Capítulo 3 3
—Quédate un momento, Jade.
La puerta de la sala de juntas estaba a pocos pasos. Ella siguió avanzando como si no hubiera escuchado. O tal vez sí lo hizo, pero decidió ignorarlo. Sus tacones resonaban con firmeza sobre el suelo pulido, marcando cada paso como si quisiera huir de algo que no podía nombrar.
—Jade.
Esta vez no fue una orden. Tampoco sonó como la voz firme del director general que todos respetaban y temían. Había algo distinto, algo más humano, más vulnerable, algo que no encajaba con la imagen impecable que Draco proyectaba ante el mundo.
Ella se detuvo.
No de inmediato. Primero redujo el paso, como si su cuerpo dudara antes de obedecer. Luego cerró los ojos un instante, respiró hondo y giró lentamente.
Los últimos ejecutivos salieron sin mirar atrás, demasiado ocupados en sus propios asuntos como para notar la tensión que se había instalado en el ambiente. La puerta se cerró con un clic seco que dejó el espacio en un silencio casi incómodo.
Solo ellos dos.
Draco no habló enseguida. La observó con detenimiento, como si buscara algo que no lograba encontrar. Sus ojos recorrían cada detalle de su rostro, intentando descifrar aquello que ella se empeñaba en ocultar.
—¿Qué pasó durante la reunión?
—Nada.
La respuesta fue inmediata, automática, pero carente de convicción.
—No me mientas.
Jade sostuvo su mirada, firme, desafiante, pero no respondió. Sabía que cualquier palabra podría traicionarla.
—Nunca te distraes —continuó él, dando un paso hacia adelante—. Nunca pierdes el hilo de lo que estás diciendo. Hoy… no estabas ahí.
Ella dejó escapar una sonrisa breve, sin rastro de humor.
—¿Ahora también te dedicas a analizarme?
—Solo cuando se trata de ti.
La respuesta salió sin filtro. Ambos lo notaron.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, más pesado que antes, cargado de todo lo que no se atrevían a decir.
—Lo de esta mañana… —empezó Draco, como si le costara encontrar las palabras— no va a repetirse.
Jade soltó una risa baja, amarga.
—Eso ya lo he escuchado.
—Esta vez es distinto.
—Siempre dices lo mismo.
Él bajó la mirada. No tenía cómo contradecirla. Cada intento de poner distancia terminaba en fracaso. Cada promesa se rompía en cuanto la tenía cerca.
—Esto dejó de ser algo pasajero —dijo al fin, levantando la vista—. No puedo seguir actuando como si nada cambiara cuando sales de mi oficina. No es verdad.
Jade sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
No esperaba escuchar eso. No de él.
El teléfono en el bolsillo de su saco parecía pesar más de lo normal. Como si llevara dentro una verdad demasiado grande para sostenerla.
Si él supiera.
Si supiera lo que acababa de leer.
—Draco… tengo que decirte algo.
Él levantó la vista, atento, completamente enfocado en ella.
Esperó.
Jade abrió la boca, pero no salió nada. Las palabras se quedaron atrapadas en algún punto entre su garganta y su miedo.
¿Cómo se le dice a alguien que su vida acaba de cambiar?
¿Cómo se pronuncia algo que no tiene vuelta atrás?
¿Cómo se admite algo que podría destruirlo todo?
No pudo.
Draco dio un paso hacia ella. Luego otro.
Se detuvo a una distancia mínima.
No la tocó.
—¿Por qué estás temblando?
Jade escondió el teléfono detrás de su espalda, como si ese simple gesto pudiera ocultar la verdad.
—No es nada.
—Mírame.
Lo hizo.
Y en cuanto lo hizo, supo que había sido un error.
Porque en sus ojos no estaba el hombre distante que todos conocían. Había algo más directo, más intenso, más difícil de ignorar.
Algo que la desarmaba por completo.
Él levantó la mano con lentitud, como si midiera cada movimiento. Sus dedos rozaron su barbilla y elevaron su rostro apenas lo suficiente para obligarla a sostenerle la mirada.
El contacto fue leve, pero suficiente para hacerla estremecer.
—Dime que me detenga.
Su voz fue baja, casi un susurro, cargada de una tensión que parecía a punto de romperse.
Jade sabía lo que debía hacer. Sabía cuál era la respuesta correcta. Sabía que debía apartarse, poner distancia, recordar todas las razones por las que aquello estaba mal.
Pero su cuerpo no reaccionó.
Sus labios quedaron demasiado cerca de los de él. Podía sentir su respiración, cálida, irregular, mezclándose con la suya.
El corazón le golpeaba con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho.
Draco inclinó la cabeza apenas.
Ella cerró los ojos.
Un segundo más y todo habría cambiado.
¡TOC! ¡TOC!
La puerta se abrió sin esperar respuesta.
—Draco…
Ambos se separaron de inmediato.
Jade dio un paso atrás, demasiado rápido. El teléfono resbaló de sus manos y cayó al suelo con un golpe seco.
La pantalla quedó encendida.
El tiempo pareció detenerse.
Esteban Solórzano, presidente del grupo y padre de Draco, avanzó un par de pasos dentro de la sala. Su presencia imponía respeto sin necesidad de levantar la voz.
—Permítame…
Se inclinó para recoger el teléfono.
Sus ojos se detuvieron en la pantalla apenas un instante.
Fue suficiente.
β-hCG: POSITIVA.
Compatible con embarazo de cinco semanas.
El silencio se volvió denso, casi irrespirable.
Esteban levantó la vista con calma. Primero miró a Jade. Luego a su hijo. Su expresión no cambió, pero en sus ojos había una claridad inquietante.
No hizo preguntas.
Le devolvió el teléfono con un gesto medido.
—Señorita Morel… felicidades. Usted y su esposo deben estar muy felices por la noticia.
Las palabras cayeron como una sentencia.
Jade se quedó completamente inmóvil.
El miedo le heló la sangre. No pudo hablar. No pudo reaccionar. Todo su cuerpo parecía haberse quedado sin respuesta.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono mientras su mirada buscaba a Draco por un segundo… y luego cayó hacia la pantalla, como si necesitara comprobar que aquello era real.
—Gracias… —murmuró al fin, apenas audible.
Su voz sonó lejana, ajena, como si no le perteneciera.
Sin añadir nada más, dio media vuelta y salió de la oficina. Cada paso se sentía pesado, como si caminara sobre un suelo que amenazaba con romperse bajo sus pies.
La puerta se cerró tras ella.
El silencio que dejó fue aún más pesado que antes.
Y justo antes de alejarse por completo, alcanzó a escuchar la voz de Draco, tensa, incrédula, cargada de una mezcla de sorpresa y algo más oscuro:
—¿Jade tiene esposo?
