Capítulo 1 Despertar
Lo recuerdo con una nitidez que ni los años, ni la niebla perpetua de la montaña, ni el frío que caló mis huesos pudieron borrar. Cada imagen, cada sonido, cada latido acelerado permanece grabado en mi memoria como una cicatriz que jamás sanará.
Tenía cinco años. Aquel día el cielo estaba cerrado, cubierto por nubes grises y pesadas que rozaban las cimas de los cerros, como si el propio firmamento llorara antes de que ocurriera lo inevitable. El aire olía a pino húmedo, a tierra empapada y a un sabor metálico, agudo, que no supe identificar hasta que vi caer la primera gota roja sobre el vestido plateado de mi madre.
Ella se desplomó de rodillas frente a mí, y el golpe sordo de su cuerpo contra el suelo me pareció el fin del mundo. Sus manos, que siempre me acariciaban con una ternura infinita, ahora estaban manchadas, pegajosas, y me atrajeron contra su pecho con una desesperación que me partió el alma. Podía sentir cómo su corazón se apagaba poco a poco, bajo el sonido de la lluvia que empezaba a caer suavemente. Su voz fue un susurro exclusivo para mí, cargado de la esencia misma de la que estaba hecha:
—Eres la sangre de la Luna, Agata. Naciste de ella y ella no te olvida. No dejes que nadie te arrebate tu nombre, ni tu destino, ni lo que te pertenece por derecho.
Quise gritar, quise pedirle que no se fuera, pero sus brazos se aflojaron y su rostro se volvió inerte. Sus ojos, que brillaban con la luz de las noches claras, se apagaron de golpe. Y entonces el miedo me invadió por completo: un frío helado que no venía de la lluvia, sino de la certeza absoluta de que estaba sola, y que todos aquellos que debían protegerme ahora eran mis enemigos.
Entre los árboles aparecieron ellos: los guardias de la Guardia Real de Protección Mágica, a quienes mi madre había servido con lealtad toda su existencia. Pero no venían a ayudarla. Sus espadas desenvainadas reflejaban la luz grisácea del día, y sus miradas no eran de respeto, sino de caza.
Corrí. Mis pies descalzos se hundían en el lodo, las ramas me golpeaban la cara y me enredaban el cabello, pero el terror me impulsaba a seguir adelante sin mirar atrás. Escuchaba sus voces a mis espaldas, ordenando que me atraparan, que no dejaran que escapara. El corazón me golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que creí que estallaría, y las lágrimas se mezclaban con el agua de lluvia que me empapaba hasta los huesos. Sabía que si me alcanzaban, compartiría la misma suerte que mi madre.
De pronto la vegetación se terminó. Frené en seco, tropezando con mis propios pasos, y me encontré al borde del abismo. Ante mí solo había vacío: un precipicio inmenso donde el viento rugía con furia, y muy abajo, oculto entre remolinos de niebla, el lago golpeaba contra rocas afiladas con un estruendo que parecía el rugido de una bestia enojada. Me acurruqué contra la pared de roca, temblando entera, sin ningún camino por el que huir.
Los pasos se detuvieron. Y entonces ella apareció.
Verónica. Su cabello rojo como llamas se agitaba con el viento salvaje, y sus ojos, del color de la hiel, me observaban con una satisfacción cruel que me heló la sangre en las venas. Caminó hacia mí despacio, saboreando mi miedo, mientras los guardias permanecían inmóviles detrás de ella, esperando su orden. Al llegar a mi altura, me tomó del mentón con dedos duros y fríos, obligándome a mirarla.
—Pobrecita niña perdida —susurró con una voz dulce y falsa que me provocó náuseas—. Tu protectora ya no está. Todo lo que le pertenecía… ahora es nuestro.
Me aferró del brazo con tanta fuerza que sus dedos dejaron marcas profundas en mi piel. Intenté soltarme, pero su agarre era de hierro.
—Tu linaje lunar, tu lugar en este pueblo, el pacto sagrado con la familia Larencew… todo será para mi hija. Tú ya no existes para nadie.
No tuve tiempo de suplicar. No tuve fuerzas para gritar. Solo sentí el empujón seco, brutal, que me arrancó del borde de la tierra.
Mientras caía, el viento me golpeó la cara con violencia y me arrancó cualquier aliento. Alcé la vista una última vez: Verónica seguía allí, erguida y triunfante, y a su lado apareció Daniela, mi hermanastra, con la mirada baja pero los labios entreabiertos, ansiosa por ocupar el lugar que yo dejaba vacante.
Luego el agua me golpeó. Era tan fría que pareció quemarme, envolviéndome con una fuerza descomunal y arrastrándome hacia abajo, hacia la oscuridad más absoluta. Sentí cómo el aire me faltaba, cómo mi cuerpo pesaba el doble, cómo todo lo que conocía se alejaba a una velocidad vertiginosa. Pero justo cuando la conciencia empezaba a abandonarme, la voz de mi madre resonó dentro de mí, clara y viva: La Luna no te abandona.
Y entonces, abrí los ojos.
Aún estaba sumergida, pero ya no sentía el frío. Mis pupilas cambiaron de golpe, volviéndose transparentes, brillantes, idénticas al reflejo de la luna llena sobre el agua más cristalina. Mi cabello, que hasta entonces había sido oscuro, se volvió blanco puro como la nieve de las cumbres, y de todo mi cuerpo brotó una luz cegadora, plateada y cálida, que iluminó el fondo del lago como si fuera de día.
A mi alrededor, la naturaleza reaccionó. El agua se agitó en remolinos violentos pero ordenados, como si saludara a su reina. Las corrientes dejaron de arrastrarme y me sostuvieron con suavidad. En la superficie, el viento aulló con una fuerza renovada, los árboles se inclinaron hacia el lago y las nubes se apartaron de golpe, dejando ver la luna llena que brillaba con una intensidad sobrenatural en medio del día gris.
Y muy lejos, en los confines del bosque, todos los lobos de la manada alzaron el hocico al mismo tiempo. Sintieron esa presencia antigua, poderosa, que había despertado entre las aguas. Uno a uno, luego en manada entera, bajaron la cabeza y se arrodillaron sobre la tierra húmeda, en un reconocimiento silencioso y absoluto ante la verdadera heredera de la Luna.
"La heredera a despertado, enemigos de la realeza temed."
