EN LA CAMA CON EL IDIOTA DE MI JEFE

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Capítulo 5 5

La sangre no se detenía.

Jade apoyó la palma contra la pared fría del estacionamiento, intentando sostenerse. El aire le faltaba, como si alguien le hubiera apretado el pecho desde adentro. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar, pero todo parecía moverse.

No podía estar pasando.

No ahora.

Dio un paso.

Luego otro.

Las piernas le fallaron.

El mundo se inclinó.

Un chirrido de llantas.

Voces.

Alguien gritó su nombre.

Y después, nada.

Cuando volvió en sí, lo primero que sintió fue el olor.

Antiséptico.

Limpio.

Demasiado limpio.

Abrió los ojos con dificultad. La luz blanca del techo la obligó a entrecerrarlos. Tardó unos segundos en entender dónde estaba. Las cortinas, el sonido lejano de máquinas, el silencio contenido.

Hospital.

Giró la cabeza con lentitud.

Y entonces lo vio.

Draco estaba sentado junto a la ventana, con la espalda recta, como si no hubiera pasado una sola hora desde que lo había visto por última vez. Llevaba el mismo traje oscuro, la corbata ligeramente floja, pero intacta. No parecía alguien que hubiera corrido ni perdido el control.

Parecía alguien que había decidido quedarse.

Él levantó la vista en cuanto notó el movimiento.

Sus ojos se encontraron.

—Ya despertaste.

Jade apartó la mirada de inmediato, como si sostenerla fuera demasiado.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Eso no importa.

—Claro que importa.

—No.

La respuesta fue corta, sin matices. Pero no había dureza en su voz. Tampoco enojo.

Había cansancio.

Uno que no recordaba haber visto antes en él.

La puerta se abrió sin previo aviso.

Una doctora entró con una carpeta en la mano, revisando unas hojas mientras caminaba.

—Qué bueno que despertó, señorita Morel.

Se acercó a la cama y luego dirigió la mirada hacia Draco.

—¿Usted es el padre?

No hubo pausa.

—Sí.

La doctora asintió, como si la respuesta fuera suficiente.

—El bebé está bien.

Jade cerró los ojos un instante. El aire volvió a sus pulmones de golpe.

—Pero hubo una amenaza de aborto —continuó la doctora—. Necesita reposo absoluto durante las próximas semanas. Nada de estrés, nada de trabajo excesivo… y, sobre todo, no puede quedarse sola.

Jade asintió apenas. No le importaba nada más.

El bebé estaba bien.

Eso bastaba.

La doctora pasó una página en la carpeta.

—Va a necesitar a alguien que esté pendiente de usted prácticamente todo el tiempo. ¿Algún familiar cercano?

Jade negó con la cabeza.

—No.

—¿Alguna amiga?

—No.

La doctora dudó un segundo antes de mirar a Draco.

Él no apartó los ojos de Jade.

—Yo me encargo.

La doctora sonrió, satisfecha.

—Perfecto. Les dejaré todas las indicaciones.

Cerró la carpeta y salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio más pesado que antes.

Jade fue la primera en romperlo.

—No necesito que me cuides.

Draco no se movió.

—Eso no lo decides sola.

Ella soltó una risa breve, sin humor.

—Claro que sí.

—No.

—¿Y quién va a decidir por mí?

Draco se levantó de la silla y dio un paso hacia la cama.

—También estás decidiendo por mi hijo.

Jade apretó las sábanas entre los dedos.

—No vuelvas a llamarlo así.

—¿Cómo?

—“Mi hijo”.

—Lo es.

—Todavía no eres su padre.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Draco no reaccionó de inmediato. No alzó la voz, no dio un paso atrás.

—La prueba dice cinco semanas —dijo al fin—. Hace cinco semanas estabas en mi cama.

No había reproche en su tono. Solo una certeza incómoda.

—Ese bebé es mío.

Jade sostuvo su mirada, sin ceder.

—Aunque lo sea… no quiero que formes parte de su vida.

Hizo una pausa, como si necesitara ordenar lo que venía después.

—Ni de la mía.

Draco no parpadeó.

—Voy a renunciar —continuó ella—. Me voy a ir. No vas a volver a vernos.

El silencio que siguió fue distinto.

Más denso.

Más peligroso.

Draco permaneció inmóvil unos segundos antes de hablar.

—Inténtalo.

Jade frunció el ceño.

—¿Qué?

—Intenta mantenerme lejos de mi hijo.

Su voz era baja, pero firme.

—Porque no va a pasar.

Jade intentó incorporarse, ignorando el tirón en el abdomen.

—No voy a vivir contigo.

—No te pregunté.

—Pues empieza a hacerlo —replicó ella—. Porque no voy a entrar a tu departamento.

Draco caminó hasta quedar frente a la cama. La diferencia de altura la obligó a levantar la cabeza para mirarlo.

—Te equivocas.

—¿En qué?

Él no respondió de inmediato. La observó unos segundos, como si estuviera midiendo cada palabra antes de decirla.

—No es una invitación.

Jade sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Es una decisión.

El aire en la habitación pareció volverse más pesado.

—A partir de hoy… vas a vivir conmigo.

Jade soltó una risa incrédula.

—¿Y si me niego?

Draco no dudó.

—Entonces encontraré otra forma de convencerte.

No había amenaza en su tono.

Eso era lo inquietante.

—Pero no voy a dejar que pongas en riesgo a mi hijo.

La rabia le subió desde el pecho hasta la garganta.

—No puedes controlar mi vida.

Draco dio un último paso.

Quedó tan cerca que Jade pudo sentir su respiración.

—Tal vez no.

Hizo una pausa breve.

Y entonces, sin apartar los ojos de los suyos, dijo:

—Pero desde hoy… eres mía.

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