Capítulo 3 Un contrato amargo
POV ADDISON
El silencio que se instaló entre nosotros era denso, casi sólido. Liam Heisenberg no era el tipo de hombre que esperaba a que le dieran permiso para entrar; simplemente dio un paso al frente, obligándome a retroceder de manera instintiva hasta que mis talones chocaron contra el mueble del recibidor. Cerró la puerta a sus espaldas con un clic suave, definitivo, que sonó en mis oídos como el cerrojo de una celda de máxima seguridad.
Su imponente presencia física parecía absorber todo el oxígeno de mi pequeño apartamento. Vestía un traje sastre gris que delataba una confección impecable, pero lo que realmente cortaba la respiración era la frialdad matemática de sus ojos oscuros. Esos mismos ojos que, un mes atrás, me habían mirado con una intensidad salvaje bajo las sábanas de un hotel de lujo, ahora me analizaban como si fuera un estado de cuenta financiero.
—¿Cómo me encontraste? —mi voz sonó más temblorosa de lo que hubiera querido. Me crucé de brazos, un intento patético de proteger mi vientre de su mirada inquisidora.
Liam esbozó una media sonrisa, desprovista de cualquier rastro de calidez. Se quitó los guantes de piel negra con una lentitud exasperante.
—Addison, soy un Heisenberg. Me tomó exactamente doce minutos saber tu nombre, tu edad, tu historial clínico y el hecho de que fuiste la novia de mi sobrino Nicolás durante cuatro años —su tono de voz era un barítono gélido, pausado, extremadamente seguro—. Lo único que me tomó un poco más de tiempo fue confirmar lo que estás escondiendo en esa papelera de tu baño.
La sangre se me congeló por completo. Mis ojos se abrieron de par en par. Él lo sabía. Sabía lo de la prueba. El pánico me atenazó la garganta, impidiéndome respirar. Nicolás me había advertido mil veces que su tío era un monstruo implacable en el mundo de los negocios, un hombre de habilidades excepcionales que jamás dejaba un cabo suelto. Ahora, ese monstruo estaba en mi sala, reclamando un error nocturno.
—Eso... eso no tiene nada que ver contigo —mentí, dando un paso lateral, buscando una distancia que no existía—. Fue un desliz. Una noche de copas. Tú mismo dijiste que no querías nombres ni pasados. Te sugiero que te vayas y olvides que existo.
Liam dio dos pasos hacia mí. El olor a maderas caras y tabaco de alta gama que desprendía me mareó, reavivando los recuerdos de su piel contra la mía. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Un desliz no lleva mi apellido, Addison —sentenció, y por primera vez noté una chispa de posesividad oscura en el fondo de sus pupilas—. Ese hijo es un Heisenberg. Y ningún miembro de mi sangre va a nacer en un apartamento de cincuenta metros cuadrados, ni va a ser criado por una mujer que huye en la madrugada como una ladrona.
—¡Yo no soy una ladrona! —le espeté, la rabia ganándole por un segundo al miedo. Le planté cara, sosteniendo su mirada gélida con toda la dignidad que me quedaba—. Fui engañada, humillada por tu maldito sobrino. Estaba rota. Lo de esa noche fue un error, sí, pero no te da derecho a venir aquí a dictar las reglas de mi vida.
Liam me observó en silencio durante unos segundos que se sintieron eternos. Había algo en mi resistencia que pareció divertirle, o tal vez calcular. Su mandíbula se relajó un milímetro.
—Me gustan las mujeres con agallas, Addie. Nicolás siempre fue un idiota que no sabía apreciar lo que tenía delante —dijo, introduciendo una mano en el bolsillo de su abrigo para extraer un documento doblado—. Pero no vine a discutir. Vine a darte una solución.
Desplegó el papel sobre la mesa del comedor. Mis ojos recorrieron las letras impresas en negrita: Acuerdo de Matrimonio Civil y Co-paternidad.
—¿Qué es esto? —susurré, aunque la respuesta ya me golpeaba el pecho.
—Un contrato. Te casarás conmigo antes de que termine el mes. Tendrás la mejor atención médica del país, una asignación mensual que jamás habrías soñado en tu vida y la protección absoluta de mi apellido. A cambio, el niño nacerá bajo mi techo y mantendremos la fachada de un matrimonio sólido ante la prensa y mi familia.
—Estás loco —reí, una risa histérica y rota—. ¿Casarme contigo? ¿Con el tío de mi ex? ¿Tienes idea del escándalo que eso va a provocar? Nicolás se va a volver loco, tu familia me va a destruir.
—Mi familia hace lo que yo ordeno, y Nicolás no es más que un peón inútil que depende de mi firma para no terminar en la calle —la voz de Liam no admitía réplicas; era la voz de un monarca absoluto—. El escándalo no me importa, Addison. Lo único que me importa es el heredero que llevas ahí dentro. Tienes veinticuatro horas para firmar. Si lo haces, entras a mi mundo por la puerta grande. Si te niegas, te quitaré al niño en cuanto nazca y te aseguro que no tendrás los recursos legales para recuperarlo.
El chantaje cayó sobre mí con el peso de una losa de cemento. Miré el documento, luego miré la prueba de embarazo que asomaba sutilmente en el bote de basura del pasillo, y finalmente fijé mis ojos en Liam. No era una propuesta; era una emboscada perfecta.
—Es una jaula de oro —susurré, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos, aunque me negué a dejarlas caer.
—Todas las jaulas son jaulas, Addison. Al menos esta viene con el poder de destruir a quienes te lastimaron —dio media vuelta, caminó hacia la salida y abrió la puerta. Antes de salir, se giró levemente—. Mañana a las seis de la tarde vendrá mi chofer. Espero que tengas tus maletas listas, Addison.
La puerta se cerró. Me quedé sola en el centro de la sala, con las manos apretadas contra mi vientre y el corazón desbocado, sabiendo que mi vida acababa de cambiar para siempre y que el juego de Nicolás estaba a punto de volverse una pesadilla sangrienta.
