EN LA CAMA CON EL IDIOTA DE MI JEFE

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Capítulo 1 1

—Esto no puede volver a pasar.

Jade terminó de abotonarse la camisa con movimientos tranquilos, como si aquella frase no tuviera peso alguno.

—Eso mismo dijiste hace unos días.

—Ahora es distinto.

Ella se inclinó para recoger uno de sus tacones, que había quedado junto al sofá.

—Siempre dices que es distinto.

Draco ajustó el nudo de su corbata frente al ventanal. Desde allí se veía la ciudad despertando, los edificios reflejando la luz gris de la mañana. Todo parecía ordenado, predecible. Nada como lo que acababa de ocurrir en ese despacho.

—Tiene que terminar —insistió.

—Bien.

Jade se incorporó y caminó hacia la puerta sin prisa, como si estuviera saliendo de una reunión cualquiera.

—Entonces deja de buscarme cuando todos se van.

El silencio se instaló entre ellos.

No hubo respuesta.

Porque no hacía falta.

Ambos sabían cómo funcionaba aquello.

No había invitaciones formales. No había promesas. Solo miradas que se sostenían más de lo necesario, mensajes que no deberían enviarse, puertas que se cerraban cuando el resto del edificio quedaba vacío.

Ninguno de los dos podía señalar el momento exacto en que empezó.

Solo sabían que ya no podían fingir que era algo pasajero.

Jade giró el picaporte.

—Nos vemos en la junta de las nueve, jefe.

—Jade.

Ella se detuvo y volvió a mirarlo.

Por un segundo, Draco pareció dudar. Como si estuviera a punto de decir algo que no encajaba con la imagen que todos tenían de él.

Pero ese instante desapareció tan rápido como había llegado.

—No vuelvas esta noche.

Jade ladeó la cabeza, observándolo con una calma que lo incomodaba más que cualquier discusión.

—Si de verdad no quieres que vuelva…

dio un paso hacia él, lo suficiente para invadir su espacio sin tocarlo,

—deja de mirarme así.

Abrió la puerta y salió sin esperar respuesta.

El sonido del cierre fue seco, definitivo.

Draco permaneció inmóvil.

El despacho volvió a ser lo que siempre era: un lugar impecable, silencioso, diseñado para decisiones importantes. Nada en ese espacio sugería lo que acababa de ocurrir.

Se pasó una mano por el rostro y exhaló despacio.

Había construido su reputación tomando decisiones firmes, sin titubeos. Sabía cuándo retirarse de un trato, cuándo presionar, cuándo cortar cualquier vínculo que dejara de ser útil.

Pero con Jade no había reglas claras.

No había estrategia que funcionara.

Se acercó al escritorio y apoyó ambas manos sobre la superficie de madera oscura. Intentó concentrarse en la agenda del día, en los números, en los contratos que debía revisar antes de la junta.

No lo consiguió.

Su mente volvía una y otra vez a la misma escena.

A la forma en que ella lo miraba, como si no le debiera nada.

Como si no le importara perderlo.

Eso era lo que más lo descolocaba.

No era la atracción. No era el riesgo.

Era esa indiferencia calculada que lo dejaba sin ventaja.

Se dejó caer en la silla y cerró los ojos por un momento.

Seis meses.

Seis meses repitiendo el mismo ciclo.

Decidir que era la última vez.

Romper esa decisión en cuanto la veía cruzar el pasillo.

No era propio de él.

No era aceptable.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Miró el reloj.

Faltaban veinte minutos para la junta.

Se levantó, tomó su chaqueta y salió del despacho.

El pasillo ya estaba lleno de movimiento. Asistentes revisando documentos, ejecutivos hablando en voz baja, el sonido constante de teléfonos y teclados.

Todo seguía su curso.

Como si nada hubiera pasado.

Como si él no acabara de perder el control en su propio espacio.

Entró a la sala de juntas unos minutos antes que el resto. Colocó los documentos sobre la mesa y revisó las cifras sin realmente verlas.

La puerta se abrió.

Jade entró con una carpeta en la mano, impecable, como siempre. Su expresión era neutra, profesional. Nadie habría imaginado que hacía menos de una hora estaba en su despacho.

Ni una mirada fuera de lugar.

Ni un gesto que delatara algo.

Se sentó en su lugar habitual, a dos puestos de distancia.

—Buenos días —dijo, dirigiéndose al grupo que comenzaba a reunirse.

Su voz era firme, clara.

Draco la observó un segundo más de lo necesario.

Ella no lo miró.

Continuó revisando sus notas, completamente concentrada.

Como si él no existiera.

Como si lo de esa mañana no hubiera ocurrido.

Esa facilidad para cambiar de registro lo irritaba.

O tal vez lo inquietaba más de lo que quería admitir.

La reunión comenzó.

Presentaciones, cifras, proyecciones.

Draco habló cuando le correspondía, tomó decisiones, corrigió errores. Nadie habría notado nada extraño en su comportamiento.

Pero cada vez que Jade intervenía, su atención se desviaba.

No por lo que decía.

Sino por cómo lo decía.

Segura.

Precisa.

Sin buscar aprobación.

Cuando terminó su exposición, varios de los presentes asintieron.

—Buen análisis —comentó uno de los directores.

—Gracias —respondió ella, sin darle mayor importancia.

Draco cerró la carpeta frente a él.

—Ajusta el informe con las observaciones y entrégalo antes del mediodía.

—Claro.

Ni una pausa.

Ni una mirada.

Nada.

La reunión continuó unos minutos más antes de darse por terminada.

Uno a uno, los asistentes comenzaron a salir.

Jade recogió sus cosas con la misma calma con la que había entrado.

Cuando pasó junto a él, Draco habló sin levantar la voz.

—Quédate.

Ella se detuvo.

Esperó a que la sala quedara vacía.

Cerró la puerta.

Se giró hacia él.

—¿Algo más, jefe?

El tono era correcto.

Demasiado correcto.

Draco se levantó lentamente.

—No juegues conmigo.

Jade arqueó una ceja.

—No estoy jugando.

—Sabes exactamente a qué me refiero.

Ella dejó la carpeta sobre la mesa.

—Lo que pasó esta mañana ya quedó atrás. Ahora estamos trabajando.

—No funciona así.

—Para mí sí.

Draco dio un paso hacia ella.

—No puedes simplemente cambiar como si nada.

—Claro que puedo.

Lo miró directamente, sin titubear.

—Es lo que hago todos los días.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Más denso esta vez.

Más incómodo.

Draco apretó la mandíbula.

—Esto se termina.

Jade sostuvo su mirada.

No había desafío en sus ojos.

Tampoco sumisión.

Solo una certeza tranquila.

—Entonces termina tú.

Se acercó lo suficiente para que sus palabras no salieran más allá de ese espacio.

—Porque yo no voy a hacerlo.

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