡Por eso voy a buscar lo que quiero antes de que se me adelante nadie! ¡Salud por la nueva amiga del pueblo!

—Salud —decimos los dos al mismo tiempo, y al chocar nuestras tazas, mis dedos rozan los de Alonso y siento esa corriente cálida que ya empiezo a reconocer como algo propio.

Pasamos un rato más hablando: él nos cuenta de los problemas que han tenido con algunos senderos desprendidos tras las lluvias, Camila le cuenta cómo se le quemó una tanda entera de pan esa mañana y cómo su padre la regañó, y yo les cuento de los arcoíris que se forman sobre la cascada cuando sale el sol después de la lluvia. En un momento, Alonso intenta agarrar la azucarera pero se le escapa de las manos y casi se vuelca; se apresura a sostenerla y se queda con las mejillas ligeramente sonrojadas.

—Parece que hoy no es mi día con las manos —dice con una sonrisa avergonzada.

—O tal vez es que te distraes con facilidad —sugiere Camila con una sonrisa traviesa.

—Tal vez —admite él sin apartar la vista de mí, y yo no puedo evitar soltar una risita suave.

Cuando el dueño del local empieza a apagar las lámparas y a recoger las mesas, nos levantamos despacio.

—Ya es muy tarde —dice Camila mientras se abraza a mí con fuerza—. No te vayas a desaparecer, ¿entendido? Mañana te espero al amanecer en el cruce de los pinos.

—No me iré a ninguna parte —prometo.

—¡Así me gusta! —se despide con la mano y sale corriendo hacia la esquina donde seguramente la espera Fabrício.

Quedamos solos Alonso y yo en la acera, bajo la luz pálida de la luna.

—Te acompaño hasta el inicio del sendero —dice él—. No me gustaría que caminaras sola con esta oscuridad.

—No tienes por qué molestarte —digo, aunque en el fondo me alegro de que lo diga.

—No es ninguna molestia —responde él con firmeza—. Es lo mínimo que puedo hacer.

Caminamos despacio uno al lado del otro, y el silencio entre nosotros se llena de palabras que no se dicen pero que se sienten igual de claras.

—¿Te ha tratado bien el pueblo? —pregunta de repente.

—Sí —respondo sin dudar—. Me ha sorprendido mucho. Especialmente Camila. No esperaba encontrar a alguien tan… tan abierta.

—Ella es así —dice él con cariño—. No conoce la mentira ni la mala intención. Y si te ha aceptado así de rápido, es porque ve en ti lo que yo también veo.

—¿Y qué es lo que ves? —me atrevo a preguntar en un susurro.

Él se detiene un instante y me mira a los ojos con una intensidad que me hace estremecer.

—Veo a alguien que no pertenece a este lugar, pero que está destinada a cambiarlo —dice despacio—. Veo a alguien que lleva una luz que intenta ocultar, pero que brilla demasiado fuerte para ser apagada. Y veo… veo a alguien que me hace sentir cosas que nunca había sentido antes.

El corazón me golpea con tanta fuerza que temo que lo escuche. Quiero decirle todo, quiero gritarle quién soy, pero me muerdo los labios y solo alcanzo a susurrar:

—Alonso…

—No tienes que decir nada ahora —me interrumpe suavemente—. Solo quería que lo supieras. No te pido nada que no estés lista para dar. Solo quería que supieras que no soy el Alfa para ti. Solo soy… solo soy yo.

Llegamos al borde del bosque. Él se detiene y se queda frente a mí.

—Nos volveremos a ver muy pronto, ¿verdad? —pregunta con una mezcla de esperanza y temor.

—Sí —respondo con certeza absoluta—. Nos volveremos a ver.

Él levanta la mano despacio, y con el dorso de los dedos roza muy levemente mi mejilla.

—Cuídate mucho, Rowena —susurra—. Y recuerda que aquí estoy, para lo que necesites. Pase lo que pase.

—Tú también cuídate —respondo con voz que tiembla un poco.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar entre los árboles, pero antes de perderme entre las sombras, me doy la vuelta una última vez. Él sigue allí parado, mirándome ir, y al levantar la mano para despedirse, yo también levanto la mía. Y en ese gesto sencillo, sé que el destino ya h a empezado a tejer lo que nadie podrá deshacer.

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