Capítulo 1 El lobo en traje Armani
El bolígrafo tembló entre mis dedos mientras la última página del informe se deslizaba por la impresora.
—Señorita Valenti, el CEO la espera en su oficina. Ahora.
La voz de Máximo, el secretario personal de Alexander Wolf, cortó el silencio de la sala de copiado como un cuchillo. No un cuchillo cualquiera. Un machete.
Levanté la mirada. Máximo ya no estaba. Solo quedaba su perfume amaderado y la orden flotando en el aire.
El CEO la espera.
Tragué saliva. Llevaba tres semanas trabajando como asistente ejecutiva en Wolf Industries. Tres semanas evitando cruzarme con el hombre que aparecía en todas las portadas de revistas financieras. Tres semanas escuchando rumores en el ascensor: "Dicen que nunca duerme", "Una vez despidió a un vicepresidente por mirarlo mal", "Sus ojos cambian de color cuando se enoja".
Eso último era ridículo, por supuesto.
Mis tacones negros golpearon el piso de mármol mientras caminaba hacia el ascensor privado del piso 40. El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado.
Eres profesional, Valenti. Entregas el informe, sonríes y te vas.
El ascensor se detuvo en el piso 45. Las puertas se abrieron con un silbido hidráulico.
Y allí estaba él.
Alexander Wolf no estaba sentado detrás del escritorio de roble negro. No estaba de espaldas mirando por el ventanal que dominaba Manhattan.
Estaba apoyado contra el marco de la puerta de su oficina privada, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada que me despellejó viva.
Traje Armani gris perla. Camisa blanca sin corbata, los dos botones superiores abiertos. Músculos que la tela no podía ocultar del todo. Mandíbula cuadrada, pómulos altos, y unos ojos grises que en este instante... ¿cambiaban?
No. Era un reflejo de las luces LED.
—¿Eres la nueva asistente? —preguntó. Su voz era grave, con un dejo ronco que vibraba en el fondo de mi estómago.
—Sofía Valenti, señor. —Extendí el informe con mano temblorosa—. Los estados financieros del segundo trimestre. Lo siento por la demora, la impresora...
Él no miró el informe. Me miró a mí. De arriba abajo. Lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Pasa.
Se apartó de la puerta y entró a la oficina sin mirar atrás. Yo lo seguí como una sonámbula.
El despacho era enorme, minimalista y frío. Una pared de ventanas que mostraba el río Hudson. Un escritorio vacío salvo por una computadora portátil y un vaso de whisky sin tocar. Y en el centro de todo, él, dejándose caer en la silla de cuero negro como si fuera un trono.
—Cierra la puerta.
Mi mano sudaba cuando giré la manija. El clic del pestillo sonó a sentencia.
Alexander Wolf tomó el informe por fin. Lo hojeó sin interés real, sus dedos largos y perfectamente cuidados pasando las páginas a velocidad industrial. El silencio se alargó hasta hacerse incómodo.
—Llevas tres semanas aquí —dijo sin levantar la vista—. No habías entrado a este piso hasta hoy.
—Me dijeron que usted prefería tratar solo con Máximo.
—Máximo habla demasiado.
Levantó la mirada por fin. Esos ojos grises clavados en los míos.
Algo en aquella habitación no estaba bien.
No era el lujo frío. No era la forma en que me miraba. Era algo más viejo. Más profundo. Como si el aire oliera a tormenta, a nieve recién caída, a un invierno que recordaba sin haberlo vivido. Mi bisabuela contaba historias de mujeres que congelaban ríos. Nunca las creí.
Hasta ahora.
—¿Tienes novio, Sofía?
La pregunta me heló.
—Señor Wolf, no creo que...
—Contesta.
Mi boca se movió antes que mi cerebro.
—No. No tengo novio.
Un lado de sus labios se curvó hacia arriba. No era una sonrisa. Era una advertencia.
—Bueno. —Se puso de pie de un salto, ágil como un felino, y rodeó el escritorio. Dio tres pasos hacia mí. Uno. Dos. Tres. Ahora estábamos a menos de un metro—. Porque lo que voy a decirte no le gustaría a ningún hombre.
El corazón me estalló en el pecho.
—No entiendo...
—Tu olor —dijo, y la palabra salió casi como un gruñido—. Cambió hace tres días. Cuando empezaste a ovular.
El mundo se detuvo.
¿Qué?
—Señor Wolf, eso es acoso. Puedo demandarlo.
