Capítulo 3 El Latido en mi Vientre
Tres semanas después, el test de embarazo tenía dos rayas.
Las miré fijamente durante lo que parecieron horas. Rayita número uno: control. Rayita número dos: positiva. No había ambigüedad posible. Ningún "tal vez". Ningún "vuelve a intentarlo en unos días".
Positiva.
Mi mano temblorosa dejó el palito de plástico sobre el borde del lavabo. Me miré en el espejo del baño de mi pequeño apartamento de Brooklyn. La misma cara de siempre. Los mismos ojos marrones, el mismo cabello castaño recogido en un moño desastre.
Pero mi hombro izquierdo, justo donde terminaba el cuello, todavía conservaba las marcas de sus dientes. Dos pequeños puntos blancos, cicatrizados, imposibles de ocultar con maquillaje.
La marca del alfa.
Mierda.
—Estás embarazada —dije en voz alta para escucharlo. La frase sonó tan real como absurda—. Estás embarazada de tu jefe hombre lobo.
El espejo no me respondió.
Apoyé las palmas de las manos sobre la fría superficie de mármol y respiré hondo. Las primeras dos semanas después de aquella noche en su oficina, había logrado evitarlo. Tomaba vacaciones. Decía que estaba enferma. Máximo me transfería el trabajo menor por correo electrónico.
Pero mi cuerpo no me dejaba olvidar.
Un pensamiento horrible cruzó mi mente: ¿y si el bebé no es humano? ¿Y si nace con colmillos? ¿Y si me destroza por dentro al crecer?
Mi abuela contaba que las lobas del norte parían solas, en el hielo, y que los cachorros salían mordiendo. Me reía entonces. Ahora el vómito me subía a la garganta.
Apoyé una mano en mi vientre. Todavía plano. Todavía mío. Pero por cuánto tiempo.
—No voy a ser una madre normal —susurré al espejo—. Voy a ser una madre monstruo.
El espejo me devolvió una cara demacrada. Pero en el fondo de mis ojos, algo brillaba. Algo que no era miedo.
Esperanza.
O quizás, simplemente, hambre.
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Los mareos empezaron al día siguiente del test.
Náuseas cada mañana, tan puntuales como un despertador. Los senos hinchados, sensibles, doliendo con solo rozar la tela de la camiseta. Y el olfato... Dios mío, el olfato.
Ahora podía oler el gas de la cocina de mi vecina a tres apartamentos de distancia. Detectaba si alguien había fumado en el ascensor horas antes de subir. El perfume de las señoras en el supermercado me daba arcadas.
Pero lo peor no era el cuerpo.
Lo peor era la noche.
Soñaba con lobos. No lobos normales. Bestias enormes, de ojos blancos, que corrían sobre la nieve y me miraban como si me conocieran. En los sueños, yo corría con ellos. Mis manos se convertían en garras. Mi boca, en hocico.
Despertaba sudando, con las sábanas enredadas entre mis piernas y una humedad entre ellas que no era solo pesadilla.
—Estás embarazada de un lobo —repetí cada mañana, esta vez con un hilo de voz.
Y cada mañana, la misma respuesta del espejo: un par de ojos marrones que ya no eran del todo míos. Algo más viejo miraba a través de ellos.
El teléfono vibró sobre la encimera.
Un mensaje de Máximo.
"El CEO solicita su presencia en la oficina. Hoy. 4:00 p.m. No acepta negativas."
Mi estómago se revolvió. Náusea o miedo. Difícil distinguir.
Pero algo más también se movió. Bajo. Dentro. Un cosquilleo que no era físico del todo.
Ve, susurró algo en mi cabeza. Ve y enfréntalo.
No era mi voz. Era más grave. Más antigua.
Era la loba.
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A las cuatro en punto estaba frente a la puerta de su oficina.
La misma puerta de roble oscuro. El mismo pasillo de mármol impecable. La misma secretaria que me miró con ojos de "pobre ingenua" cuando pasé a su lado.
Llamé dos veces con los nudillos.
—Adelante —dijo su voz grave al otro lado.
La oficina se veía exactamente igual que aquella noche. Todo ordenado. El escritorio reluciente. Los papeles perfectamente apilados. Ni un solo rastro del desastre que habíamos provocado.
Excepto por él.
Alexander Wolf estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí. Hoy vestía un traje azul marino, camisa blanca y corbata gris. El hombre de negocios perfecto. La máscara del lobo.
Pero cuando se giró, sus ojos no eran grises.
Eran dorados.
—Pasa, Sofía. Y cierra la puerta.
Obedecí como un autómata. El pestillo hizo clic. Otra vez solos. Otra vez atrapada.
—Siéntate —señaló una de las sillas frente a su escritorio.
