Capítulo 6 El peso de la seda
POV ADDISON
El llanto me ahogaba, un llanto sordo y espeso que nacía de la pura humillación, pero sobre todo, de la impotencia. Tenía las manos pegadas a la cara, sintiendo cómo las lágrimas calientes se me colaban entre los dedos. El eco de los gritos de Nicolás todavía vibraba en el aire del restaurante, mirándome desde los rostros curiosos de los otros clientes que fingían no mirar. Esperaba el reproche, la mirada de asco de Liam, el recordatorio de que yo solo era un problema en su impecable estructura de negocios.
Pero lo que sentí fue la calidez de su mano. Una mano grande, firme, que se posó con una suavidad desconcertante sobre mis hombros temblorosos.
—Addison. Mírame —su voz barítona bajó un octavo, perdiendo ese filo de navaja con el que había destrozado a su sobrino. Ahora sonaba profunda, envolvente, peligrosamente sensual.
Aparté las manos despacio, con las pestañas pegadas por la humedad, y lo miré. Liam se había inclinado hacia mí, lo suficiente para que su aliento con aroma a menta y licor rozara mis labios. No había juicio en sus ojos oscuros, solo una fijeza magnética que me obligó a estabilizar la respiración. Me tendió un pañuelo de lino blanco con sus iniciales bordadas en hilo de seda gris.
—No dejes que te vean sangrar, y menos por un imbécil que no vale ni el aire que respira —continuó, rozando con el dorso de sus dedos mi mejilla húmeda, un gesto tan sutil y cargado de un magnetismo sexual que me hizo dar un respingo—. La cena terminó. Vámonos a casa.
El trayecto hacia la mansión Heisenberg fue un borrón de luces nocturnas a través del vidrio blindado. Yo seguía hecha un manojo de nervios, estrujando el pañuelo entre mis manos, mientras Liam permanecía a mi lado, en un silencio sepulcral que de alguna manera lograba ser reconfortante. Él no me presionó para hablar, no me exigió explicaciones sobre por qué me había mantenido "pura" para Nicolás. Simplemente me otorgó su espacio, su presencia imponente actuando como un escudo contra el resto del mundo.
Cuando el auto se detuvo, levanté la vista y tragué saliva. La mansión era un monumento al poder: piedra oscura, ventanales inmensos y un diseño arquitectónico que gritaba riqueza generacional. Liam bajó primero y, con la caballerosidad impecable que lo caracterizaba, me ofreció la mano para ayudarme a salir. Al tocarlo, sentí una corriente eléctrica recorrerme la espina dorsal. Era un caballero, sí, pero bajo esa fachada de trajes caros y modales perfectos, habitaba un depredador alfa que sabía exactamente cómo dominar su entorno.
Me guió por el imponente vestíbulo de mármol hasta un ala privada en el segundo piso. Abrió unas puertas dobles de madera maciza y me invitó a pasar. El espacio era más grande que todo mi apartamento; una suite privada con una cama king size, una chimenea encendida que temperaba el ambiente y un enorme vestidor iluminado al fondo.
—Este será tu espacio a partir de hoy —dijo Liam, cerrando las puertas Detrás de nosotros. Se quitó el saco del traje, dejándolo sobre un sillón, y se aflojó el nudo de la corbata con una lentitud que me obligó a mirar la línea marcada de su cuello—. Mañana llegará el resto de tus cosas, pero pedí que prepararan esto para ti.
Caminé hacia el vestidor de manera casi hipnótica y abrí los cajones. Me quedé sin aliento. Había hileras de vestidos de seda, abrigos de cachemira, conjuntos de encaje y zapatos de diseñador que jamás habría podido pagar con tres años de mi salario. Todo en tonos suaves, violetas y pasteles elegantes. Al fondo, una caja de terciopelo guardaba joyas que brillaban bajo las luces led.
—Liam... yo no puedo aceptar esto —dije, dándome la vuelta, sintiendo que la culpa me carcomía—. Esto es demasiado. Solo nos estamos casando por el bebé, no necesitas comprarme. No soy una de tus empresas.
Liam se acercó a mí con pasos lentos, seguros, como un cazador acorralando a su presa favorita. Se detuvo tan cerca que tuve que levantar la barbilla para sostenerle la mirada. Su presencia física me abrumaba, despertando un calor prohibido en mi bajo vientre, el mismo calor de aquella noche de copas.
—No te estoy comprando, Addison —su voz bajó a un susurro gélido pero extrañamente cálido, directo a mi oído—. A la mujer de un Heisenberg no le va a faltar nada. Absolutamente nada. Puedes usar lo que quieras, gastar lo que quieras y pedir lo que se te antoje. No porque seas mía, sino porque estás esperando a mi hijo. Ese bebé es mi prioridad, y por extensión, tú también lo eres.
Sus ojos oscuros bajaron por un segundo hacia mis labios, reviviendo la tensión sexual que nos había consumido semanas atrás, antes de posarse firmemente en mis ojos.
—Mañana enfrentaremos a tus padres, y el mes que viene serás mi esposa ante la ley —sentenció, dando un paso atrás, devolviéndome el aire que me había robado—. Descansa, Addie. Mañana empieza tu nueva vida.
Salió de la habitación, dejándome sola en medio de ese lujo asfixiante. Me acerqué al espejo del vestidor, pasando mis dedos temblorosos por la tela de un camisón de seda púrpura. El juego había comenzado, y aunque estaba rodeada de oro, sabía que acababa de entrar voluntariamente a la jaula más peligrosa del mundo.
