Capítulo 10 Veneno entre copas
A la tarde siguiente, el sol ya se ha ocultado y el pueblo se llena de luces tenues y murmullos. Camila me ha llevado a una pequeña cantina de paredes de piedra y techos bajos, donde el aire huele a sidra dulce, a queso curado y a leña quemada. Nos sentamos en una mesa apartada, cerca de una ventana por donde entra la brisa fresca, y por primera vez en mucho tiempo me siento tranquila. Camila me habla con esa alegría suya, me pasa una jarra con cuidado y me mira con esos ojos limpios que no ven suciedad en nadie.
—No te preocupes por nada —me dice sonriendo, empujándome un plato con pasteles calientes—. Aquí nadie te va a molestar. Y si alguien lo hace, tendrá que vérselas conmigo.
Le devuelvo la sonrisa, tocando suavemente mi mejilla, donde todavía se siente el recuerdo del golpe.
—Gracias, Camila. De verdad. No sé qué hubiera hecho sin ti.
—Pues estarías igual de bien, pero sin nadie que te cuente las tonterías que pasan por aquí —responde riendo, dándome un golpecito cariñoso en la mano—. Vamos, bebe un poco. Verás como se te quita la tristeza.
Estoy a punto de llevarme la copa a los labios cuando la puerta se abre de golpe. El bullicio baja de tono, como si el aire mismo se hubiera vuelto pesado. Ahí está ella. Daniela.
Entra despacio, con la cabeza en alto, seguida de dos de sus sirvientas que parecen asustadas de su propia sombra. Pasa la mirada por todo el local, y cuando sus ojos se posan en mí, una sonrisa torcida y cruel se dibuja en sus labios. Camila se tensa a mi lado, apretando mi mano bajo la mesa.
—¿Pero qué tenemos aquí? —dice Daniela con voz suficientemente alta para que todos la oigan, acercándose despacio a nuestra mesa—. La misteriosa niña del bosque, sentada como si fuera una igual. Y acompañada de la panadera, claro… siempre juntas la basura con la basura.
Camila se levanta de un golpe, con las mejillas encendidas de rabia.
—Retírate, Daniela. No te hemos invitado, y nadie te ha dado permiso para hablar así.
—¿Y quién me lo va a impedir? —retruca ella, clavándome los ojos a mí, ignorando a mi amiga como si fuera un mueble—. ¿Tú? ¿Una chica que hornea pan? O ¿ella? ¿Una extraña que no tiene ni nombre, ni familia, ni honor?
Se inclina sobre la mesa, acercando su rostro al mío, y su aliento huele a perfume caro y a veneno puro.
—Te dije que te fueras —susurra con una frialdad que me hiela la sangre—. Te dije que si te volvía a ver, te arrepentirías. Y mira, aquí estás… sentada, comiendo, riendo… como si tuvieras derecho a algo de esto.
—No te estoy haciendo nada —respondo con voz temblorosa pero firme, manteniéndome en mi sitio—. Solo estoy con mi amiga.
—¡Tu amiga! —ríe ella con desprecio—. Gente como tú no tiene amigas. Tiene compas de miseria. Y deberías saber que todo lo que tocas se ensucia. Esta mesa, esta bebida, esta chica… todo se mancha solo con estar cerca de ti.
De un manotazo, derriba mi copa. El líquido se derrama sobre la madera y salpica mi vestido.
—Límpialo —ordena, señalando el suelo con desdén—. Eso es lo que eres. Algo que sirve para limpiar lo que otros ensucian.
—¡Basta! —grita Camila, poniéndose entre las dos—. ¡Sal de aquí ahora mismo o llamaré a los guardias!
—Llámalos —desafía Daniela sin apartar la vista de mí—. Veremos a quién creen. A mí, la prometida del Alfa y verdadera heredera… o a esta vagabunda que nadie conoce.
Se acerca un paso más y me mira con un odio tan profundo que duele verlo.
—Mírate bien —me dice muy bajito—. Tú no eres nada. Yo soy la que tiene todo lo que tú jamás tendrás. Y si sigues rondando, me aseguraré de que te arrepientas de haber nacido. Nadie te va a salvar. Nadie se va a atrever a ponerse de tu lado contra mí. Ni siquiera esa chica que ahora te sonríe.
Me lanza una última mirada de asco infinito, sacude sus sedas como si yo hubiera ensuciado el aire, y da media vuelta, marchándose con la misma arrogancia con la que llegó.
En la mesa, el líquido se sigue derramando, y el silencio que ha dejado es pesado y doloroso. Camila se vuelve hacia mí con los ojos llenos de lágrimas de rabia, me toma entre sus brazos con fuerza.
—No le hagas caso —me susurra—. No es verdad nada de lo que dice. Eres la mejor persona que he conocido. Y te defenderé aunque tenga que enfrentarme a ella y a todos los que estén con ella.
Apoyo la cabeza en su hombro, sintiendo cómo las lágrimas finalmente se me escapan, pero dentro de mí no hay solo dolor. Hay una certeza fría y dura: ella cree que tiene el poder, cree que tiene la verdad, cree que soy nadie… pero no sabe que la verdad solo está esperando el momento justo para caerle encima y aplastarla.