No me senté.
—Prefiero quedarme de pie.
Arqueó una ceja. No dijo nada. Dio la vuelta a la mesa y se sentó en el borde, frente a mí. Sus piernas casi rozaban las mías.
—¿Qué quieres, señor Wolf?
—Alexander —corrigió—. O alfa. Ya no me llames señor Wolf. No después de lo que pasó.
—Lo que pasó fue que usted me violó sobre su escritorio.
El impacto de mis palabras fue inmediato. Sus ojos dorados se oscurecieron. No de ira. De otra cosa.
—No te violé. Te marqué. Es muy diferente.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la diferencia?
—Que gritaste mi título mientras te venías. —Se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi mejilla—. Y que si mañana te doy la opción de irte, no te irás. Porque tu cuerpo ya me pertenece. Y dentro de poco, también tu corazón.
—Estás embarazada —dijo. No era una pregunta.
—¿Cómo lo sabes?
—Huelo el cambio en tu sangre desde la semana pasada. Además, llegas tarde. Esperaba esta noticia hace catorce días.
El cinismo me soltó la lengua.
—Perdón por no correr a hacerme un test la mañana siguiente de que me tomaras sobre tu escritorio.
—Te tomé, sí. Pero no te obligué. Elegiste quedarte. Elegiste decir "no pares". Elegiste gemir mi nombre. —Se puso de pie. Caminó hacia mí. No retrocedí—. No te violé, Sofía. Te reclamé. Y aceptaste. Con cada fibra de tu cuerpo. Con cada gemido. Con cada vez que me pediste más.
—Es biología. Tú mismo lo dijiste. El lobo reconoce al lobo.
—No. —Su mano plana se posó sobre mi vientre. La palma quemaba a través de la tela de mi blusa—. Esto no es biología común. Esto es destino. Y este pequeño que llevas dentro lo confirma.
Cerré los ojos. Sentía su mano. Y debajo de ella, muy dentro, algo que apenas empezaba a formarse.
Un latido.
No era imaginación esta vez. Diminuto, rápido, como el aleteo de una mariposa atrapada en mi útero.
—¿Lo sientes? —preguntó él en un susurro.
Asentí sin abrir los ojos. Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla.
—Miedo —adivinó él. Pasó su pulgar sobre la lágrima, la secó—. No le tengas miedo, Sofía. Mi cachorro no te hará daño.
—¿Y tú? —Abrí los ojos. Lo miré directamente—. ¿Tú me harás daño?
—Nunca.
—¿Cómo puedo creerte?
—No puedes. —Su mano abandonó mi vientre y subió hasta mi cuello. Me rodeó la nuca con los dedos y me atrajo hacia él—. Pero puedes intentarlo. Día a día. Hasta que tu miedo se convierta en otra cosa.
—¿En qué?
—En confianza. O en odio. Depende de ti.
Nuestros labios estaban a un centímetro.
—¿Y si no quiero ninguna de las dos?
—Entonces tendré que conquistarte. —Sonrió. Esa sonrisa de lobo que me helaba y me encendía a la vez—. Me tomó treinta años encontrarte. No me voy a rendir en tres semanas.
—Eso suena a amenaza.
—Es una promesa.
Y entonces me besó.
No fue un beso suave. No fue paciente. Fue hambre contenida durante tres semanas. Su lengua invadió mi boca sin permiso. Sus dientes rasparon mi labio inferior hasta sacar una gota de sangre. La lamió con un gemido bajo.
Cuando me soltó, estaba mareada. Otra vez deshecha. Otra vez suya.
Pero esta vez, él también parecía deshecho.
Sus manos temblaban. Su respiración era irregular. Y en sus ojos dorados había algo que no había visto la primera vez: vulnerabilidad.
—Mudate a mi casa —ordenó, pero esta vez sonó más a ruego.
—¿Qué?
—Mi ático. El piso 50 de este edificio. Ahí vivirás mientras dura el embarazo. Tendrás habitación propia, cocinero, médico, todo lo que necesites.
—¿Y si me niego?
—Entonces me mudaré yo a tu apartamento de Brooklyn. Pero no voy a permitir que mi cachorro crezca en una caja de zapatos con humedad y vecinos ruidosos.
Mi indignación luchó contra el sentido común. Tenía razón. Mi apartamento era diminuto. Y él era millonario.
—¿A cambio de qué? —pregunté con recelo.
—A cambio de nada. Solo de que dejes que lo proteja.
Parecía sincero. Pero los lobos siempre parecen sinceros justo antes de morder.
—Necesito tiempo para pensarlo.
—Tienes hasta mañana a las nueve de la mañana. —Se puso de pie y me tendió una mano para ayudarme a salir—. Ahora vete. Antes de que decida que prefiero tenerte de rodillas debajo de mi escritorio que en tu apartamento.
