Capítulo 2 La Marca del Alfa
Su lengua arrasó con mi juicio.
Yo estaba sentada sobre su escritorio de roble negro, las piernas abiertas para darle paso, la falda arremangada hasta las caderas. Alexander Wolf —¿o debía pensar en él solo como lobo?— succionaba mi pezón izquierdo como si de él dependiera su próxima bocanada de aire.
Sus dientes roscaron suavemente la punta sensible. Un latido húmedo y caliente se disparó directo entre mis piernas.
—Más —susurré sin reconocer mi propia voz.
Él soltó mi pezón con un chasquido obsceno. Levantó la cabeza y me miró con esos ojos que ahora eran ámbar líquido, completamente dorados, sin rastro del gris corporativo de hacía diez minutos.
—¿Más? —Su sonrisa mostraba colmillos. No metafóricos. Reales. Blancos, afilados, apenas asomando por encima de su labio superior—. Vas a tener que pedírmelo mejor que eso, Sofía.
—Por favor.
—No. —Desabrochó el botón de mi falda con una sola mano. La cremallera bajó con un zumbido metálico—. Dime qué soy. Quiero oírlo de tus labios.
La razón intentó abrirse paso. Es tu jefe. Esto es una locura. Huye.
Pero mi cuerpo ya no me obedecía.
—Eres un lobo —dije, y la palabra me supo a peligro y a libertad al mismo tiempo—. Un hombre lobo.
—Soy un alfa. —Me arrancó la falda de un tirón. La tela negra cayó al suelo junto a los papeles del informe—. El alfa de la manada más poderosa de la costa este. Y tú, Sofía Valenti, eres mi pareja destinada.
Pareja destinada.
Las palabras flotaron en el aire como una sentencia. Yo había leído suficiente romance paranormal para saber lo que significaba. El lobo encuentra a su otra mitad. La reclama. La marca. Y a partir de ese momento...
—¿Embarazo? —acerté a decir.
La sonrisa de Alexander se ensanchó. Loba y depredadora.
—Astuta y hermosa. Qué suerte la mía.
Sus manos bajaron por mis muslos, empujándolos más abiertos. Mis braguitas de encaje negro quedaron expuestas, y él las miró como si fueran el regalo de Navidad más esperado.
—Estás empapada —dijo, y no era una pregunta. Deslizó un dedo por encima de la tela húmeda. El roce hizo que mi cabeza cayera hacia atrás—. Huelo tu deseo desde antes de que entraras al ascensor. Tan dulce. Tan mía.
—Alexander...
—Te dije que no me llames así. —De un movimiento rasgó mis braguitas. La tela cedió como si fuera papel—. Cuando mi lobo está al mando, soy solo alfa. Y tú vas a gritar ese título mientras te tomo.
Su boca bajó de golpe entre mis piernas. Su lengua encontró mi centro con una precisión que no era humana. Conocía cada pliegue, cada terminación nerviosa, como si hubiera estado estudiando mi cuerpo durante años.
Y quizás lo había hecho.
—¡Alfa! —el grito escapó de mi garganta antes de poder contenerlo.
Él gruñó contra mi sexo. La vibración recorrió mi vientre como un terremoto en miniatura. Su lengua entró en mí, gruñendo otra vez, succionando, lamiendo, devorándome como si fuera su última cena.
Mis manos se aferraron a su cabello oscuro. Lo apreté sin piedad mientras él gemía contra mi carne. Los dientes —esos colmillos peligrosos— rasparon mi clítoris con un cuidado que bordeaba lo imposible.
Me iba a desmayar.
—Para —jadeé—. Por favor, para o me voy a venir.
Él levantó la cabeza. Su barbilla brillaba con mi humedad. Sus ojos dorados brillaban como brasas.
—Esa es la idea, preciosa. —Me levantó del escritorio, pero en lugar de ponerme boca abajo como esperaba, me sostuvo en el aire un momento. Me miró. Me evaluó—. ¿Segura?
La pregunta me descolocó.
—¿Qué?
—¿Segura de que quieres seguir? —Sus ojos dorados habían cambiado. Seguían siendo bestiales, pero había algo más. Algo que casi parecía... ¿respeto?—. Porque si dices que no ahora, te llevo a la puerta y no te toco. Te lo juro por mi manada.
Mi corazón dio un vuelco.
Podía irme.
La puerta estaba a siete metros. Mis zapatos en el suelo. Mi falda hecha jirones, pero podía arreglármelas. Máximo me conseguiría una chaqueta. Bajaría al vestíbulo. Pediría un taxi. Lloraría en la ducha de mi apartamento y mañana fingiría que nada había pasado.
Podía irme.
No quería.
