Capítulo 2 2
—Señores, tenemos cuarenta minutos. Aprovechenlos.
Draco Solórzano no necesitaba levantar la voz. Bastaba con que hablara para que todos se acomodaran, como si alguien hubiera tensado un hilo invisible que los obligaba a enderezarse. Jade lo conocía demasiado bien. Sabía cuándo estaba de buen humor, cuándo estaba irritado… y cuándo estaba peligrosamente cerca de perder el control.
Hoy no parecía nada de eso.
Hoy parecía exactamente igual que siempre.
Y eso era lo peor.
Jade ocupaba su lugar habitual, dos asientos detrás de él. Laptop abierta, libreta alineada, bolígrafo listo. Todo en orden. Todo bajo control.
Excepto ella.
No podía dejar de mirar la línea de su cuello. La forma en que el traje se ajustaba a sus hombros. El movimiento leve de su mandíbula cuando hablaba. Detalles que antes ignoraba y que ahora parecían amplificados, como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla sin pedir permiso.
Menos de una hora antes, él la había tenido contra la pared de su despacho.
Sin palabras.
Sin preguntas.
Solo esa forma suya de acercarse, de invadir, de hacer que todo lo demás dejara de importar.
Jade apretó el bolígrafo entre los dedos.
No era el momento.
No podía pensar en eso.
Pero su mente no obedecía.
Recordaba el calor de sus manos, la presión de su cuerpo, la forma en que había perdido el control sin siquiera intentar resistirse. Recordaba haber dicho que no volvería a pasar. Recordaba haberlo dicho en serio.
Y aun así…
Ahí estaba.
Mirándolo como si nada hubiera cambiado.
Como si no supiera exactamente cómo se sentía su piel bajo sus manos.
—Revisen la proyección del tercer trimestre —continuó Draco, señalando la pantalla.
Jade tragó saliva.
Su voz.
Ese tono bajo, firme, que ahora le recorría la espalda como un roce invisible.
Se obligó a mirar la laptop.
A escribir algo.
Lo que fuera.
Pero cada vez que levantaba la vista, volvía a él.
A su espalda recta.
A la forma en que se movía con seguridad.
A la facilidad en que dominaba la sala… y a la facilidad con la que la había dominado a ella.
Sintió un calor incómodo subirle por el cuello.
No.
No podía seguir así.
Se acomodó en la silla, cruzó las piernas, intentó concentrarse en las cifras que aparecían en la pantalla.
No funcionó.
Porque entonces él se giró ligeramente.
Y sus miradas se encontraron.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Jade sintió el golpe en el estómago.
No había nada evidente en su expresión. Ninguna señal. Ningún gesto que delatara lo que había pasado entre ellos.
Pero ella lo sabía.
Y él también.
Desvió la mirada primero.
Siempre lo hacía.
—Señorita Morel.
Su nombre la atravesó.
Levantó la cabeza demasiado rápido.
—Sí.
—¿Qué empresa representa el consorcio en la negociación con Helix?
La pregunta era simple.
La respuesta también.
Jade lo sabía.
Lo sabía perfectamente.
Pero su mente estaba en otro lugar.
En su despacho.
En sus manos.
En su boca.
En la forma en que había perdido el control hacía menos de una hora.
—Es… —empezó, y se detuvo.
Respira.
Concéntrate.
—Es Ardent Holdings —continuó, manteniendo la voz firme—. Son quienes lideran la operación desde el lado financiero.
Draco no apartó la mirada.
Ni un segundo.
Jade sintió cómo el calor volvía a subirle por el cuerpo.
No era incomodidad.
Era otra cosa.
Algo más denso.
Más peligroso.
—¿Está segura? —preguntó él.
No había duda en su tono.
Era otra cosa.
Una presión sutil.
Como si la estuviera empujando a sostenerle la mirada.
Jade apretó el bolígrafo.
—Sí.
Silencio.
Nadie más hablaba.
Nadie más parecía notar nada.
Pero entre ellos había algo que no estaba en la sala.
Algo que no tenía nada que ver con cifras ni contratos.
Algo que seguía ahí, latente.
—Bien —dijo Draco al fin, volviendo la atención a la pantalla.
Y aun así, Jade no pudo relajarse.
Porque sabía que no había terminado.
Porque cada vez que él hablaba, cada vez que se movía, cada vez que su voz llenaba la sala, su cuerpo reaccionaba antes que su cabeza.
Intentó escribir.
No pudo.
Intentó escuchar.
No pudo.
Solo podía sentir.
El roce imaginario de sus manos.
La presión de su cuerpo.
La forma en que había perdido el control sin siquiera intentar detenerlo.
Se obligó a respirar.
A mantenerse quieta.
A parecer normal.
Pero cada vez que levantaba la vista, él estaba ahí.
Y cada vez que sus miradas se cruzaban, algo se tensaba.
Algo que ninguno de los dos nombraba.
Algo que no desaparecía.
El teléfono vibró bajo la mesa.
Jade bajó la mirada.
Laboratorio Central
Frunció el ceño.
Había olvidado eso: Llevaba días sintiendose cansada, el cuerpo le dolía. Su temor más grande, cancer, por culpa de Google.
Desbloqueó la pantalla con el pulso ligeramente inestable.
Abrió el archivo.
Leyó rápido.
Demasiado rápido.
Como si quisiera terminar antes de entender.
Valores normales.
Todo en orden.
Deslizó el dedo.
Y entonces se detuvo.
β-hCG cuantitativa: POSITIVA.
Parpadeó.
Volvió a leer.
No cambió.
Bajó un poco más.
Compatible con embarazo de aproximadamente cinco semanas.
Cinco semanas.
El número se quedó suspendido.
No necesitó pensar demasiado.
Su cuerpo hizo el resto.
Recordó.
El despacho.
Las veces que había dicho que no.
Las veces que no había cumplido.
Levantó la vista.
Draco seguía hablando.
Como si nada.
Como si su vida no acabara de cambiar en ese instante.
Jade sintió que el aire se volvía más pesado.
Apretó el teléfono.
Intentó respirar.
No funcionó.
Todo seguía igual.
Las voces.
La reunión.
Las cifras.
Nada se detenía.
Nada cambiaba.
Excepto ella.
Volvió a mirar la pantalla.
Positiva.
Cinco semanas.
Embarazo.
Cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, ya no había duda.
Ni margen.
Ni salida fácil.
Apretó el teléfono con más fuerza.
Y, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz baja:
—Mierda.