Mi cuerpo se calentó ante la imagen. Lo odié. Lo deseé. Lo temí.
Tomé su mano. Me levanté. Caminé hacia la puerta con la poca dignidad que me quedaba.
En el umbral, me detuve.
—Alexander.
Detrás de mí, escuché su respiración cortarse.
—¿Sofía?
—Gracias por no obligarme hoy. —Me di la vuelta. Lo miré—. La última vez no me preguntaste. Esta vez sí. Eso... significa algo.
—¿El qué?
—Que quizás no seas solo el monstruo que creía.
Esperé una respuesta. No llegó. Así que salí.
Pero sentí su mirada dorada en mi nuca hasta que el ascensor cerró sus puertas.
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Esa noche no pude dormir.
Di vueltas en la cama durante horas. El colchón crujía bajo mi peso. Las sábanas se enredaban en mis piernas. Y dentro de mi vientre, el pequeño latido seguía.
No era imaginación. Lo sentía más fuerte ahora. Como si supiera que había estado cerca de su padre.
—¿Qué se supone que haga? —pregunté en voz alta, con la mano en la barriga.
El bebé no respondió, obviamente.
Pero algo más sí.
Un calor recorrió mi pecho. No fiebre. No deseo. Algo más antiguo. Más profundo. Como si la sangre en mis venas se hubiera vuelto más espesa, más fría, más... mía.
Me levanté de la cama. Fui al baño. Me miré en el espejo.
Mis ojos seguían siendo marrones. Mi pelo, castaño. Mi cara, la misma de siempre.
Pero mis manos...
Mis manos tenían escarcha.
No mucha. Un brillo tenue en los nudillos, como si hubiera estado sacando hielo del congelador. Pero no había tocado el congelador. No había salido al frío. Estaba en mi apartamento calefaccionado, en pleno agosto, con las ventanas cerradas.
—Esto no está pasando —susurré.
Froté mis manos. La escarcha desapareció.
Pero el cosquilleo quedó.
Bajé al sótano del edificio. No sabía por qué. Mis pies me llevaron solos. El sótano era un lugar oscuro, húmedo, con tuberías que goteaban y un olor a moho que antes me daba arcadas.
Ahora no.
Ahora el olor a moho me parecía... familiar.
Levanté una mano. La escarcha volvió. Más intensa esta vez. Mis dedos se cubrieron de pequeños cristales que brillaban en la penumbra.
—¿Qué soy? —pregunté al aire.
El sótano no respondió.
Pero dentro de mí, una voz antigua susurró:
Loba.
No era locura. Era memoria. Sangre.
Mi bisabuela había muerto en un asilo, con los dedos azules y los labios susurrando palabras en un idioma que nadie entendía. Mi madre decía que estaba loca. Yo también lo creí.
Pero ahora, con la escarcha en mis manos y un latido lobuno en el vientre, empezaba a entender.
No estaba loca.
Estaba despierta.
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A la mañana siguiente, llamé a Alexander antes del desayuno.
—¿Sofía? —Su voz sonó sorprendida. Y esperanzada. Demasiado esperanzada para un hombre como él.
—Acepto mudarme al ático. Pero con condiciones.
—Dime.
—Habitación separada. Puerta con llave. No entras sin llamar. No me tocas sin permiso.
—Acepto.
—No he terminado. Quiero respuestas. Sobre ti. Sobre mí. Sobre lo que me está pasando.
—¿Qué te está pasando?
—Anoche tenía escarcha en los dedos. —El silencio al otro lado del teléfono fue elocuente—. No es normal, Alexander. Y quiero saber por qué.
—Porque eres una loba del norte —dijo al fin. Su voz era grave, seria, sin rastro de arrogancia—. Una descendiente de las lobas que podían congelar ríos. Creíamos que se habían extinguido hace siglos. Pero tú... tú estás aquí. Y mi cachorro te despertó.
—¿Mi bebé me despertó?
—El embarazo activa la sangre latente. El bebé necesita una madre loba para sobrevivir, así que tu cuerpo se transforma. Es un mecanismo de supervivencia.
—¿Me estás diciendo que voy a convertirme en un monstruo de hielo?
—Te estoy diciendo que ya eres un monstruo de hielo. Solo que aún no lo sabías.
Colgué. Me quedé mirando el teléfono durante un minuto entero.
Loba del norte.
El latido en mi vientre se intensificó. No con miedo. Con orgullo.
—Somos lobas —susurré, bajando la mano a mi barriga—. Tú y yo. Lobas del norte.
El bebé no pateó. Era demasiado pequeño.
Pero algo se movió dentro de mí.
Y no era solo el embarazo.
Era el destino.