Él rió. Una risa corta, oscura, que no llegó a sus ojos. Esos ojos que ahora... sí. Ahora sí estaban cambiando. Del gris plomo a un ámbar dorado que brillaba como brasa.
—No lo harás —dijo con una seguridad absoluta—. Porque en el fondo de ti, Sofía Valenti, quieres saber por qué puedo oler tu ciclo menstrual a tres metros de distancia. Quieres saber por qué mis empleados susurran que mis ojos cambian de color. Y quieres saber por qué, desde que cruzaste la puerta, tus pezones se han endurecido y entre tus piernas estás empapada.
Mierda.
Tenía razón. El calor entre mis muslos era innegable. Mis pezones rozaban la tela del sujetador como si alguien los estuviera lamiendo. Y mi cerebro, traidor, no gritaba "huye".
Gritaba "más".
Mi cuerpo entendió antes que mi mente. Un calor recorrió mi vientre. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa. Y entre mis piernas, una humedad que no pedí, que no quería, pero que estaba ahí. Como si algo dentro de mí —algo más viejo que mi miedo— lo reconociera.
—No es normal —dije, más para mí que para él—. Lo que me haces sentir no es normal.
—No soy normal —respondió él, dando otro paso—. Y tú tampoco. Solo que aún no lo sabes.
—¿Qué eres? —susurré.
Él cerró la distancia de un solo paso. Su pecho contra mis pechos. Su mano en la pared detrás de mi cabeza. El aroma a almizcle, whisky caro y algo salvaje invadiendo mis fosas nasales.
—Adivina —dijo contra mi oreja. Su aliento caliente me erizó la nuca.
—No existen.
—Existo. Y estoy a punto de reclamarte.
Su boca encontró mi cuello. No un beso. Un mordisco. Sus dientes rasparon mi piel justo donde la arteria late más fuerte. Mi cuerpo entero se arqueó hacia él como si fuera mío desde siempre.
—Alexander...
—No me llames así —gruñó contra mi clavícula. Sus manos ya estaban subiendo mi falda. Sus dedos quemaban mi piel—. Cuando estoy así, soy solo lobo.
Lobo.
La palabra cayó en mi vientre como una piedra en un estanque. Los rumores. Los ojos que cambian. El olor. La forma en que mi cuerpo respondía sin permiso.
—No puedo hacer esto —dije, pero mis manos ya estaban desabrochando su cinturón.
—Puedes. —Me levantó como si pesara una pluma y me sentó en el borde de su escritorio. Los papeles del informe volaron al suelo. Su cuerpo se incrustó entre mis piernas abiertas—. Puedes y lo harás. Porque tu lobo interior me reconoció desde el primer día.
—No soy lobo.
—Lo serás. Cuando te marque.
Su boca bajó por mi pecho, mordiendo la tela de mi blusa blanca. La empapó con su lengua hasta que el pezón se marcó como un secreto a gritos. Desabrochó tres botones con los dientes.
—No.
La palabra escapó de mi boca antes de pensarla.
Él se detuvo en seco. Sus ojos dorados parpadearon.
—Esto no está bien —dije, con voz temblorosa pero firme—. No te conozco. Me asustas. —Mis manos empujaron su pecho, solo un centímetro, solo para comprobar si podía—. Dame un segundo. Un segundo para decidir si esto es lo que quiero.
Alexander Wolf, el alfa, el depredador, se apartó. Un paso atrás. Sus manos, que habían estado desgarrando mi ropa, quedaron suspendidas en el aire.
—Tienes diez segundos —dijo con voz ronca—. Ni uno más. Mi lobo no aguanta.
Lo miré. El pánico y el deseo peleaban en mi pecho. Mi corazón latía tan fuerte que creí que se saldría. Pero mis manos, traidoras, seguían en su cinturón.
No me aparté del todo.
—Solo quiero saber que esto no es un sueño —dije—. Que mañana no voy a despertar y pensar que me obligaron.
—No te obligo. —Se acercó otra vez. Su aliento en mi cuello. Sus labios rozaron mi marca—. Te reclamo. Es diferente.
—Muéstrame la diferencia.
—Vas a gemir tan alto que me van a escuchar en el piso 30 —dijo antes de tomar mi pezón en su boca.
Y yo, Sofía Valenti, la chica sensata que nunca había creído en monstruos, arqueé la espalda y gemí.
Porque tenía razón.
En el fondo, toda yo había estado esperando a este lobo.
