EN LA CAMA CON EL IDIOTA DE MI JEFE

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Capítulo 4 4

—¿Está embarazada?

La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada, incómoda, imposible de ignorar.

Jade no respondió enseguida. Se quedó de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en la ciudad que se extendía bajo sus pies. Las luces de los edificios parpadeaban a lo lejos, indiferentes, como si nada hubiera cambiado, como si dentro de ese departamento no acabara de romperse algo importante.

Su reflejo en el vidrio le devolvía una imagen que apenas reconocía: pálida, tensa, con los labios apretados y los ojos cargados de una mezcla de miedo y determinación.

Draco dejó las llaves sobre la barra.

El sonido metálico resonó en el silencio, seco, demasiado fuerte, como un disparo que marcaba el inicio de algo que ninguno de los dos quería enfrentar.

—Necesito que me contestes.

Su voz era firme, pero había algo debajo, algo que Jade no lograba descifrar del todo. No era solo exigencia. Era inquietud. Era control intentando no romperse.

Jade respiró hondo, intentando estabilizar el temblor que le recorría el cuerpo. Sacó el teléfono del bolsillo con manos que no lograban quedarse quietas. Sus dedos dudaron un segundo antes de desbloquear la pantalla.

Buscó el archivo.

Lo encontró.

Caminó hacia él sin decir una palabra.

Extendió el brazo.

Draco tomó el teléfono.

Sus ojos recorrieron la pantalla con rapidez. Leyó el resultado una vez.

Luego otra.

Y una tercera, como si insistir pudiera cambiar lo que estaba escrito.

Pero no cambió.

—Cinco semanas…

Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo, como si la cifra tuviera un peso que no sabía cómo sostener.

Le devolvió el teléfono sin mirarla.

—Es mío.

No era una pregunta.

Era una afirmación cargada de tensión.

Jade asintió apenas, sin palabras.

El silencio que siguió no fue como los anteriores. Este tenía algo más. Algo que presionaba el pecho, que obligaba a reaccionar, que exigía una decisión.

Draco se apartó y caminó hasta el ventanal. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo sin darse cuenta. Jade lo observó desde donde estaba.

Nunca lo había visto así.

No era el hombre seguro, frío, calculador que siempre parecía tener el control de todo. Había algo quebrado en su postura, algo que no encajaba con la imagen que ella tenía de él.

—Esto no puede estar pasando.

—Está pasando.

—No.

—Sí.

El intercambio fue corto, seco, casi automático.

Él negó con la cabeza, como si pudiera borrar la realidad con ese gesto.

—Yo no puedo tener un hijo.

Jade frunció el ceño, sintiendo cómo algo dentro de ella empezaba a tensarse.

—Eso no lo decides tú solo.

Draco se giró hacia ella, sus ojos más oscuros de lo habitual.

—No voy a traer a un niño a este mundo para que termine igual que yo.

Señaló alrededor, sin precisar nada en concreto, pero el gesto lo decía todo: su vida, su entorno, su historia.

—Todo esto… no es un lugar para crecer.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido.

Su voz no era alta, pero estaba cargada de una intensidad que Jade no había escuchado antes. No era enojo. Era algo más profundo. Algo que venía de mucho más atrás.

—Mi padre pensaba igual que tú —continuó—. Que podía manejarlo todo. Que podía tener una familia y seguir siendo quien era.

Se detuvo un segundo, como si las palabras le pesaran.

—No funcionó.

Jade dio un paso hacia él, sintiendo cómo su propio corazón empezaba a latir con más fuerza.

—No eres tu padre.

Draco soltó una risa corta, amarga.

—Eso dices ahora.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, más denso que antes.

Jade sintió cómo algo dentro de ella empezaba a endurecerse, a tomar forma.

—¿Cuántas semanas? —preguntó él otra vez, como si necesitara confirmarlo.

—Cinco.

Draco cerró los ojos un instante. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una calma que no le gustó.

Demasiado controlada.

Demasiado fría.

—Todavía estamos a tiempo.

Jade lo miró sin entender.

—¿A tiempo para qué?

Él dudó apenas, pero no retrocedió.

—Para no seguir adelante con esto.

Las palabras tardaron un segundo en asentarse.

Y cuando lo hicieron, golpearon con fuerza.

—¿Qué estás diciendo?

—Que podemos solucionarlo ahora. Antes de que sea más complicado.

El golpe fue inmediato.

El sonido llenó el espacio, seco, contundente.

Draco no se movió. Ni siquiera levantó la mano para defenderse.

Jade tenía la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando con rapidez, pero su voz salió firme, cargada de una claridad que no había tenido antes.

—No vuelvas a decir eso.

—Jade, escúchame—

—No.

Retrocedió un paso. Sus manos fueron directo a su vientre, instintivamente, como si necesitara proteger algo que todavía no se veía, pero que ya sentía como suyo.

—Esto no es un problema que tengas que arreglar.

Lo miró con incredulidad, con enojo, con algo más profundo que empezaba a doler.

—Es un hijo.

Draco apretó la mandíbula.

—Es una responsabilidad que no quiero asumir.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, pesadas, irreversibles.

Jade sintió que algo se rompía dentro de ella.

No de golpe.

Sino lentamente, como una grieta que se abre y ya no puede cerrarse.

—Entonces no la asumas.

Draco dio un paso hacia ella.

—No es tan simple.

—Para mí sí lo es.

Le sostuvo la mirada, sin titubear.

—No necesito que estés.

Eso lo detuvo.

Por primera vez desde que había entrado al departamento, Draco no tuvo una respuesta inmediata.

—No necesito que lo quieras —continuó ella—. Pero tampoco voy a permitir que lo rechaces como si fuera un error.

Draco abrió la boca, pero no dijo nada.

No había argumento que pudiera suavizar lo que ya había dicho.

Jade tomó su bolso del sofá con movimientos firmes, decididos.

—Esto no es negociable.

Caminó hacia la puerta.

Cada paso era una declaración.

—Jade.

No se detuvo.

—Podemos hablarlo mejor.

Ella siguió avanzando, sin mirar atrás.

Draco la alcanzó antes de que llegara. Le sujetó la muñeca.

El contacto fue breve.

Jade se soltó de inmediato, como si le quemara.

—No me toques.

El tono fue suficiente para que él retrocediera.

No había duda en su voz.

No había espacio para negociación.

—No voy a cambiar de opinión —dijo ella—. Y no voy a escuchar más propuestas como esa.

Abrió la puerta.

El aire del pasillo entró, frío, ajeno.

—No vuelvas a acercarte a mí con esa idea.

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