—No quiero irme —dije, y mi voz no tembló.
—¿Por qué?
—Porque mi abuela contaba historias de mujeres que se echaban a temblar cuando conocían a su lobo. Yo creía que eran cuentos. —Lo miré a los ojos—. Pero cuando entré por esa puerta, todo mi cuerpo dijo él. Y no puedo fingir que no lo escuché.
Alexander soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Esa respuesta me costó treinta años de espera.
—Pues no la desperdicies.
Sonrió. No la sonrisa de lobo. Una más humana. Más suya.
Me giró en el aire como si no pesara nada. Mis pechos quedaron aplastados contra la madera fría del escritorio. Mi culo, al aire. Él se colocó detrás de mí, su bulto enorme presionando contra mis nalgas.
—Vas a venirte cuando yo te lo ordene —dijo, recuperando el tono de mando—. Ni un segundo antes.
—¿Y si no puedo?
—Puedes. —Su mano encontró mi nuca, sin apretar, solo posada—. Porque naciste para obedecerme tanto como yo nací para cuidarte.
Escuché el sonido de su cinturón al desabrocharse. La cremallera. El roce de la tela al caer.
Y luego lo sentí.
La cabeza de su pene tocó mi entrada. Caliente. Enorme. La piel más suave que nada que hubiera tocado en mi vida.
—Mírame —ordenó.
Giré la cabeza sobre el escritorio. Nuestras miradas se encontraron justo cuando él empujó hacia adentro.
El dolor fue real.
No la primera vez. Una molestia aguda, un estiramiento, una sensación de ser llenada por algo que no debería caber. Abrí la boca para pedirle que parara, pero él ya se había detenido.
—¿Duele? —preguntó. Tenía los labios apretados, la mandíbula tensa. Contenerse le costaba un esfuerzo físico.
—Un poco —admití.
—¿Quieres que pare?
Mi cuerpo dijo que no antes que mi boca. Apreté los músculos alrededor de él, solo para comprobar que podía. Él gimió. Un sonido ronco, desgarrado, como si mi pequeño movimiento lo estuviera matando.
—No pares —dije—. Pero ve despacio.
—Despacio no es mi especialidad.
—Aprende.
Me miró largamente. Luego, lentamente, sacó casi todo y volvió a empujar. Más despacio esta vez. Más profundo. Llegó a un lugar dentro de mí que no sabía que existía.
—Así —susurré.
—¿Así?
—Así.
Comenzó un ritmo pausado. No la brutalidad que había temido, ni la dulzura que no le pedía. Algo intermedio. Algo nuevo. Cada embestida hacía que el escritorio chirriara contra el suelo. Los papeles volaron. Mi laptop cayó al suelo con un golpe sordo.
Y yo gemía. No gritaba todavía. Gemía.
—Dime que soy tuyo —pidió él, con la voz rota.
—Eres mío.
—Dime que no vas a huir.
—No voy a huir.
—Dime que vas a llevarme dentro incluso cuando no esté dentro.
No entendí la frase del todo, pero mi boca respondió antes que mi cerebro.
—Voy a llevarte dentro siempre.
Él gruñó. No un sonido humano. Bestial, primitivo, la promesa de un depredador que está a punto de devorar a su presa.
Pero no aceleró.
Siguió despacio. Profundo. Construyendo algo dentro de mí que no sabía que necesitaba construir.
—Voy a llenarte —dijo cerca de mi oído—. Voy a venirme dentro de ti hasta que no quede duda. Hasta que mis espermatozoides encuentren tu óvulo y lo fecunden. Vas a llevar a mi cachorro, Sofía. Y todo el mundo sabrá que eres mía.
Su mano rodeó mi cuello otra vez. Sin apretar. Solo sosteniendo.
—¿Te da miedo? —preguntó.
—Sí.
—¿Pero quieres?
—Eso es lo que me da más miedo.
Sonrió contra mi nuca. Lamió la piel donde más tarde hincaría los dientes.
—Bienvenida a tu nueva vida —dijo.
Y entonces aceleró.
El orgasmo me embistió como un tren de carga, pero él no me dejó caer. Su mano en mi cadera me sostuvo. Su cuerpo contra el mío me ancló. Mi boca se abrió en un grito mudo mientras él seguía empujando, empujando, empujando...
—Ahora —gruñó—. Recibe mi semilla.
Lo sentí. Caliente, líquida, interminable. Chorro tras chorro llenándome por dentro mientras él rugía contra mi nuca. Y entonces...
Sus dientes.
Los colmillos se hundieron en la unión de mi hombro y mi cuello.
El dolor fue blanco, eléctrico, seguido inmediatamente por un placer tan abrumador que mi segundo orgasmo llegó sin avisar. Mi visión se nubló. Escuché mi propio grito como si viniera de muy lejos.
