Capítulo 2 Dos rayas positivas
POV ADDISON
El silencio de mi apartamento nunca se había sentido tan pesado, tan asfixiante. Habían pasado exactamente cuatro semanas desde mi huida del hotel, cuatro semanas en las que intenté convencerme de que la noche con Liam Heisenberg había sido solo una alucinación producto del despecho y el whisky de pésima calidad. Me duchaba hasta dejarme la piel roja, restregando mi cuerpo como si pudiera borrar la memoria de sus manos tatuadas, de su peso sobre mí, de esa mirada gélida que se volvía puro fuego en la oscuridad. Quería creer que el mundo era lo suficientemente grande como para no volver a cruzarme con el patriarca de la familia que me había destruido la vida.
Pero el cuerpo no sabe mentir. Y el mío llevaba días enviándome señales que yo, por puro terror, me negaba a escuchar.
Estaba de pie en el baño, con la espalda apoyada contra los azulejos fríos, mirando el pequeño trozo de plástico que descansaba sobre el lavabo. Mis manos temblaban tanto que las uñas me golpeaban contra los muslos. El aire en mis pulmones se sentía como vidrio molido. Cerré los ojos, conté hasta diez en un susurro roto y obligué a mi mirada a descender.
Ahí estaban. Dos líneas rosadas, nítidas, implacables. Un veredicto absoluto.
—No, no, no... por favor, dios, no —el gemido se me escapó del pecho, agudo y desesperado.
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis rodillas. El pánico me revolvió el estómago con tanta violencia que tuve que tragar saliva repetidamente para no vomitar. No era solo el hecho de estar embarazada a los veinticuatro años, sin trabajo estable y con el corazón todavía en carne viva por la traición de Nicolás. Era el origen de esa vida que crecía dentro de mí. No estaba esperando el hijo de un cualquiera; llevaba en mi vientre al heredero directo de Liam Vance. El hijo del hombre más poderoso, frío y temido del entorno de mi ex. El niño que iba a dinamitar cualquier posibilidad de paz en mi futuro.
El espejo del baño me devolvió la imagen de una réplica exacta de la miseria: las ojeras marcadas, los labios partidos de tanto mordérmelos por la ansiedad, y esa mirada de animal acorralado que odiaba ver en mí misma. "Tienes que calmarte, Addison", me repetí, apretando los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. "Él no lo sabe. Nadie lo sabe. Si te mantienes al margen, si desapareces, esto nunca llegará a sus oídos". Estúpida. Qué estúpida e ingenua era al pensar que una mujer como yo podía esconderle algo a un hombre que era dueño de media ciudad.
El sonido estridente de mi teléfono rompió el silencio, haciéndome dar un brinco. El corazón me dio un vuelco salvaje al ver el nombre en la pantalla: Nicolás. El estómago se me contrajo de puro asco. Dudé en responder, pero la rabia terminó ganándole al miedo. No iba a permitir que pensara que seguía llorando por los rincones.
—¿Qué quieres, Nicolás? —solté, intentando que mi voz sonara lo más firme y despectiva posible.
—Vaya, qué humores, Addie —su risa engreída al otro lado de la línea hizo que se me erizara la piel—. Solo llamaba para recordarte que dejes las llaves del apartamento con el portero esta semana. Mi novia necesita espacio para mudar sus cosas, ya sabes cómo son las mudanzas. Y, bueno, quería ver si ya habías superado tu patético berrinche.
El cinismo de sus palabras me golpeó como una bofetada física. Cuatro años de mi vida entregados a un parásito que ni siquiera tenía el decoro de mostrar un gramo de remordimiento. La bilis me subió por la garganta, pero me tragué el insulto. Nicolás no merecía mis lágrimas, ya no.
—Las llaves estarán abajo mañana. Y no te preocupes por mi berrinche, ya encontré una forma mucho mejor de ocupar mi tiempo —respondí, con un tono peligrosamente calmado.
—¿Ah, sí? ¿Ya te buscaste a otro muerto de hambre para que te mantenga? Te conozco, Addie, no vas a llegar a ningún lado sin mí. Disfruta de tu miseria.
El clic de la llamada terminada resonó en mi oído. Me quedé mirando el aparato, con una mezcla de furia ciega y un vacío helado instalándose en mi pecho. "No vas a llegar a ningún lado", había dicho. Si él supiera. Si tan solo tuviera una remota idea de que el hombre que tanto idolatra y teme me había tenido entre sus sábanas, su precioso mundo de superioridad se caería a pedazos.
Me levanté del suelo, tiré la prueba de embarazo al fondo del bote de basura y me lavé la cara con agua congelada. Tenía que pensar rápido. Tenía que armar un plan para salir de la ciudad antes de que los síntomas se hicieran evidentes, antes de que el clan Vance se enterara de que la exnovia del sobrino inútil cargaba con la continuación de su apellido.
Salí del baño decidida a empacar lo poco que me quedaba, pero el destino ya se había cansado de darme ventajas.
Antes de que pudiera llegar a mi habitación, el timbre del apartamento sonó. No era un timbrazo común; era un golpe seco, constante, imperioso. Un golpe que no pedía permiso, sino que exigía que la puerta se abriera de inmediato. Me congelé en medio del pasillo, con la respiración contenida y el pulso acelerándose a una velocidad alarmante. Nicolás no tenía motivos para venir en persona. El portero no me había anunciado a nadie.
Caminé lentamente hacia la entrada, sintiendo como si mis piernas pesaran toneladas. Miré por la mirilla y el aire abandonó mis pulmones por completo. El mundo exterior se desvaneció.
Al otro lado de la puerta, vistiendo un abrigo negro impecable que acentuaba su imponente estatura y su mandíbula rígida, estaba él. Liam Heisenberg. Su mirada oscura parecía atravesar la madera, fija exactamente en el punto donde yo estaba parada. No había rastro de la calidez que había mostrado por un segundo en la cama; era el hombre de negocios, el depredador implacable que Nicolás siempre describía.
Tragué el nudo de terror que me asfixiaba y, con la mano temblorosa, giré la llave. Al abrir la puerta, su imponente figura llenó el umbral, bloqueando toda la luz del pasillo.
—Hola, Addison —su voz barítona y gélida me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica—. Nos quedó una conversación pendiente de aquella mañana. Y creo que ahora tenemos un motivo mucho más importante para hablar.
Sus ojos bajaron por un segundo milimétrico hacia mi vientre, y en ese instante comprendí que mi jaula se había cerrado por completo.