Alexander lamió la herida que acababa de hacer. Su lengua selló el sangrado. Cuando se apartó, su boca estaba roja con mi sangre.
—Ya estás marcada —dijo con voz ronca, todavía dentro de mí—. Eres mía. Para siempre.
Nos quedamos así, jadeando. Él todavía dentro. Yo temblando sobre el escritorio destrozado.
Pasó un minuto. O quizás una hora. No podía saberlo.
Cuando por fin se retiró, sentí su semilla deslizándose por mis muslos. Me incorporé con las piernas temblorosas y miré mi hombro en el reflejo de la ventana.
Una marca de mordida. Perfecta. Irreversible.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunté al aire.
Alexander Wolf —el lobo— se recostó contra su escritorio, todavía desnudo de cintura para abajo. Su pene, todavía semierecto y brillante, no era humano en tamaño. Nada en él lo era.
—Acabo de reclamarte —dijo con una calma que no iba con el desastre que nos rodeaba—. Y dentro de cuatro semanas, tu cuerpo empezará a mostrar los primeros síntomas del embarazo.
Mi mano bajó hacia mi vientre.
—¿Ya?
—La marca activa la fertilidad. No hay vuelta atrás.
Una punzada, baja en el vientre. No dolor. Aviso.
Como si algo dentro de mí acabara de encenderse.
—Debería odiarte —dije, y sorprendentemente, era verdad. Debería haberlo odiado. Me había tomado en su oficina, me había marcado sin permiso, me había atado a él para siempre.
Pero no lo odiaba.
—Deberías —asintió él—. Pero no puedes. Porque tu loba me eligió antes de que tu mente pudiera protestar.
—No soy loba.
—Lo serás. Cuando llegue el momento.
—¿Cuándo es ese momento?
—Cuando tu vientre crezca. Cuando sientas a mi cachorro moverse dentro de ti. Cuando descubras que puedes congelar el aliento de tus enemigos con solo pensarlo.
—Eso es ridículo.
—¿Más ridículo que un CEO que resulta ser un hombre lobo?
No respondí. Porque no tenía respuesta.
Me bajé del escritorio con cuidado. Mis piernas aún temblaban. Recogí mi falda del suelo —hecha jirones, inservible— y me la até a la cintura como pude. Alexander me ofreció su chaqueta.
—Lleva puesto mi perfume —dijo—. Así todos sabrán que eres mía.
—No quiero que todos lo sepan.
—Demasiado tarde. El olor ya está en ti.
Me puse la chaqueta. Olía a almizcle, a whisky caro, a él.
—¿Qué se supone que haga ahora? —pregunté.
—Vete a casa. Descansa. Mañana hablamos.
—¿Y si no quiero hablar?
—Entonces no hablamos. —Se acercó, me tomó del rostro con ambas manos. Sus dedos todavía olían a mí—. Pero vuelve. Porque tu cuerpo ya me necesita. Y dentro de poco, también tu corazón.
Quise decirle que estaba equivocado. Que yo decidía sobre mi vida. Que no iba a volver a poner un pie en ese edificio.
Pero mis labios no pronunciaron ninguna de esas mentiras.
Solo asentí.
Salí de la oficina caminando como un sonámbulo. En el ascensor, me miré en el espejo. Chaqueta de hombre. Pelo revuelto. Labios hinchados. Y en el cuello, justo donde la chaqueta no cubría, una marca de dientes que me quemaba como un recordatorio constante.
Toqué la herida. Mis dedos temblaron.
No por miedo.
Por anticipación.
El ascensor llegó al vestíbulo. Salí. Máximo me esperaba con un abrigo largo y un coche en la puerta.
—El alfa dijo que la llevara a casa —dijo, sin mirarme a los ojos.
—Máximo...
—No necesita explicaciones, señorita Valenti. Solo necesita saber que ahora forma parte de algo más grande que usted.
Subí al coche sin decir nada.
Durante el trayecto a Brooklyn, apoyé la frente contra el cristal y observé las luces de la ciudad. Todo seguía igual. Los mismos semáforos. Los mismos carteles. Las mismas calles.
Pero yo ya no era la misma.
Algo había despertado dentro de mí. Algo que llevaba durmiendo generaciones. Algo que mi bisabuela conocía, que mi madre temía, que yo nunca supe que existía.
—Loba del norte —susurré, probando las palabras en mi lengua.
El conductor no me oyó.
Pero dentro de mí, algo respondió.
Un latido diminuto. Un calor en el vientre. Una promesa.
No era el embarazo. Era demasiado pronto.
Era el despertar.
